El gran reloj de la academia dio nueve campanadas, justo a tiempo para anunciar el pronto inicio de la fiesta. Julie se encontraba encerrada en el baño de su habitación tratando de terminar los toques de su peinado. Formó una bola con su cabello y lo fijó con un lazo negro, pero dejó ciertos mechones rizados caer a los costados de su cara.
—No lo sé, no me convence.
Suspiró y salió de su encierro para encontrarse con Angeline esperándola en la cama, quien portaba un vestido plateado de falda ancha con dibujos de flores doradas a lo largo de la tela. Detrás de ella estaba volando Julius, quien abrió más los párpados al ver a Julie.
—¿Cómo me veo? —interrogó la chica acariciándose un brazo con timidez.
—¡Wow! Te ves… —Se levantó Angeline de la cama para correr hasta ella.
—Hermosa —completó el espíritu con voz temblorosa, casi como si estuviera a punto de estallar en llanto.
Julie rio con nerviosismo tratando de disimular que escuchó a un ente y se concentró en su amiga. Ella le había prestado uno de sus vestuarios formales: Un vestido rojo carmesí con grabados dorados por toda la tela simulando ser flamas.
—No lo sé…
—¡De verdad se te ve bien! —La muchacha llevó sus manos a las caderas—. Te queda mejor que a mí, tal vez debería regalártelo.
—¡No, no, por favor, no!
—¡Ay, lo hablaremos después! —rio y cruzó su brazo con la de ella—. Andando.
Ambas salieron del cuarto y salieron de la residencia rumbo al salón de eventos: Uno de los castillos que se alzaba a la derecha de la sede principal. Cientos de jóvenes y adultos se dirigían al interior con sus mejores prendas. Al entrar los recibía un hall redondeado como el de la mañana, pero este se encontraba lleno de guirnaldas de rosas colgando por las paredes. Las escaleras al siguiente piso estaban tapizadas de rojo y a cada lado del primer escalón se encontraban dos guardias parados firmemente. Las dos muchachas subieron al siguiente piso, donde un gran salón iluminado por un gigantesco candelabro las saludó. Docenas de flores rojas decoraban tanto las paredes como las mesas dispuesta a los costados, el oro y el plata yacía en las vajillas, el suelo estaba cubierto por una alfombra dorada y había un escenario al fondo con una banda tocando música de la época. De pronto fueron sorprendidos por dos jóvenes usando traje de etiqueta y cargando una charola con docenas de antifaz sobre ella.
Las damas agarraron unas y se las colocaron. Eran negras, como las de todos.
—¿Una mascarada? —cuestionó Julie.
—Así no sabrás si bailas con el sobrino del emperador o el hijo del mayor comerciante del reino, ¿no?
«Así no encontraré a Archer», pensó ella, «Pero ¿para qué quiero hacerlo?».
Observó al espíritu volando a su lado, no paró de verla durante todo ese trayecto. Quería preguntarle si se veía rara o tenía algo en la cara, mas prefirió guardar silencio. Caminaron por el salón entre la multitud tratando de adivinar las identidades de cada uno. Solo una persona fue totalmente reconocible, tanto por su cabellera y ojos como en su manera de hablar. Renee portaba un vestido amarillo con ondulaciones negras en la tela y lucía varias cadenas y pulseras de oro. Estaba rodeada de otros alumnos, pero ella buscaba algo o a alguien con la mirada. Julie y Angeline dedujeron a quién esperaba.
—Te apuesto que arderá en llamas si te ve bailar con él.
La pelirroja rio.
—Soy un mosquito entre tantos depredadores, sería imposible que…
Un sujeto chocó con su hombro y la empujó un poco.
—¡Lo siento! —se disculpó el chico, esa voz se le hizo familiar.
—¿Ar…?
—¡Shhh! —se acercó de pronto a ella para taparle la boca con la mano. Otra vez el corazón de Julie dio un brinco.
Ella lo observó a sus iris grises, se veían más grandes y luminosos junto al antifaz oscuro. Toda su vestimenta era negra, incluyendo su corbata, lucía como el villano de un cuento, pero elegante. Él fue retirando con lentitud su mano y dejó escapar una sonrisa tierna de sus labios.
—Nos encontramos muy seguido.
Julie asintió.
—Tanto para ser real.
—¡Es el destino! —interrumpió Lúa, quien reapareció cual fantasma a lado de Archibald.
Los dos jóvenes bufaron exasperados. Ahí estaban los espíritus otra vez atormentándolos. Archer rodó los ojos y luego le ofreció la mano a la muchacha.
—¿Me permite una pieza, bella dama?
Julie esbozó una sonrisa maliciosa.
—¿Seguro? Amo bailar y en mi pueblo era de las mejores.
Una de las manos masculinas de Archibald tomó la ajena como señal de invitación; a su vez, su rostro involuntariamente se fue acercando un poco al ajeno, dejando un corto espacio entre ambos, y susurró una única frase retadora:
—Veamos quién es el mejor.
La llevó hasta el centro de la pista, mientras la chica veía a Angeline despedirla con picardía. También los espíritus trataron de atraer su atención, pero al instante fue Julius quien comprendió que mejor los dejaban irse.
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Editado: 23.03.2026