—¡Por el Padre Ezius! ¡Lúa! ¡Julius! ¡¿Dónde están?! —aquella frase resonó en el hall de las residencias, donde los espíritus recién habían llegado en búsqueda de los jóvenes.
El pelirrojo miró a una de las ventanas del castillo, ahí estaba colgado un trozo de madera con la punta encendida de rojo.
—Incienso de Luna —murmuró.
—¿Quién nos querría lejos? ¿Habrán sido ellos? ¡Qué cruel!
—No —se fijó en el paisaje exterior—, pero ellos nos están llamando.
Juntos volaron con rapidez hacia el Bosque Helado, dejándose llevar por su instinto. El sol y la luna dibujados en sus frentes se encontraban iluminados, funcionando como un imán hacia sus protegidos. Volaron varios kilómetros hasta encontrarse con los adolescentes arrodillados en el suelo, rodeados de tablas quemadas y sosteniendo los anillos en sus palmas.
Detuvieron su vuelo ante la escena.
—¡Por Ezius! —exclamó Lúa—. ¿Qué sucedió?
—Por favor —murmuró Julie cansada—, llévenos a la academia.
Los dos espíritus se vieron entre sí y después una neblina, roja y rosada respectivamente, los rodeó. De un segundo a otro se transformaron en dos guivernos de los mismos colores. Parados en la nieve frente a los jóvenes mostraron sus espaldas.
—Suban —ordenó Julius y los chicos hicieron caso.
Durante el camino su pregunta fue respondida. Julie y Archer narraron todo lo sucedido. Obviamente los espíritus se sintieron culpables, pues no pudieron protegerlos.
Al final volvieron a la academia y cada joven regresó a su habitación. La pelirroja se escondió entre las sábanas, mientras el príncipe contempló el cielo nocturno.
—Tal vez deberías decirle a tu tía sobre Elías —sugirió la ente.
—Sí… —suspiró—. Tal vez debería.
Esa noche no durmieron, pues a pesar de encontrarse con sus guardianes no se sentían seguros en la academia.
Quizás nunca volverían a sentirse así. A pesar de todo lo ocurrido, mantenían las sortijas en sus bolsillos sin entender por qué no las tiraban a un río.
A Julius y Lúa les resultó difícil ver a sus Mages tan cabizbajos en los días posteriores.
¿Cómo podían animarlos a ser valientes y enfrentar su destino si con lo de la cabaña su temor aumentó?
Archibald trató docenas de veces de hablar con su tía, pero cuando estaba frente a ella sentía un nudo en la garganta y terminaba guardando silencio.
Llegó el viernes, el día donde Julie volvería a ver a la maestra Rawson otra vez.
Los dos espíritus observaban a los adolescentes desde la rama de un árbol ubicado cerca de una ventana. En cambio, la pelirroja estaba realizando los movimientos básicos de ataque enseñados antes. Había un blanco de tiro al frente suyo y los demás estaban sentados cuchicheando sobre ella. Esta era su última clase del día y faltaba muy poco para su finalización; sin embargo, durante toda la hora Julie fue incapaz de dar un solo ataque eficaz.
—¡Señorita Ross, es suficiente! —gritó la profesora—. ¡Usted vendrá conmigo a la oficina de la directora!
—¿Para qué me necesita, señora Rawson? —interrumpió una dama.
Celina se encontraba en la entrada del pequeño gimnasio junto a un grupo de adultos vestidos de etiqueta; todos los alumnos se asombraron al instante.
¡Los líderes de las legiones!
Pero de todos ellos solo uno sintió un apretón en el pecho.
—Ti… Digo, di… —Archer se contuvo al rato.
¿Era buena idea hablar? ¿Por qué no podía decir algo? ¿Qué era ese nudo en su garganta? Observó el grupo con más cautela y notó una neblina oscura sobre sus cabezas. Había algo raro en ellos y no fue el único en darse cuenta. Los entes astrales se alarmaron también.
—Lúa —murmuró Julius.
—Sí, hay un Chaos entre ellos.
«Debemos advertirles a Archer y Julie», los dos pensaron lo mismo antes de volar por los alrededores de la academia en busca de una entrada; no abrieron la ventana por temor a asustar a los presentes o llamar la atención del intruso. En tanto ellos recorrían con prisa los pasillos, adentro del aula la conversación continuó su rumbo.
La profesora no podía delatar a Julie frente a los líderes de las legiones o dejaría en vergüenza a la academia. Por otro lado, la pelirroja se preguntó en sus adentros: «¿Será este mi fin?»
Uno de los socios se unió al intercambio silencioso de miradas de las mujeres para dar una sugerencia interesante:
—Lady Priamross, ¿podríamos ver un combate de armas entre dos estudiantes?
La directora miró con duda a la maestra Rawson y ella, al cabo de unos segundos, respondió:
—Esta es la clase de Control de Gema.
—Pero queremos ver una batalla —volvió a hablar el sujeto y miró a sus camaradas—. ¿No les gusta ver a los jóvenes chocar espadas como profesionales?
Los demás espectadores asintieron con emoción, suficiente para comprender que debían cumplir el capricho del grupo. La tutora iba a ofrecer a dos estudiantes cualquiera, mas el mismo adulto señaló a dos personas: Julie y Angeline.
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Editado: 23.03.2026