na lúgubre noche reinaba sobre las tierras de Norus, mientras la luna iba a ser testigo del inicio de una leyenda, olvidada a través de los años. En un bar, ubicado en una aldea de Northon entre montañas y bosques, estaba por iniciar una persecución entre los trabajadores y una bailarina infiltrada. Se trataba de una adolescente brincando y danzando de mesa en mesa, recibiendo los aplausos de todos los clientes. La jovencita zapateaba sobre la madera mientras giraba y movía sus brazos al aire, a veces los mantenía en sus caderas y en otras las ondeaba a la altura de su cabeza. Cada tela de su vestimenta parecía danzar junto a ella, incluso aquel pequeño listón rojo sobre su blusa blanca de mangas largas.
Era un espectáculo ameno, donde las risas, aplausos y silbidos no faltaban. Al menos así fue hasta que el reloj marcó las doce.
—¡Suficiente, Ross! ¡Las niñas no deben estar afuera de sus casas a la media noche!
El cabello rojo de Julie ondeó con gracia en el aire, en tanto ella giraba su cabeza para ver al dueño de la voz. El hombre, con su sobrero de copa y traje café con blanco, agitó su puño mientras se acercaba a la chica. Los demás espectadores rieron al ver a la joven brincar hacia otra mesa, creando una cómica escena semejante a un gato y un ratón.
—¿En serio piensa sacarme ya? Se arrepentirá en unos minutos.
—¡Solo vienes a alborotar a todos! —Se lanzó sobre la madera donde estaba parada , pero ella saltó hacia otra tabla y giró para ver a su perseguidor.
—¿Alborotar? —Aterrizó en el suelo con voltereta que atrajo las ovaciones de los clientes— ¡Eso es lo que necesita este lugar! Debería agradecerme —Posó las manos en las caderas—. Sin mí esto parecería un funeral y en los funerales no venden cerveza.
El hombre enrojeció y corrió hacia Julie mientras imploraba ayuda a sus meseros para sacarla. Ellos, con mucha torpeza, se unieron al intento desesperado por agarrar a la infiltrada. Se tropezaron demasiado con mesas, asientos y con sus propios compañeros, pero ella huía de sus manos con tanta agilidad, como un pequeño animal escurridizo.
Reía y danzaba. Nunca paraba de bailar, pues el sol se ocultaba cuando el fulgor se apagaba.
Las botas de la muchacha aterrizaron sobre un taburete, después a una mesa vacía y finalmente dio un brinco largo para caer cerca de la puerta; en ningún momento se desacomodó su falda roja, pues este llegaba cerca de los tobillos. Era increíble como cada acción suya parecía estar perfectamente calculada para terminar con su presentación. Volteó por última vez hacia las mesas de madera y vio a los adultos con trajes elegantes. Grabó en su mente la imagen puesta frente a sus ojos: una habitación pequeña de suelo y paredes de tabla, tenue iluminación otorgada por faroles colgados, una barra pequeña y un escenario desgastado con humildes músicos de tercera edad.
Sí, era un local pobre pero acogedor.
—Damas, caballeros —Se retiró su mediano sombrero escarlata, con una cinta negra a un costado, para llevarla a su pecho y dar una reverencia ante todos—, fue un gusto bailar para ustedes por última vez.
—¿Ultima vez? —murmuró el dueño.
Dicho aquello, solo le quedó tocar con la zurda la manija de la puerta para abrirla y salir del local, entre risas y pasos apresurados. Sintió una suave y fresca brisa acariciar sus mejillas, el aroma de los girasoles ir hacia sus fosas nasales y el césped ser pisado por sus botas negras. Al mismo tiempo escuchó sus espaldas la voz furiosa del hombre gritando en la entrada de su negocio.
—¿Última vez? ¡Siempre dices lo mismo, Julie Ross!
—¡No se preocupe! —exclamó sin voltear hacia atrás— ¡En una semana me iré de Sunsubiro!
La muchacha corrió con tanta prisa conteniendo los suspiros dentro de su pecho. No dejó atrás su sonrisa e incluso alzó su mirada al cielo con la intención de ver las estrellas. Jamás se verían igual de hermosas en otro lugar. Solo allí brillaban de una manera tan mística y sutil, como si les sonriera a los habitantes. Lastimosamente, el lado claro de la luna solo iluminaba el pueblo, mientras que su cara oscura mostraba sus colmillos a la capital del Imperio.
Ravenham era enorme y por esta misma razón el sombras del astro se escondían con más facilidad.
Así, en los corredores del Palacio Eclipse se vivía una situación totalmente contraria a un recuerdo hermoso. El sobrino del emperador llevaba a cabo un plan de sigilo y espionaje, temeroso de ser descubierto por quien le otorgó un hogar después de quedar huérfano.
Un muchacho de cabellera tan negra como aquella noche tormentosa intentaba ver, con sus cristalinos ojos, a través de un espacio pequeño de una gran puerta mal cerrada. Podía escuchar la madera de la chimenea consumirse en el fuego y los truenos resonar en las pedregosas paredes, además del sonido de la ventisca susurrando a las afueras como una voz siniestra.
Adentro, en la oscura habitación, los gemidos de una delicada criada se mezclaban junto a los gruñidos del monarca del reino, pero los del hombre no parecían de placer, sino eran semejantes a los de un animal devorando a una presa; sin embargo, el curioso joven solo veía ambas siluetas: la delgada figura de una señorita cayendo en los brazos de un adulto, cuya boca parecía aterrizar sobre el cuello de la mujer.
Otro trueno retumbó en el ambiente y la piel del azabache se erizó. Quizás si asomaba más su cabeza podría ver mejor la escena; pero, algo lo retenía siempre. Sus piernas se congelaban y una corriente helada recorría toda su columna.«
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Editado: 04.03.2026