Tres de marzo, el día que llegó Julie a Ravenham, casi muere a manos de una bestia y conoció al príncipe del Imperio Eclipse. Ahora se encontraba en un Terha solicitado con mucho sigilo por Archibald para regresarla a donde debía estar desde hace horas: «La Academia Ravenham».
Los dos viajaban en silencio, sentados frente al otro con los brazos cruzados, sin poder asomar las cabezas por la ventana de la carroza, ya que podrían ser pillados por algún ciudadano. En vez de aquello, veían el suelo con incomodidad. No había rastro de los espíritus o, al menos, estaban lejos de su campo de visión.
—Entonces… ¿Nueva estudiante? —preguntó Archer, ojeándola.
Julie rio y alzó la cabeza.
—¿Se nota que no pertenezco aquí?
—Bueno —sonrió—, todo buen habitante de Ravenham sabe que no se debe pisar la Zona Kaín.
—¿Ese barrio de mala muerte? Já, definitivamente el nombre suena tan tétrico como ese lugar; definitivamente no volveré allá a menos que quiera morir en manos de… —se detuvo de repente—. ¿Qué era eso?
—¿El qué?
—Esa cosa que nos atacó.
—Ah… —sonrió con nerviosismo—. Mejor olvidemos eso.
—No, no. Casi muero allá y merezco saber a qué me enfrenté. Además, guardé el secreto de la enfermera; debería devolverme el favor y responder a mi pregunta.
Archibald suspiró.
—Un Chaos de Alto Rango.
La pelirroja guardó silencio y el retumbar de las ruedas del vehículo rodando en la carretera hizo eco en sus oídos.
«Un Chaos», resonó de nuevo en su cabeza, «un Chaos de Alto Rango».
Hace miles de años no se sabía nada de ellos. Fueron enviados a un mundo paralelo conocido como Penumbrius, la dimensión exclusiva de esos monstruos. El noventa por ciento de los Chaos fue transportado allí hace mil años. Ahora ellos habían visto uno con sus propios ojos.
—No, no —negó la muchacha con la cabeza—, es imposible. Los de Alto Rango están extintos. ¿Estás seguro?
—Encaja con la descripción exacta de los libros. No debería haber uno en el mundo, pero ahí estaba él y, por alguna razón, la perseguía. Después me señaló como otro objetivo.
De pronto, la noche se sentía más fría de lo normal. Una sensación helada recorrió cada fibra del cuerpo de los adolescentes.
—Yo… —Julie trataba de hablar con calma—. Cuando estaba a punto de desmayarme vi siluetas sobre los edificios; aunque eran raras, no parecían humanos.
—Okay… —Suspiró—. ¿Criminales? Hay muchos en Kaín.
—¿Criminales? No, por favor, no eran…
—Seguro solo fue un simple y extraño Chaos de Alto Rango —la interrumpió—. Ya acabamos con él, así que mejor olvidemos el tema.
—¿Y si hay más?
—No tenemos evidencia de eso por ahora.
—Sí… —rio con inseguridad—. Fue solo uno, ¿no? —Su corazón se hizo pequeño.
—Sí —se relajó Archer sobre el asiento. No necesitaba más peligros; sin embargo, aún sentía que alguien lo iba a apuñalar por la espalda—, solo uno.
Otra vez el silencio reinó. Ya habían pasado al menos treinta minutos viajando en el Terha. Todo se volvió más oscuro, el ambiente se tornó helado y el sonido de las ruedas cambió. Julie rompió la regla de no ver por la ventana, movió la cortina y se encontró con cientos de árboles cubiertos de blanco, además de un suelo repleto de nieve.
—Invierno —susurró.
—Ravenham, donde coexiste el invierno y la primavera en armonía —Archer se asomó también—. Aquí hay de todo un poco, desde barrios de mala muerte hasta lugares hermosos como este —volteó la cabeza hacia ella—: bienvenida a la capital del Imperio Eclipse.
—Gracias —esbozó una ligera sonrisa.
Por un momento pensó en él como una persona de confiar, a pesar de haber sido perseguida desde la Plaza de las Rosas.
—Un momento —agregó Julie tras llegarle una nueva duda—, ¿qué hacía un príncipe en Kaín?
Archer se vio en apuros; por ende, huyó de regreso a su asiento y desvió la mirada. En la última semana fue perseguido… no, atormentado por Lúa. Al desayunar, al entrenar su magia en el jardín y al recibir sus clases particulares. En cada actividad del día estaba ella para disculparse o tratar de explicarle sobre los Descendientes Eternos. Rompió jarrones, arruinó un pastel, lo vieron hablando estresado al aire y más cosas que lo hicieron ver como un lunático. Estaba ansioso y desesperado. Si apareció de repente por culpa del anillo, entonces debía deshacerse de él. Solo había un pequeño inconveniente: se encontraba pegado a su dedo. Así, huyó del palacio tal como estaba acostumbrado a hacerlo desde hace un par de años. Fue perseguido por el ente todo el rato y en su intento de huir de ella llegó a la Plaza de las Rosas. Allí aprovechó para esconderse bajo una máscara.
No podía explicarle a la señorita lo asombrado que estuvo al verla, pues sintió cierta familiaridad inexplicable al toparse con sus iris azules. Luego, Lúa reapareció y tuvo que volver a correr hasta terminar en medio de calles oscuras escuchando a una jovencita pedir auxilio.
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Editado: 23.03.2026