¿Cómo es la playa? ¿Qué es el mar?
Escuché de él por el amigo de un amigo y por mi tío, pero nunca lo había visto. Me dijeron que allá se siente más calor que aquí en casa.
—¡Baja ahora! ¡Rafael, baja ahora! —grita mamá desde la puerta.
Todos mis hermanos están listos, menos mi tío y yo. Me retraso buscando mi botellita de agua. Tío Marcelo nos advirtió que el viaje tomaría alrededor de ocho horas y que debíamos hacer pipí antes de salir, tener los sándwiches de perniles ya preparados, las frutas y las botellas de agua guardadas en la maleta que él llevaría.
Según él, eso evitaría que perdiéramos tiempo y dinero comprándolo todo en el camino.
—Marcelo, Rafael, ¡el bus no nos esperará! —insiste mamá desde afuera.
Tío Marcelo entra a mi habitación a toda prisa, con su maleta de ropa a medio cerrar y un calcetín asomándose por el hueco.
—Apúrate, Rafico.
—Tío, no encuentro mi botella…
—No importa —dice, sin dejar de forcejear con el cierre de la maleta—. Le pedirás a tus hermanos.
—Pero…
—No importa, Rafael. Pídeles un poco a ellos. ¡Sal ahora!
Llegamos a la terminal pisando los pies de las personas, deslizándonos por el piso y tropezando con nuestras propias maletas.
—¡Ay! Rafael, ten cuidado —se queja Ernesto, empujándome con el hombro.
—Tú tampoco me pises… ¡tonto!
—Basta de pelear y sigan corriendo. ¡Apúrense! —interrumpe mamá.
Tío Marcelo señala un bus viejo, de madera, dividido entre blanco y rojo. Un señor en la puerta espera a los pasajeros atrasados, o sea, nosotros.
—Último llamado. Salimos en dos minutos —anuncia el conductor.
—¡Vamos, niños! —grita el tío—. ¡Tío Marcelo les va a ganar y ustedes se quedarán afuera!
—¡Cállate, Marcelo! —le corta mamá.
Mi garganta arde, seca de tanto correr. Mis hermanos se quedan atrás, pero mamá llega primero.
—¡Suban! ¡Contemos! A ver… ¡Marcelo!
—¡Aquí!
—¡Rafael!
—¡Aquí, mami!
—¡Mario!
—¡Aquí! ꟷtose.
—¡Silvia!
Silvia, la pequeñita, acaba de llegar, mareada de tanto aire.
—¡Aquí, mami!
—¡Ernesto!
—¡Aquí!
A pesar de ser el mayor, con cuerpo más fuerte y alto, siempre fracasaba en las carreras.
Nos acomodamos en los asientos y al fin descansamos nuestras piernas llenas de calambres. El bus empieza a moverse. El cansancio se me va un poco al recordar que, en pocas horas, veríamos el mar; el mismo que el tío y el colegio decían que tenía sabor a sal.
—¡Tengo sed! —se queja Silvia desde el asiento de al lado.
—Sí, tío Marcelo, danos las botellas —pide Mario.
Mi tío revisa su hombro. Solo tiene una maleta: la de su ropa. Se queda quieto, pálido. Me mira como si yo supiera dónde está la otra, como si fuera su cómplice.
—Tío… ¿te olvidaste?
—¿Te olvidaste? —repite Ernesto, indignado.
Al menos yo no sería el único sin una botella de agua. Pero mamá lo regaña igual que cuando uno de nosotros la hace enojar.
—Marcelo, ¿cómo se te ocurre olvidarte las botellas? ¡Te dije que te despertaras temprano para dejar todo organizado antes de salir! Pero no, te gusta hacerlo todo a última hora.
—¡Tío! —protestamos al mismo tiempo.
—Perdón, no griten —responde él, hundiendo los hombros—. Si tenemos sed, podemos beber el jugo de las naranjas.
—¿Cuántas pusiste, hermanita? —pregunta.
—Cinco —contesta mamá de mala gana.
—¿No podemos regresar? —murmura bromeando
—No digas tonterías, Marcelo. Hagamos lo que dices.
Mamá saca las frutas y las naranjas de la bolsa donde llevaba la comida.
—Yo quiero comer manzana ꟷel tío parece temer cualquier cosa que mamá pudiera decirle. Ella, por poco, le lanza la fruta en la nariz.
Nos entrega una naranja a cada uno. Incluso ella toma una. Estamos desesperados y es lo único que podemos beber. Rasgamos la cáscara sin importarnos que nuestras uñas se destruyan, y mordemos como perros salvajes.
—Niños, no los eduqué para que coman así —dice mamá.
Pero no la escuchamos. Sorbemos el jugo que chorrea con cada mordida, y lamemos nuestros dedos para atrapar las gotas que se deslizan por nuestras manos. Mamá come como una dama; nosotros, como lobos hambrientos… pero de frutas.
El tío termina su manzana, aunque se nota que no es suficiente para él. Para nosotros, sí. Mi lengua se humedece con la naranja que devoré y bebí sin dejar rastro. Incluso chupé las chispas amargas de la cáscara. Quedo satisfecho.
—¿Lo disfrutaron? —pregunta mamá.
Ella guarda sus cáscaras y se acerca con una funda para que dejemos las nuestras.
—Estaba muy sabroso, mami —dice Silvia, que sigue lamiéndose la mano.
—Qué bueno, hija… Pero ¿cómo piensan lavarse las manos?
No entiendo por qué lo dice, hasta que miro mis dedos; están melosos de naranja. Intento abrir la mano y los dedos se quedan pegados entre sí. No me gusta la sensación. A mis hermanos tampoco; arrugan la nariz con asco y miran a mamá con ojos de cachorro.
—No hay agua para limpiarse. Tendremos que esperar tres horas hasta llegar a la primera gasolinera —guarda la funda en la maleta.
Qué viaje tan incómodo. Odio sentir que el jugo entra por mi piel y se seca con el aire que entra por la ventana del pasajero de adelante. Mis manos no solo están melosas, ya se ensuciaron con motas, polvo, cabellos y otras basuritas que he tocado.
Editado: 30.04.2026