Diez días.
Archibald odiaría ese número por toda la eternidad.
Diez días sin intercambiar ninguna palabra con Julie, esposado en las muñecas y tobillos, custodiado por bandidos en un Terha exclusivo para ellos y apenas recibiendo comidas aceptables. Había una enorme tensión entre él y la pelirroja desde el primer segundo de su secuestro, como si aquellos minutos combatiendo en el incendio no hubieran significado nada. Su silencio y el enojo reflejado en sus zafiros lograron incomodarlo por completo.
—¡Psst, Julie! —susurró, permaneciendo sentado dentro de la carroza del transporte.
—¡Sin hablar! —advirtió uno de los vigilantes.
En total había tres malhechores acompañándolos en la caja y dos en el asiento del chofer, sin contar los demás carruajes por la zona cargando a los bandoleros restantes. Quizás Elías iba en el primer coche de toda la fila, sintiéndose el líder de su grupo de Chaos y criminales; mientras ellos soportaban el apretón metálico de los grilletes y morían de hambre.
Tampoco podían descansar de forma placentera debido a las pesadillas. La primera vez que Julie se despertó gritando asustó a los vigías y, en su caso, lo observaron de forma extraña. Luego de una semana se acostumbraron a verlos agitados al dormir; además, en una de esas veces, él y la pelirroja se acurrucaron sobre sus hombros cuando el sueño los dominó. Aquella noche el siniestro cántico infantil no los atormentó.
Obviamente, cuando la muchacha abrió sus ojos lo observó con vergüenza y enojo.
El príncipe no podía charlar con la escarlata como correspondía y eso lo agobiaba más. Tener asuntos pendientes que tratar con ella lo mantuvo inquieto durante todo el viaje, en especial al llegar al final de su destino: Las costas de Chevilia.
El Terha se detuvo cerca de un acantilado con un mar de olas salvajes en el fondo. El agua golpeaba con fuerza sobre la roca y una fría ventisca soplaba las cabelleras de cada miembro del grupo. A ambos descendientes los sacaron del transporte sin quitarles las cadenas, dejándoles observar de nuevo la cálida luz del sol de la una de la tarde. Las carretas formaron un semicírculo abriéndose hacia el filo de la empinada y, frente a cada coche, se encontraban los rehenes con sus miradas hacia Julie y Archibald.
Los dos pisaron el pasto verde, una suave y grata sensación después de pasar tanto tiempo en la carroza. Los bandoleros los sostuvieron de los brazos para guiarlos hacia el final del camino, donde una escalera de cuerda y madera los esperaba.
Tensión.
Los luceros de cada presente yacían clavados en ellos.
Elías los esperaba, con una sonrisa de triunfo, junto a la subida de su próximo encierro. Se trataba de un dirigible blanco y alargado con un barco color níveo colgando sobre este. A los lados de la nave estaban las velas del buque, pero con forma de alas de murciélago, y la escalinata era la entrada directa a la embarcación.
La pelirroja mantuvo la barbilla en alto, tal cual si no quisiera mostrarse derrotada; mientras Archer no se esforzó en disimular su desprecio hacia el consejero.
—Traidor —escupió el muchacho cuando pasó a lado del hombre.
—Prefiero el término «Revolucionario».
—¿Qué hay de los rehenes? ¡Prometiste soltarlos!
—Cuando estén en el dirigible de vela.
Julie se encontraba delante del príncipe, subió a la nave sin rechistar y el joven la siguió en silencio. Quisieron voltear hacia los retenidos una vez sus pies aterrizaron la madera del barco; sin embargo, sus vigilantes bloquearon su vista y los empujaron a una escotilla en medio de la cubierta. Al bajar llegaron a la bodega del navío, abrieron los grilletes y fueron esposados en la pared. Por lo menos, las cadenas eran más largas y podían moverse por un par de metros en la habitación; aun así, en las esposas había unas piedras rojizas incrustadas en el metal: Sanginus.
—Disfruten el viaje —murmuró uno de los bandidos con dientes amarillos y chuecos.
—Hey, solecito —comentó el otro malhechor dando golpecitos en las mejillas de la pelirroja—, sonríe. Tienes un hermoso rostro. —Intentó acercar sus labios al cuello de la fémina—. Tal vez podría…
La chica no iba a permitir que la sucia boca ajena tocara su delicada piel, por ende, alzó su pierna para dar un golpe con su rodilla en la entrepierna masculina. En cambio, Archibald dio una patada directa en el costado del adulto.
—¡No te acerques! —gritó el muchacho.
El bandolero soltó un quejido, luego jaló la cabellera escarlata de la joven con mucha rabia y le susurró al oído. Ella no mostró miedo alguno.
—Ten cuidado o…
—Ya —advirtió el otro rufián—. Nuestro deber está hecho, debemos irnos. Elías fue claro sobre no hacerles daño.
—¡Pero…! —protestó el criminal, en tanto giró su cabeza hacia su compañero.
—Vámonos.
—Bien.
En pocos minutos la bodega se vació casi por completo, sin contar al par de adolescentes y unas cajas por la zona, poco visibles debido a la oscuridad. A pesar de estar solos al fin, no intercambiaron palabra alguna. Al cabo de unos segundos, sus cuerpos se sentaron en el suelo.
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Editado: 23.03.2026