Mi abuela está muriendo. Lo presiento y no quiero aceptarlo. Me pidió otra vez que no la dejara sola. Nunca me dice por qué exactamente. Aun así, estoy suponiendo desde su expresión que un brote de horror esconde algo detrás, pero no está lista para contármelo. Se esfuerza por suplicarme que no me fuera. Ya no habla como antes lo hacía, con autoridad y firmeza. Tiene que sobrellevar su dificultad de respirar, y ahora su vida depende de un respirador con un cilindro que desfila a su lado.
No entiendo.
En la casa no hay nadie que la ponga en peligro, sino todo el amor de mamá y mi hermana, bueno... Judith tiene su particular forma de amar.
ꟷTengo que estudiar ꟷinsisto tomándole de la mano.
Después de salir del hospital hace dos meses, empezó a sufrir ataques de pánico y me exigía que le hiciera compañía, pues era de esperarse que el dolor de los síntomas, los médicos, las enfermeras... el olor a muerte mezclado con alcohol le arruinaran la cordura. No puedo juzgarla. Verla así en su agonía, me hizo comprender que no debo desearle ese mal a nadie. No soy capaz de guardar un odio tan grande como para desearlo.
La presión alta había desencadenado en un infarto cerebral. Producto de ese incidente perdió la capacidad de hablar. Había sobrevivido, sin embargo, el proceso de recuperación implicaba ser un desafío para ella. Está vulnerable, pero es imposible quedarme a su lado por horas enteras e incluso días como me lo había rogado. Si estuviera el abuelo, sería más fácil para todas.
ꟷ¡No! ꟷexclama con dificultad en su habla. No deja de agarrar mi brazo. Tengo la impotencia ascendiendo a mi mandíbula cuando la veo así de débil. Maldita enfermedad. Lucha con migajas de palabras que apenas puede articular.
Su fatiga le pesa sobre su cuerpo, por lo tanto, un hábito cotidiano como caminar se convirtió ahora en un campo de batalla. Es un obstáculo debido al riesgo que supone dar un paso con movimientos torpes. A pesar de los malestares, ella insiste en caminar.
La casa no tiene pisos; está compuesta por tres terrazas, como si fueran escalones enormes conectados por gradas. Cada una con una función diferente. En la primera terraza se ubica la puerta de entrada, desde donde se contempla el pasillo de las habitaciones, mas no la sala, como comúnmente se ve en otras casas al ingresar.
Bajando a la segunda, se encuentra la sala cuyo techo de madera presume de cuatro ventanas donde cae la luz, reposa una chimenea al lado derecho y, frente a ella, a la izquierda de quien entra a esta área, una puerta de arco metálica que se abre por ambos lados y da acceso al pequeño bosque.
Y terminando en la tercera, se abre una cocina amplia con una enorme mesa de madera frente a las gradas al bajar. La abuela insistía siempre en recorrer toda la casa; desde las habitaciones hasta la cocina y viceversa.
Su cuerpo endeble la hacía tambalear y, aunque la sostenía fuertemente, un pie resbalaba en una grada y, por suerte, siempre lograba atraparla. No más, dije. La abuela tenía que estar quieta durante su recuperación. Me frustra que no tengamos el dinero suficiente para una fisioterapia.
Lamentablemente es así. Entiendo que no quiera quedarse sola, pero también están mamá y Judith para cuidarla.
ꟷAbuela, mis exámenes empiezan en una semana. No puedo descuidar esta oportunidad. ¿Te acuerdas que soñábamos con una casita en medio del bosque donde sería tu biblioteca? ¿Qué yo misma la construiría para ti? Para cumplir ese sueño tengo que estudiar de sol a sol.
Mi abuela no para de llorar y su desesperación le impedía comprenderme.
ꟷTranquila. Estarás muy bien y saldrás de esta.
ꟷ¡Lala! ꟷJudith entra a la habitación. Se frota las manos lista para relevarme en el turno de cuidarla.
Siento un apretón mucho más fuerte en mi brazo. La abuela mira a Judith como una extraña que vino a amedrentarnos. Todavía me inquieta aquella reacción. Siempre fue "su favorita", me lo dijo toda la vida, pero ahora se tensa cada vez que Judith aparece.
A pesar de todo eso, no tengo ningún resentimiento porque ahora nos necesita.
ꟷ¡Uff! Estás peor que ayer, abuela ꟷJudith la molesta con sus típicos chistes de mal gusto.
Los ojos de la abuela salen de sus órbitas cuando le cedo a Judith el asiento frente a la cama. Mi hermana reduce el espacio entre sus rostros apenas se sienta. Me incomoda que lo haga. También es más que evidente la tensión que provoca en mi abuela. Se hunde en la almohada para evitar que sus narices rocen, y Judith se ríe. No me gustó lo que hizo, pero no dije nada.
ꟷAbuela, si llegas a morir, no olvides tu promesa de dejarme la casa.
ꟷ¡Judith! ꟷgrito furiosa por la estupidez que acaba de decir.
ꟷEs broma, Lala. ¿Cuándo dejarás de ser una amargada?
ꟷCuando dejes de comportarte como una idiota. Me voy y no quiero que la estés molestando.
Cierro la puerta y lo último que escucho es un quejido de mi abuela que me llamaba.
Un día de estos le asestaré una bofetada a esa ridícula. Me sorprende que las bromas pesadas de Judith llegaran a asustar a la abuela. Siempre habían sido parte de su carácter. Normalmente, la víctima de aquellas humillaciones disfrazadas de humor era yo, y todos la justificaban diciendo que así era ella. Pero cuando Judith cambió de víctima y eligió a mi abuela, dejó de ser divertido.
Mamá jamás nos corregía porque la autoridad se le atribuía a la abuela.
Me dirijo a la cocina para saciar la sed; me encuentro con mamá que está leyendo la Biblia.
Editado: 30.04.2026