Syn abrió los ojos y si encontró con el rostro de Silas junto a ella. Sonrió al ver su cabello desordenado, así que se lo acomodó un poco. Al sentir el roce de sus finos dedos, Silas despertó también, tomando la mano de la joven. La noche anterior había sido un bálsamo para ellos, la noche más hermosa, llena de pasión y de deseo.
—Gracias, Silas. Por esta noche de ensueño —ella murmuró con una sonrisa.
—Soy yo quien debe agradecerte. Por primera vez en mucho tiempo me sentí… humano —contestó él colocando la mano de ella en su pecho, del lado del corazón.
Syn pudo sentir los latidos, latidos constantes resonando en su torso.
—Para mí eres más humano que muchos otros, tus sentimientos… tus palabras, todo. Cada parte de ti, mano o garra, colmillos grandes o pequeños, nada de eso puede quitarte tu humanidad.
—Tú, Syn, tú eres mi humanidad.
—Pero ya no soy tan humana como antes.
—Para mí eres tan humana como el día en que te conocí.
Syn pasó sus dedos por los labios de él, la cortada ya estaba sanando.
—Adoro cuando sonríes —señaló.
—Lo aprendí de ti —Silas le besó la mano —¿Quieres desayunar? —preguntó después.
—Muero de hambre —ella contestó.
—¿No estás satisfecha con haber consumido a tu presa?
—Yo jamás me saciaré de ti.
Silas rio un poco de una manera seductora.
—Entonces creo que tendrás que intentarlo otra vez esta noche —murmuró.
—Si tan desesperado estás, te daré lo que quieres —ella lo besó.
—No te dejaré tener el control esta vez.
—¿De verdad? ¿Y cómo vas a impedirlo?
—Tú misma me lo darás.
De nuevo otro beso, pero cuando las caricias comenzaron, Moxy saltó de pronto a la cama y con su maullido mañanero los obligó a detenerse.
—Siempre te las arreglas para llegar en el peor momento —le dijo Silas mientras le acariciaba la cabeza.
—Veo que ya se entienden mejor —Syn también acarició la cabeza del gato, pero su mano se topó con la de Silas.
Él la tomó suavemente.
—Si a ti te agrada, a mí también —besó el dorso de la mano de la chica.
El gato se metió entre los dos y se tumbó en la cama, buscando cariño y atención. Ambos rieron, ese era un animal bastante simpático.
Más tarde, la mente de Syn se ocupó tratando de formular un plan para rescatar a sus compañeros en el Alto Distrito. La Asociación seguramente los estaba interrogando para obtener información sobre ella y Silas, lo únicos que habían logrado escapar.
—¿Qué tanto piensas? —le preguntó Silas tomándola de los hombros.
—Yo... no sé qué hacer. No debí haberlos dejado —la voz de ella sonó nostálgica.
—No te lamentes, debemos agradecer lo que hicieron. Te aseguro que lograremos salvarlos —él le dio un beso en la mejilla.
—En eso estaba pensando, pero no tengo ideas. Si regresamos sin un plan nos matarán. ¡Ugh! —Syn se quejó.
—Hmmm... tal vez si podamos hacer algo —dijo Silas.
—¿Qué cosa? —ella se mostró interesada en lo que iba a decir
—Kaito. Él siempre tiene información de cualquier cosa. Tal vez sepa algo que nosotros no.
—¿Kaito? ¿El mafioso? No va a dárnosla tan fácil.
—Debemos convencerlo de que ayudarnos también lo beneficiará. Kaito siempre accede si sale ganando algo. ¿Recuerdas que nos pagó bien por hacer ciertos trabajos?
—Si, aún lo recuerdo. ¿Pero, cómo lo convenceremos?
—Déjamelo a mí. Toma tus armas. Iremos a verlo.
—¿Ahora?
—Mientras más tiempo pase, más lastimarán a tus amigos. Tenemos que darnos prisa.
Syn asintió. Tomaron sus armas y salieron cuanto antes, esperando que Kaito siguiera viviendo en su mansión. Caminando por el Bajo Distrito, Syn, al ver el estado en el que se encontraban las viviendas, sintió como se le partía el corazón. Personas desfalleciendo en la calle, otras intentando arreglar lo poco que podían de sus hogares. La situación en el Bajo Distrito estaban mucho peor que antes.
—Mira todo esto, Silas. No es lo que el Bajo Distrito merece —a Syn se le quebró la voz.
—Todo ha empeorado en los últimos años. Vamos, pronto terminará.
El caminó fue largo, y más gracias a que habían tenido que dejar el vehículo antes de cruzar. Cuando por fin llegaron a la reja que rodeaba la oscura mansión, los guardias no los recibieron con amabilidad, en cambio, les apuntaron con pistolas grandes. Silas levantó las manos.
—Venimos en paz —dijo.
—Aquí no se espera a nadie. Regresen por donde vinieron —contestó duramente uno de los guardias.
—No nos iremos hasta ver a Kaito —repuso el de cabello plateado.
—Lo harán. De lo contrario tendremos que obligarlos —espetó el otro guardia.