Descendientes Eternos

Capítulo 15: Obsérvame a los ojos

Cálido y frío, dos sensaciones opuestas presentes en los cuerpos de los descendientes. Julie y Archer se encontraban acurrucados en el suelo con sus cabezas apoyadas sobre la otra; pues la falta de un descanso profundo e ininterrumpido los llevó a cabecear hasta dormirse en dicha posición. De todos modos, aquella aparente paz era falsa. A veces uno de ellos se despertaba muy alterado a causa de una pesadilla; entonces, el contrario se encargaba de calmarlo hasta verlo cerrar sus ojos. Además, en pleno sueño no paraban de pensar en todo lo ocurrido.

¿Cuánto tiempo había pasado desde el inicio del viaje? ¿Ocho horas? ¿Diez? ¿Once?

Un estruendoso ruido retumbó sobre las paredes de madera del navío, atrayendo como consecuencia el despertar de ambos adolescentes. El transporte se detuvo abruptamente y el sonido de un rayo cayendo muy cerca los sobresaltó. Abrieron sus ojos y se removieron en su posición, en tanto sus piernas y brazos sentían la humedad en todas partes. A juzgar por la mezcla de sonidos haciendo eco en la embarcación, podían deducir que se encontraban en plena tormenta eléctrica. Luego, esbozaron una sonrisa vaga al voltear sus miradas hacia el otro, tras enderezarse en su sitio. Para sorpresa de ambos, no expresaron repulsión o fastidio por haber dormido acurrucados, pero sí se mostró un leve rubor en sus mejillas.

Cepillaron sus hebras desenmarañadas con sus dedos, aunque la humedad del ambiente esponjó sus cabelleras. La pelirroja lucía como un plumero viejo y el príncipe igual a una oveja negra. Entre los dos, quien tenía un aspecto más cómico era Archer con sus rizos abultados.

Julie rio al verlo y el muchacho elevó las comisuras de sus labios con timidez, mientras sus cachetes continuaron teñidos. Después, la escarlata estiró su brazo hacia el cabello del chico, sintiéndose curiosa, tal cual si fuera una niña. Sus finos dedos se enrollaron en un mechón, captando la suavidad y el buen cuidado de este. La oscuridad apenas le permitía ver el rostro del joven; sin embargo, cuando la mano contraria agarró su muñeca, pudo notar cierta delicadeza en el tacto. Estaba avergonzado, dudando en palpar su piel y, quizás, tratándola con el cuidado comparable a tomar algo valioso en sus manos.

—¿Qué haces? —susurró él.

—Yo… —no encontró respuesta a su interrogante, pues se movió sin pensarlo dos veces.

Tal vez se debía a la somnolencia o al intenso drama de hace unas horas, pero había una fina conexión atrapando a ambos descendientes. Sol y Luna, ensimismados en el rostro ajeno y el pacífico silencio. Estaban absortos en la cortedad, y en el gélido ambiente tornándose tibio con el pasar del tiempo.

La situación era semejante al traspaso del invierno a la primavera. Aquella extraña sensación resultaba terrorífica. Hay un límite prohibido de cruzar, sin importar sus deseos u opiniones.

Ese magnetismo estaba prohibido, lo tenían muy claro.

Antes de poder apartar sus miradas, fueron interrumpidos por el sonido de la escotilla del techo abriéndose de golpe. Cuatro bandidos bajaron por la escalera. Durante su descenso se escucharon unas llaves sacudiéndose y chocando entre ellas; aquel sonido, junto a las expresiones en sus rostros, fue la premonición de alguna desgracia. Julie y Archer, de inmediato, giraron sus cabezas hacia los criminales demostrando un inmenso odio, pero su osadía flaqueó al contemplar sus sonrisas maliciosas. Es decir, ¿los dejarían libres? ¿Para qué? ¿Planeaban llevarlos con Elías o a otro encierro?

Tanta incertidumbre y misterio los inquietó en un par de segundos.

Dos bandoleros se acercaron e intentaron levantarlos del suelo, sin embargo, ellos pusieron resistencia.

—¡¿A dónde nos llevan?! —interrogó Archer, en tanto forcejeaba para no ser arrastrado hacia arriba. Fue inútil.

Sus enemigos no respondieron; al final los superaron en fuerza y lograron colocarlos de pie. Después se encargaron de retirar las esposas de sus muñecas y tobillos.

El corazón de Julie palpitaba con fuerza. ¿Qué sería de ellos una vez salieran de esa bodega? ¿Acabarían igual que Renee? ¿Con sus ojos sin vida y la sangre escapándose de sus cuerpos?

«Lo hiciste para salvar a los rehenes, recuerda eso, recuerda eso», se dijo a sí misma en sus adentros una y otra vez para alejar el terror.

Archibald no era la excepción. Tensó sus músculos para no dejarles temblar; aunque obtuvo la valentía necesaria al observar el mismísimo miedo reflejado en los zafiros de su compañera. Entonces, sacudió su cuerpo y se liberó de las manos aferradas a sus extremidades superiores. No tardó en patear y golpear al par de malhechores intentando retenerlo; escuchó quejidos e incluso recibió unos ataques. Cubrió sus manos de hielo, listo para usar su magia y salir de esa pesadilla; sin embargo, la pelirroja chilló y con ello paró sus acciones.

Una daga apuntaba el cuello blanco y suave de Julie. El arma era sostenida por una mujer de cabellera oscura y aparentemente lacia, pero sus hebras se encontraban mojadas debido a la tormenta en las afueras. Otro canalla apretó sus uñas en los antebrazos de la joven para impedir su escape.

—Un movimiento más y te regalaré su cabeza.

Archibald se congeló.

La descendiente no pudo procesar todo lo ocurrido al instante. Contempló los ojos violáceos de la dama, llenos de maldad y con cierta burla. Era ella, la misma bandida de la lanza. Ahora su cuerpo estaba descubierto de los vendajes negros, pero los colores sombríos seguían impregnados.




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