Paz. Archibald sentía una voz. Veía los rayos del atardecer reflejarse a través de la cabellera fulgurante de una dama, quien lo veía con sus iris violáceos expresando calma.
—Solecito —pronunció en el sueño.
La señorita sonrió.
—Lunita —le extendió su mano y él, con mucho cuidado, se la agarró—. Todo va a salir bien, lunita.
El ocaso aumentó la intensidad de su brillo provocando que el príncipe cerrara los ojos, mas al abrirlos no se encontró con aquel bello paisaje, sino con un techo beige sin particular alguna.
—¿Dónde estoy?
Trató de enderezarse y sintió su cuerpo descansar sobre algo suave y cálido. Al sentarse notó que se encontraba en su habitación de la academia, con sus maletas amontonadas en una esquina y un par de enfermeras paradas al borde de la cama. Las mujeres corrieron a auxiliarlo y toquetear cada parte de su cuerpo como si fuera un jarrón con grietas. Archer no pudo concentrarse en sus palabras o en las acciones sobre él; dirigió su vista a un costado para encontrarse con el mismo ocaso de sus sueños pero sin aquella dama.
—Julie —murmuró.
—Me parece que hace unos minutos salió de la enfermería.
Archibald volteó a la izquierda, Lúa se encontraba volando detrás de las enfermeras con una enorme inseguridad expresada en su rostro.
—Julius la acompaña —agregó de nuevo.
El chico frunció el ceño. No quería oírla. Movió las sábanas y se levantó de la cama dejando atrás a las damiselas que le rogaron detenerse.
—Ya me encuentro bien, pueden retirarse.
—Pero la emperatriz… —musitó una de ellas.
Él abrió más los párpados, su tía estaba en la academia. Con más apuro salió de su cuarto siendo perseguido por Lúa y caminó por los corredores de la residencia; se encontraban desolados a pesar de estar atardeciendo. Bajó las escaleras a la planta baja y llegó al hall aún sin alma alguna como aquella noche. Archibald vio el espejismo de su silueta ser agarrado de la mano por Julie.
«¿A qué le tienes miedo?», su voz resonó en su cabeza. Suspiró y atravesó a ambos seres imaginarios para ir hacia el patio principal. Los alumnos se encontraban charlando entre sí con tanta serenidad, hasta le hizo dudar a él si lo que sucedió antes de desmayarse fue real. Caminó con más apuro viendo a todos los lados, ninguno se encontraba asustado, nadie estaba paranoico. Solo él.
En su andadura volvió a ver un espejismo, ahora Julie lo agarraba de un brazo y caminaban juntos como dos adolescentes conociéndose. Algo se revolvió dentro de su pecho. Entonces el sonido de unas trompetas lo sacaron de su trance. Dirigió la vista al castillo principal y de la entrada apareció una fila de guardias vestidos con prendas negras con broches de oro custodiando a una dama de cabellera azabache y lacia. Su tez pálida y ojos violáceos eran irreconocibles para él. Portaba un vestido azul con detalles plateados en la tela y sobre su pelo cargaba una corona con perlas rojas. Detrás de ella caminaban Celine y sus primos, Marcus con prendas oscuras como siempre y Kiara con tonos pasteles. Archibald corrió hasta su familia ralentizando el paso a medida que se acercaba. Al detenerse frente a ellos se detuvieron todos.
La emperatriz clavó una mirada fría e impenetrable al menor.
—Nos vamos —sentenció.
—¿Qué?
Sin esperar una respuesta del chico siguió con su caminata dejándolo atrás del grupo. Archibald apenas pudo ver la mirada de pena de Celine. Quizás sentía que le había fallado.
—¿Mi tío está de acuerdo? —pronunció Archer sin dar ningún solo paso.
—No necesito que esté de acuerdo, yo también estoy a cargo de ti.
No se detuvieron, sus primos no lo vieron, Celine apartó los ojos de él y los guardias lo rodearon. Los alumnos presentes estaban haciendo reverencia, pero algunos miraban por el rabillo del ojo al chico.
Él hizo puños con las manos y agachó la cabeza. Después empezó a seguir al grupo como una marioneta. Entonces a sus oídos llegó el eco de la canción de anoche, esa que bailó con Julie. Rememoró la suavidad de su mano, la belleza de su risa y las palabras pronunciadas en su paseo por el jardín.
«Esta es mi oportunidad de demostrar lo que valgo».
Archer apretó la mandíbula, inhaló profundamente, exhaló y…
—No.
Su familia detuvo el paso, la emperatriz no volteó a verlo.
—¿Qué?
—No —repitió—. Esta es mi oportunidad de demostrar lo que valgo. Por favor, permítanme quedarme más tiempo.
Hubo un silencio ensordecedor en el ambiente. El cantar de las aves hizo eco en sus oídos junto al ruido del viento agitándose cada vez más. Su tía no le respondió.
—Sé cuidarme solo —agregó él.
—Sé que puedes —dijo al fin, Archibald notó que estaba apretando las manos. Estaba temblando.
Su familia siguió su rumbo a la salida de la academia, ahora fue el chico quien hizo una reverencia.
—Lamento molestarla con mi capricho.
Esperó hasta escuchar los pasos alejarse cada vez más. Aquellos minutos fueron los más largos e interminables de su vida. Cuando volvió a enderezarse, la emperatriz se encontraba subiendo en uno de los carruajes con la bandera del imperio, sus primos se dirigían a otro más atrás del suyo y Celine hacía una reverencia junto a sus propios guardias de la academia. Los vehículos comenzaron su marcha y el grupo se retiró provocando cientos de cuchicheos que revolotearon en el aire. La directora se irguió y volteó su mirada hacia el adolescente. La conocía muy poco, pero pudo deducir que estaba conteniendo las lágrimas frente a sus estudiantes.
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Editado: 23.03.2026