Depresión de una Estrella

Capítulo XVI: Daño

—Hora de leer—dijo un secuestrador, indicándonos que lleváramos la bandeja vacía a la barandilla de la cafetería.

Ya había terminado de deleitar la sopa de legumbres y, a pesar de que no encajara como el desayuno soñado, estuvo buena. También, me dieron agua tan amarilla que parecía jugo; anonadada, decidí no tomarla, plantearme la idea de que no querían envenenarme y creer que solo fue una equivocación. Los demás chicos, decidieron ignorar el color, defendiéndose en que siempre venía así y yo fui la despistada que no se dio cuenta. Aunque, esperaba no tener que tragarme las palabras, preferiría no ingerir líquido nunca más a beber un sorbo de esa cosa extraña que jamás quería volver a ver.

Durante el desayuno, Zack comentó la leyenda del establecimiento del secuestro que, según su testimonio con poca credibilidad, antes era un cementerio de "muertos especiales" lo que significaba gente que falleció por suicidios para apagar aquella voz que le atormentaba por las noches sin dormir y los días sin comer, hasta que decidieron acabar con lo que llamaban vida. Él sostuvo que, en el lugar donde yacen los libros, aparecían cada vez que querían, sin temor a ser vistos o ¿cazados? Si es que se podía cazar a los fantasmas.

Por supuesto, no aguanté las ganas de reír de manera explícita. Sabía perfectamente que solo era el modo más estúpido de intentar que no me quedara con algún libro de la biblioteca, cuando el sol caía; debido a que le fastidiaba la luz encendida de la habitación. A mi parecer, hubiese sido grato que confesara que le empalagaba mis lecturas nocturnas, a que inventara una estúpida leyenda mal elaborada.

Entramos a la biblioteca. Galilea, Layla y Zack escogieron de primeros, asqueados, y apáticos, por la literatura. Víctor y yo nos tomamos un tiempo considerable para elegir correctamente nuestra próxima obra a disfrutar. Al fin y al cabo, tomé el libro clásico de la estantería de la derecha y comencé a leer.

Sopesé las cosas que nos pasaban a diario y me pregunté: ¿por qué rayos estoy viviendo secuestrada tan normal como si toda mi vida ha transcurrido de esa manera? Y me respondí: es mejor llevar esta temporada en paz, no te reveles, no, Sol, ahora no.

Me concentré en las letras al darme cuenta de que estaba peleando conmigo misma, pero, triste y desgraciadamente, conocía a la perfección la historia que el autor tenía que contar. Aburrida, miré a mi alrededor y me apropié de la atención de Víctor.

—¡Qué aburrimiento! —Bufé—. ¿Por qué no hay variedad?
La mayoría me miró, expresando el cuestionamiento esperado: ¿qué te pasa, Sol? ¿Estás loca? ¿Por qué te quejas de... libros? Obviamente, Víctor fue la excepción, pues esbozó su sonrisa y observó mi rostro. ¡Sí! ¡Qué bien se sentía recurrir al plan infalible! ¡Oh, pobre chico! Desconocía que a mí nadie me retaba.

—Tienes razón, Sol—secundó—. Ya estas obras las he leído más de cuatro veces y, siendo franco, me aburren.

—Sí—defendí—, es innegable que son buenos, pero creo que si conoces el final no los disfrutas igual. Bueno, es preciso destacar que existen casos en los que sigue siendo sorprendente.

Me dedicó una mirada, como si le interesaran los disparates que salían de mi boca. Sus ojos, color azul turquesa, conectaron con los míos haciendo que recordara a la persona más bonita del universo: Gabriel. Con sinceridad, me llenaba de nostalgia saber que lo perdí y que, quizás, ya había conseguido a su compañera de vida.

—¿Lees mucho? —cuestionó. —Eso creo—simulé una risa.

—Yo también, Solecito—su semblante cambió, como si dijo algo que no deseaba—, perdón, sé que no te gusta...

—Despreocúpate, amo ese diminutivo—acepté.

Luego de terminar todas las actividades diarias, llegó la hora de dormir. Y, a pesar de que el reglamento estuviera muy claro, Víctor y yo lo desobedecimos rotundamente, por toda la noche, entablamos una conversación de libros o cualquier tema que surgiera. Sentí que teníamos la conexión especial para ser mejores amigos del secuestro —si eso existía— y posteriormente de la vida en libertad. Qué ávido anhelo de volver a ser una persona independiente y capaz de decidir por sí misma.

***
Mi cerebro no ideaba otra cosa peor que la agonía de pasar mis días confinada a la fuerza, y, desgraciadamente, lo estaba viviendo en carne propia. Sin embargo, después de analizar, no era tan malo como lo que veía en televisión, al menos, tenía privacidad para ducharme, derecho a la recreación, una cama digna donde descansar y comida. Claro, mi intención no era hacerme creer que lo que sucedía estaba bien, solo que la estadía hubiese podido ser peor; a no ser que me trataban de esa manera, porque después nos llevarían al lugar donde no había retorno a la vida terrenal. Di un respingo con solo imaginarlo.

Pensaba constantemente en Gabriel, me preocupaba lo que hacía o creía de mí. Además, si el centro comercial poseía cámaras a sus afueras, observaron que ingresé en un auto, por mi voluntad ¿y si cerraron la investigación suponiendo que escapé con el chico para librarme de mi familia? Deseché la idea inmediatamente. Ellos me conocían muchísimo, al grado de saber de lo que era capaz de hacer, así que me ordené a mí misma dejar las suposiciones estúpidas y albergar la esperanza de que un día llegara la policía a salvarnos de los malignos. ¡Ay! Ojalá no se demoraran.

También me parecía importante lo que opinara Ángeles, pero, afortunadamente, estaba segura de que sabía que me marché por razones que escapaban de mis manos. Creo que, al igual que yo, ella deseaba que nunca nos volviéramos a separar y, luego de obtener mi libertad, así sería.

Guardé el bloc de notas, que conseguí tirado en el piso de la biblioteca, y me dirigí a la cancha a buscar a Víctor con la finalidad de conversar e iniciar la bonita amistad. Adquiriendo puntos a mi favor, recordé que la noche anterior hablamos fluidamente, así que ya era fácil tenerlo a mis pies. Y, si por casualidad en el proceso se enamoraba de mí, yo no tenía la culpa de ser irresistible, bella, fantástica y perpetua novia de Gabriel.




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