Descalabro

El último aliento de la porcelana

ꟷ¿Dónde estoy?ꟷ se preguntaba la niña que se encontraba en un lugar muy alto y frío. Notaba que su visión estaba siendo devorada por la ardiente luz de la luna llena, pero aún podía retener y distinguir los colores de las imágenes que contemplaba desde arriba.

ꟷTengo fríoꟷ cada palabra que pronunciaba sonaba más débil que la anterior, como si su garganta estuviera siendo consumida por el hielo.

Sentía la necesidad de caer rendida en un sueño, pero estaba segura de que si lo hacía no despertaría jamás. Decidió distraerse con lo que se asomaba a su alrededor, las montañas con su pico en medio de las nubes, las calles de piedra, iglesias por todos los rincones, el silbido del viento y el canto de una mujer. Estaba cerca de ella, a su lado izquierdo, quería ver quién era, sin embargo, el cuello no cedía un movimiento. Lo único que podía mover con libertad eran sus ojos.

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Vio de reojo que un pilar de piedra las separaba. Lo único que pudo percibir fueron los cabellos flotantes de color negro y los finos trazos del perfil de una mujer que cantaba con los labios cerrados viendo hacia arriba a la gran esfera de plata blanca. Estaba sentada al borde de un pasamanos de piedra con un vestido blanco y holgado. La niña reparó en que también estaba sentada en un borde, miró hacia abajo y sintió que una aguja le atravesó el estómago. El vértigo le abrió los ojos para anunciarle que su corazón tenía miedo de estallar si caía desde aquella altura.

Aunque su cuerpo estaba perdiendo la motricidad le aterraba hacer un involuntario movimiento brusco que la hiciera resbalarse. Respiraba agitada, los vapores de sus suspiros se convertían en hielo y su pecho almacenaba el dolor creciente de un corazón agrietándose.

Quería avisarle a la mujer que la muerte la estaba esperando con los brazos abiertos allá abajo y no quería irse con ella, pero cuando abrió sus labios éstos se congelaron junto con la primera palabra que estaba a punto de salir. Ya solo podía hablar a través de su pensamiento. Tampoco le era posible levantar una mano para llamar su atención y mucho menos un pie.

«Espera…», se estremeció en cuanto lo vio. A pesar de que no podía distinguir el lugar donde se encontraba ni recordar cómo había llegado ahí advirtió algo que era imposible que olvidara. «Mis pies no son de color blanco». Había algo extraño. La mujer, su lugar en las alturas, sus labios congelados, el frío insoportable, todo le era desconocido, pero lo que nunca olvidaría era que su piel jamás había sido de un color similar al de la luna, pues recordaba con claridad que había nacido con una tez trigueña y siempre la había contemplado de ese color.

El impulso de una curiosidad ansiosa la instó a verificar con el movimiento de sus ojos si la tez de sus manos también había sido transformada.

Efectivamente.

Sus manos tenían el color de la luna.

«¿Qué es esto?», la niña se desesperó. «Esta no soy yo», soltaba jadeos interrumpidos con las gotas de lágrimas que en un instante pasaron de ser húmedas a ser el vapor de otro jadeo.

«Tengo miedo», de pronto sintió el abrazo de una insoportable marea gélida que hincaba sus agujas desde la punta de sus pies hasta su cráneo. Nuevamente, movió los ojos para ver a la mujer y se dio cuenta de que ella también había cambiado. No estaba segura si la dama y el pilar de piedra que las separaba habían aumentado de tamaño o era ella la que se había encogido de repente. «Tengo miedo», lloraba por dentro y el grito de su alma perdió la única vía de escape. «¡Ayúdame!» le lanzaba una mirada de auxilio esperando a que sea respondida.

«¡Ayúdame! ¡Ayúdame! ¡Mamá!», la niña tiritó por el dolor de la traición. «¿Mamá? Eres tú», de pronto, la mujer dejó de cantar y volteó a ver a la niña. Tenía la mirada con ojeras dibujadas, la piel trigueña pálida por el frío de la noche y una sonrisa que esbozó una vez que la vio. «Tú me trajiste… aquí», el último pensamiento y el último aliento de la niña fue despedido de su cuerpo de muñeca.

La mujer rio, rio y rio a carcajadas agradeciendo a los últimos rayos lunares. Esperó a que el sol de la mañana saliera y le calentara la piel luego de haber pasado toda la noche cantándole a la luna para entregar el alma de su hija a cambio de verla transformada en una tierna y pequeña muñeca de porcelana.

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ꟷ¿Ya está muerta?ꟷ la tocó con un dedo. La niña no respondió evidentemente. La mujer acariciaba la ahora piel de porcelana de su hija para confirmar si ya no tenía la misma frialdad de la luna. La luz del sol mañanero calentó la frágil piel de la muñeca para que las manos humanas pudieran tocarla.

ꟷYa estáꟷ se bajó del pasamanos de piedra y agarró a su hija, acarició su cabello negro y la frescura de su cuerpo. Era una bella muñeca con piel pálida, sus ojos miraban a la dirección izquierda como una marca de lo último que vio la niña, sus mejillas estaban pintadas de roseta y sus labios entreabiertos.



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En el texto hay: horror, magia, magia aventura y fantasía

Editado: 27.06.2026

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