Dentro de mi Cabeza "El Ruido De Crecer"

A LOS 13 "EL RUIDO DEL DESPERTAR"

A los trece años el mundo entero empieza a sentirse como un lugar extraño. No hay un aviso previo, nadie te prepara para lo que viene. Simplemente un día te levantás y sentís que algo cambió, aunque no puedas explicarlo con palabras. Tu cuerpo crece más rápido de lo que tu mente puede seguir; te mirás al espejo y no sabés si la persona que está ahí es realmente vos. Los sentimientos aparecen de golpe: un enojo que no entendés, una tristeza que no sabés de dónde salió, una euforia que dura solo un rato. Es como si dentro de tu cabeza hubiera una radio prendida todo el día, cambiando de estación sin que vos toques nada. A veces querés llorar sin motivo, otras veces te reís en momentos donde nadie entiende qué te pasa. También empieza ese deseo intenso de encajar, de no quedar afuera. A los trece se siente que ser diferente es casi un delito. Mirás a tus compañeros y pensás: “¿Por qué ellos parecen tan seguros y yo no?”. Pero la verdad es que nadie está seguro, solo que nadie lo dice.

En esta edad aparece por primera vez la sensación de soledad silenciosa, esa distancia rara entre vos y el mundo. Te das cuenta de que hay cosas que no querés contar, que te da vergüenza decir lo que pensás por miedo a que se rían. Tu cabeza empieza a llenarse de pensamientos que no sabés si compartir.

También es una etapa de descubrimientos tus primeras ideas propias, tus primeras ideas sobre lo que te gusta, tus primeras dudas existenciales. Empieza a importarte quién sos y quién querés ser. Y aunque nadie lo vea, esta es una de las edades donde más se forma tu identidad.

Pero a los trece también aparece algo más profundo la sensación de que el mundo te queda grande. Todo es nuevo, todo es intenso, todo parece demasiado. Te empezás a preguntar por primera vez si lo que sentís está bien, si es normal, si a otros les pasa lo mismo. Nadie te lo dice, pero todos están igual de confundidos.

Las amistades empiezan a cambiar. Algunos amigos se vuelven más cercanos, otros se alejan. A veces te sentís reemplazado sin entender por qué. Descubrís lo frágil que pueden ser los vínculos, y cómo una palabra o un gesto pueden marcarse más de lo que pensabas.

También empezás a cuestionar cosas que antes aceptabas sin pensar. ¿Por qué tengo que comportarme así? ¿Por qué me importa tanto lo que digan? ¿Por qué siento que nadie me entiende? Son preguntas que tal vez no digas en voz alta, pero que te acompañan todos los días.

A los trece empezás a vivir tus primeras caídas internas: la vez que te sentiste ignorado, la vez que un comentario te dolió, la vez que sentiste vergüenza por solo ser vos mismo. Y aunque sean pequeñas, te marcan.

Es una edad donde uno aprende a callar, pero también donde uno empieza a escuchar más: a los demás, al mundo, y sobre todo a sí mismo. Y ahí empieza el verdadero desafío: entender qué parte de la voz interna es tuya, y qué parte es la presión de afuera.

La etapa de los trece no es solo cambios físicos es un terremoto emocional. Y lo más difícil es que nadie te enseña a manejarlo. Todos te dicen que es normal, pero nadie te explica por qué duele tanto crecer. Y es en ese punto donde empieza algo todavía más silencioso: aprendes a convivir con lo que no entendés. Ya no todo tiene una respuesta rápida, ni todo se soluciona como antes. Hay días en los que simplemente te sentís raro y no sabés por qué, y tenés que seguir igual, como si nada pasara. Eso también forma parte de crecer: aprender a sostener lo que sentís sin saber explicarlo.

Empiezan a aparecer los primeros miedos más profundos. No los de antes, como la oscuridad o estar solo en casa, sino miedos distintos: miedo a no ser suficiente, a no gustar, a equivocarte delante de todos, a quedarte atrás. Son miedos que no siempre se ven, pero que están ahí, acompañándote en cada decisión.

También descubrís el peso de las palabras. Antes quizás no importaban tanto, pero ahora una frase puede quedarse en tu cabeza durante días. Una opinión ajena puede cambiar cómo te ves a vos mismo. Y sin darte cuenta, empiezas a construir tu identidad con pedazos de lo que otros dicen de vos, aunque muchas veces ni siquiera sea verdad.

Hay días en los que sentís que estás creciendo, que estás entendiendo cosas, que estás avanzando. Y al día siguiente, volvés a sentirte perdido, como si todo lo que habías logrado se desarmara. Ese ir y venir constante también es parte del proceso, aunque frustre.

A los trece, el tiempo se siente distinto. Un día puede parecer eterno cuando algo te duele, pero también puede pasar volando cuando estás bien. Empezás a valorar momentos pequeños: una charla con alguien que sí te entiende, una risa sincera, una tarde donde te olvidás de todo lo demás. Esos momentos, aunque simples, se vuelven refugios.

Y aunque muchas veces parezca que todo está en tu contra, también empezás a darte cuenta de algo importante: no todo lo que pensás sobre vos es cierto. Pero lleva tiempo entenderlo. Lleva caídas, errores, silencios incómodos y muchas dudas.

Poco a poco, sin que lo notes, empezás a armarte. No de una forma perfecta, ni rápida, sino a través de todo eso que vivís. Cada emoción, cada pregunta, cada momento incómodo, va dejando algo en vos. Y aunque ahora parezca confuso, todo eso está construyendo a la persona que vas a ser.

Porque crecer no es volverse alguien distinto de un día para el otro. Es ir juntando partes, entendiendo algunas y otras no tanto, equivocándose y volviendo a intentar. Es aprender que está bien no tener todo claro, que está bien cambiar, que está bien no encajar todo el tiempo.

Y aunque a los trece todo parezca intenso, desordenado y a veces injusto, también es el comienzo de algo más grande: el momento en el que empiezas, de verdad, a descubrir quién sos, incluso si ese camino está lleno de dudas. Y en ese proceso, empezás a notar que crecer también implica soltar versiones de vos mismo. Cosas que antes se definían ya no encajan igual. Gustos que parecían parte de tu identidad empiezan a cambiar, personas con las que compartías todo ya no están tan cerca. Y eso genera una sensación rara, como si estuvieras dejando atrás partes tuyas sin saber con qué reemplazarlas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.