Gracias a Dios que me libré de ser una esclava para siempre. Tan solo tenía diesciete cuando me condenaron a sufrir los horrores de las manos humanas y terminé lejos de ellas.
Vivía con mi madre en un barrio donde solo entraban los marginados. Ella trabajaba como empleada doméstica en una casa de quienes ganaban más que el sector promedio y menos que los adinerados. Ganaba poco, pero siempre procuró mantenerme en las mejores condiciones. Nunca permitió que la comida estuviera ausente en la mesa o que la ropa estuviera en mal estado.
Ella nunca se dio cuenta de que me levantaba con el ruido de sus delicados pasos con zapatos muñeca. Desde mi ventana la veía irse antes de que marcaran las seis y volvía después de las once. Desde que tuve la edad de la conciencia, tuve que aprender a ponerme el uniforme, lavarlo, limpiar mis zapatos, cocinar mi desayuno, almuerzo y cena, y caminaba a pie de ida y vuelta de la casa a la escuela y viceversa.
Ella y yo no intercambiábamos otros signos de afecto más que el saludo cuando llegaba de trabajar con el moño deshecho y mechones apuntando en diferentes direcciones. Le dejaba listo su plato de comida. La fatiga de su cuerpo la llevaba a comer en el baño antes de meterse a la ducha para terminar ambas cosas al mismo tiempo y poder irse a dormir profundamente.
Debido al rostro pálido que llevaba, producto del estrés diario, le pedí que me diera permiso para trabajar después de la hora de clases, pero me interrumpió diciéndome que mi única preocupación debía ser aprender a leer y sumar. Su palabra era ley y preferí guardarme la pena.
Nunca salía ni regresaba sin un paraguas en la mano porque la lluvia era impredecible en la ciudad. Aunque no solo era por eso que lo portaba. Cada vez que cruzaba las casas del barrio sentía el miedo correr por toda mi anatomía; bajaba la cabeza cuando sentía la mirada de los hombres como pequeñas palpitaciones en las zonas de mi cuerpo donde se dedicaban a espiar para luego terminar con un coro de silbidos.
Uno de ellos siempre me ponía la mano en el hombro o trataba de arrastrarme ligeramente hacia su casa. Un día de esos días se acercó para ofrecerme un vaso de cerveza y platicar sobre sus extraños asuntos: «Tu mamá tarda mucho en volver y la casa se ve demasiado vacía», este soltó una odiosa risita a la cual no encontré ningún sentido.
No respondí y seguí caminando mientras sostenía el paraguas con la punta lista para apuntar en caso de que me respirara en la nuca otra vez.
Llegué a mi casa, donde por fin pude respirar entre jadeos contenidos, y me dejé caer sobre la silla del comedor. El vacío en las paredes me llevó a caer en cuenta lo minúscula que era, como una cucaracha amenazada por peligros más grandes. La soledad no me brindaba ninguna protección. Mi madre jamás pensó en darme un hermano porque apenas ganaba para el bienestar de las dos, pero apretaba los ojos para guardarme ese deseo de tenerlo.
Mamá llegó a media noche, una hora asesina para cualquiera que caminaba. Llegó a salvo de cuerpo, pero no de mente. Estaba perdida en una conmoción que no pude comprender sino después de darle un vaso de agua helada.
ꟷLa hija de la patrona desapareció.
La había escuchado hablar de ella. Se llamaba Evea, una muchachita de mi edad que amaba los relojes de plata rosa.
ꟷGastarán todo su dinero para su búsqueda, así que me despidieron.
Tuve que esperar a que mi cabeza midiera la gravedad del asunto y lo pude confirmar con mi mamá que se dirigió a su cuarto con un lento balanceo en su cuerpo y me pidió que no la molestara, azotando la puerta cerca de mi rostro.
Empecé a identificar las consecuencias de este nuevo ciclo en nuestras vidas. Mamá sin trabajo: no habría comida, ni protección de un techo. Seríamos carnada fácil para quienes estaban afuera acechándonos hasta vernos vulnerables por el hambre.
Después de clases, pasé preguntando de puerta en puerta si podían contratarme en lo que estuviera disponible. Me dirigía a locales de comida, farmacias, papelerías y casas, pero nadie quería contratar a alguien de mi edad,
ꟷNo queremos niñas trabajando aquí, además ya tenemos empleados suficientes.
Era la respuesta más común que recibía. Pasaba horas caminando mientras mamá estaba encerrada.
Regresaba a casa agotada tras largos días sin descanso y sin haber encontrado nada, cuando uno de los hombres que se me acercó la primera vez apareció caminando hacia mí.
ꟷ¿Cómo es eso de que estás buscando trabajo?
Me extrañó que me lo preguntara.
ꟷ¿Por qué lo dice? ¿Cómo sabe eso?
ꟷLo escuché por ahí ꟷreducía la distancia entre su rostro y el míoꟷ. Si estás necesitada de trabajo puedo…
ꟷ¡No! ꟷno pude contener mi angustia, pero me calmé y proseguíꟷ. Gracias, pero no quiero molestarlo.
ꟷNo es ninguna molestia, quiero ayudarte en lo que quieras y te doy a cambio lo justo.
ꟷYa le dije que no es necesario.
ꟷ¡Te estoy ofreciendo mi ayuda y no eres capaz de ser agradecida ¡¿No te enseñaron a respetar a tus mayores?! ꟷgritó el hombre y me agarró del brazo.
Vi la furia encendida en sus ojos. Mi corazón parecía a punto de explotar; el miedo era lo único que existía en esa escena. No podía moverme ni pronunciar una palabra. El apretón sobre mi brazo se hizo más fuerte y entonces reaccioné. Le clavé la rodilla en la entrepierna y corrí.
Editado: 11.06.2026