Descendientes Eternos

Capítulo 3: Sol, Luna y Gemas

Todo lo que Julie podía ver a su alrededor eran cientos de personas con vestimentas elegantes, sosteniendo copas de vinos y charlando entre sí. Escuchaba un violín resonar en la amplia habitación en compañía de un piano que entonaba una melodía lenta, pacífica, pero, al mismo tiempo, le provocaba una pesadez en su pecho. Observó el salón circular donde se encontraba, poseía paredes de tonos albos y en ellas yacían plasmados dibujos del sol y la luna en plata; en el techo había un candelabro dorado y varias guirnaldas con flores blanquecinas que caían sobre las cabezas de los presentes.

—Solecito —murmuró una voz masculina a sus espaldas.

La muchacha dio media vuelta y se encontró con un joven de cabellera cuyo color se asemejaba a la nieve. Tenía dos ojos como zafiros en su rostro pálido y usaba un traje blanco de etiqueta con hombreras y botones plateados, además en el lado derecho de su pecho se visualizaba el broche de una luna.

—¿Me permite este baile? —agregó él mientras extendía su mano hacia ella.

Correspondió el gesto y permitió que los dedos ajenos acariciaran su cintura. Luego comenzó la danza, serena, sin apuro, mas nostálgica. A la melodía se unió un canto femenino entrecortado: «Si el tiempo… por la promesa que nos unió… Cruel y ruin… Nuestro encuentro... Sol y Luna».

De pronto, todo se volvió blanco; Julie cerró los párpados y al volverlos a abrir se encontró de nuevo con él, pero esta vez su cabellera era negruzca y sus ojos grises.

«El chico de la máscara», pensó.

El rostro masculino se encontraba cerca del suyo, lo cual provocó la aparición de un leve rubor en sus mejillas.

—¿Q-Qué? —susurró la muchacha.

—¡Abrió los ojos! —Suspiró de alivio y regresó a su lugar en una silla próxima—. Marie —dirigió la vista a una niña rubia cuyos iris le recordaban a la miel que solía untar en los panes al desayunar—, ¿podrías avisarle a tu madre, por favor?

La infante asintió, luego se alejó corriendo y llamando a su mamá.

Julie, con el corazón en la boca, miró extrañada hacia los lados: Camillas con sábanas blancas, mesitas de noche a la derecha de cada una y cortinas a los lados para crear cubículos improvisados; paredes de ladrillos azabaches, con faroles pegados para iluminar el lugar; grandes ventanas con un paisaje nocturno reflejado afuera y varios armarios colocados al fondo de la larga habitación.

«Parece un hospital, pero…»

—¿Dónde estoy? —se atrevió a preguntar una vez diferenció su sueño de la realidad—. Yo… Esa cosa… ¡Mis cosas! ¿Dónde están mis cosas? —Se sentó sobre la camilla—. Yo estaba… ¡Esa cosa apareció y me atacó! —Se observó a sí misma. Tenía una manga de la blusa rota, pero las marcas oscuras ya no estaban y su piel se encontraba lisa e intacta—. ¡Mi brazo! ¿Cómo…?

—Okay, okay —murmuró el joven con tono dulce y bajo—. Tranquila, tranquila. Sé que es mucho por procesar.

—Pero… usted es… es…

—Lo sé, lo sé. Su héro…

—¡Un acosador!

—¿Qué?

—¡Es un acosador! —Movió las sábanas para huir de aquel lugar.

Se paró y vio sus botas junto a sus maletas en el suelo. Con mucha rapidez se colocó el calzado, mas el chico siguió hablando.

—¡No, no! ¿Qué hace? Deben examinarla. Guarde la calma y escúcheme, por favor.

—¡Jamás! —Agarró su equipaje y con este lo empujó para después correr hacia la salida.

Al pasar frente a un espejo notó su cabello enmarañado y la ausencia de su sombrero. Una lástima, le gustaba mucho; en tanto, el joven, Archibald, contempló con asombro a la señorita, ¿Lo había apartado con desdén?

En pleno acto, la niña reapareció en compañía de una mujer con quien compartía rasgos similares, sin embargo, la adulta portaba un vestido blanco de enfermera. La dama extendió los brazos y se interpuso en el camino de Julie, pero ella se agachó y pasó debajo de estos.

Las puertas de la habitación eran enormes, aun así logró empujarlas con fuerza para escapar y se encontró con un corredor largo, oscuro, de paredes con ladrillos negros y más faroles otorgando una luz tenue. Continuó con su paso sosteniendo con firmeza el equipaje. A sus espaldas escuchó a alguien salir de la habitación.

—¡Hey, espere!

—¡Aléjese de mí, acosador!

—¿De qué habla? ¡Le salvé la vida, un gracias no le es difícil de pronunciar!

—Ah, ¿Sí? ¡Gracias por perseguirme desde la tarde y salvarme la vida! ¡Gracias, todo un héroe!

Archer bufó exasperado. Sus zapatos hacían eco por todo el pasillo; aceleró su caminata para alcanzarla y ella, tan lista, aumentó también la velocidad. Si pudiera la retendría en un solo ataque mágico; tenía tantas ganas de eso, mas debía mantener la compostura.

—¡Le ordeno que se detenga!

—¡No es mi jefe!

«De hecho… Espera».

—¡¿No sabe quién soy?!

—"Ni sibi quiin sii" —respondió en tanto veía unas escaleras a unos metros.

Esa frase fue la gota que derramó el vaso. Archer soltó un suspiro pesado, aflojó sus manos en puño, inclinó su cuerpo hacia adelante y, de un segundo a otro, cubrió sus pies en fuego para dejar salir llamaradas e impulsarse con fuerza hacia su objetivo. De trotar pasó a levitar con velocidad hasta alcanzar a Julie; con sus brazos la rodeó desde la espalda y se aferró a su cuerpo. La chica gritó asustada, pues justamente se encontraba cerca de las escalinatas y por el empujón iba a resbalar directo hacia ellas.




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