Descendientes Eternos

Capítulo 13: Una vida normal

Las puertas de un humilde hogar de madera en medio de un bosque se Las puertas se abrieron de pronto.

Un hombre robusto y musculoso se encontraba puliendo una espada de plata sentado sobre una mesa, mientras atrás suyo una dama de cabellera rojiza servía sopa en unos platos. Mientras tanto, una niña de pelo carmesí y ojos cafés jugaba con una muñeca en el suelo. Los iris del hombre se posaron en la entrada, abierta de par en par y mostrando a una adolescente cuya apariencia se asemejaba a la de su esposa, pero poseía sus ojos azules.

—Volví —murmuró la joven soltando sus maletas al suelo.

—¡Hermana! —gritó la infante.

Los adultos no pudieron saludar. La vieron en silencio. Detrás suyo aparecía el ocaso, mientras la joven lucía débil, rota y con las lágrimas a punto de desbordar. La madre de la chica caminó hasta ella con los brazos abiertos.

—Hija mía.

—Mamá… —Se refugió en sus brazos y estalló en un llanto incontrolable.

La menor de todos no se quedó quieta; corrió hasta ellas y se aferró a las piernas de Julie. Luego, el padre se levantó y se acercó a las damas para abrazarlas con sus brazos fortachones. Allí, en medio de la escena conmovedora, el corazón del solecito se quebró al fin. En tanto la familia se unía como uno solo otra vez, el atardecer finalizaba para iniciar la oscuridad nocturna.

Esa vez no hubo estrellas ni luna. Solo un cielo vacío vigilando los pasos de los descendientes. Julie cenó con los suyos sin contarles sobre lo sucedido. De todos modos, los mayores podían deducir por la expresión en su rostro que había fracasado, como en ocasiones anteriores.

No, no podían imaginarse la magnitud del asunto y eso calmaba a Julie. Después de la cena, donde se puso al día sobre los hechos del pueblo y los logros educativos de su hermana, regresó a su habitación. Era un cuarto pequeño con algunos jarrones con rosas descansando sobre la mesita y los estantes. La cama era estrecha a diferencia de la que tenía en la academia, su armario diminuto con algunas pinturas de principiante que hizo, pero poseía un pequeño balcón improvisado con una ventana circular al exterior. Ella dejó su equipaje en la cama y caminó hasta sentarse allí, sobre unos cojines rojos. Abrazó sus piernas y observó el paisaje. El bosque podía lucir siniestro para cualquiera, sin embargo a ella le resultaba pacífico.

El sonido de los insectos y los búhos creaban una canción de cuna perfecta. Lastimosamente sabía que al cerrar los ojos volvería a encontrarse con Renee y eso le aterraba.

Su situación no fue muy distinta a la del príncipe.

Archibald esa noche en su habitación se sintió tan desolado, al punto de percibir la madrugada de la enfermería amena; pues allí estuvo acompañado y ahora se encontraba solitario. Las pesadillas lo atormentaron sin piedad. Al cerrar los ojos, el rostro de la rubia y las uñas de los infantes Chaos regresaron. Aquel cántico «inocente» y tétrico se convirtió en el himno de la crueldad, capaz de aterrarlo por horas.

Se sentía igual que en la época luego de la muerte de sus padres.

Los días no eran menos espeluznantes para ambos.

Julie acompañaba a su madre al pueblo para hacer las compras y durante el camino recibía las típicas miradas juzgadoras de los demás. En cambio, Archer se encontraba acompañado por una docena de guardias y criadas buscando complacerlo. Las clases volvieron a ser las de antes: en compañía de sus primos y Elías.

Lúa y Julius no aparecían, mientras a él, en medio de la agobiante vida del palacio, no le quedó de otra más que recordar los momentos con su amiga.

La extrañaba.

Sí, mucho.

«Fui un idiota», pensó. En algún rincón de Norus, una señorita pensaba igual.

«Fue un idiota», pensó Julie descansando en su balconcito de siempre. Era una bolita roja furiosa y triste. Dos sentimientos contradictorios, pero conocidos para ella. Pocas veces salía de la casa, excepto si era en compañía de sus padres. Ese día decidió encerrarse y hacer nada.

Otro atardecer. Ahora la despedida del sol le causaba mucho malestar.

Toc, toc. Sonó la puerta.

—Déjenme sola —masculló de mal humor.

De todos modos esa persona entró; era su hermanita. Lucía idéntica a ella, pero sus iris eran de un tono distinto. Verse a sí misma pequeña e inocente le rompía más el corazón, aunque trató de no llorar.

—¿Qué ocurre, Eris? —preguntó con voz dulce.

—¿Vas a volver a la academia? —interrogó sin despegarse de la entrada.

Julie negó con la cabeza. La niña se asombró.

—¿Por qué?

—Yo… —suspiró—. No pertenezco allí. Cometo muchos errores y lastimo a los demás.

La niña de diez años guardó silencio por un buen rato y luego se acercó más a la mayor.

—Desconozco por lo que hayas pasado, hermana, pero tú deseabas con todo tu corazón ir a la academia. —Se sentó en el balcón frente a ella—. ¿No decías sentirte vacía? Lucías tan feliz, incluso estabas más alegre que cuando bailas.

—Lo sé, pero… No lo entenderías, Eris, es…




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