Descendientes Eternos

Capítulo 16: Caída al abismo

«No pudiste salvarlos».

La voz de Renee hizo eco en la mansión rodeada de llamas. Archer, con sus manos ensangrentadas, atravesaba el filo de un puñal en el abdomen de un hombre. El adulto clavó sus oscuros ojos en el chico y esbozó una sonrisa maliciosa, mientras unas gotas carmesíes se escapaban de su boca. Su rostro era irreconocible, bañado por la negrura ocultando su cara, a excepción de sus iris sombríos.

—No pudiste salvarla —murmuró con una áspera voz.

El muchacho volteó la mirada hacia atrás, solo para contemplar el trágico momento en que una daga viajó horizontalmente por el cuello de su madre. Archibald soltó un grito de horror y aflojó el arma en sus manos. Luego corrió donde su progenitora y agarró entre sus dedos la cabeza de la mujer; sin embargo, al observar su cara notó una gran diferencia en sus facciones. De pronto, ya no era Lily Priamross, sino la pequeña Marie viéndolo con ojos llenos de rencor.

—No me salvaste.

Aterrado, dejó caer el cráneo de la fémina y este se esfumó en el aire en pequeñas partículas de polvo. El suelo era de roca y temblaba como si estuviera en un terrible terremoto. Al levantar la cabeza se topó con la máquina de los Chaos. Julie colgaba entre cables y pinzas; sus gritos de agonía se convirtieron en un impulso para ir tras ella y salvarla de la tortura.

«¡No, mis padres, mi familia!», imploró la joven, en tanto era testigo del descenso en picada de una embarcación hacia la montaña.

—¡Julie! —la llamó Archer, pero al intentar alcanzarla con sus manos, la máquina explotó.

El cuerpo del príncipe fue empujado lejos de su amiga, golpeándose contra un suelo de tierra húmeda y rocas. Su respiración se cortó por un instante y su corazón se detuvo durante unos minutos; mas, al recobrar la consciencia, se levantó de inmediato del piso. Él apoyó las manos en el lodo y sintió su ropa empaparse por la tormenta. Delante del príncipe se encontraba un montón de grava y quien yacía enterrada en este era Julie Ross, sin vida, cubierta de suciedad y con la piel helada.

«¿Por qué no hiciste algo?», susurró la voz de la pelirroja en su mente. «Pudiste evitarlo».

—No… —Acarició la mejilla ajena con una mano temblorosa—. ¡No!

«¡Julie!», vociferó en su cabeza y despegó los párpados de un segundo a otro. Las imágenes de hace unos segundos desaparecieron por completo, dejando una negrura pesada esparciéndose alrededor suyo. Los truenos de la tormenta seguían resonando a las afueras del refugio de piedra, pues se encontraban dentro de un templo rocoso similar a una caverna en plena selva; sin embargo, parecía ser una construcción antigua que, por milagro, permaneció intacta a lo largo de los años. Él se encontraba descansando en una superficie sólida. Se enderezó hasta sentarse en el mismo sitio, sintiendo a la vez su cuerpo rígido por haber dormido en el piso duro.

«Una pesadilla», pensó. «Claro, logramos escapar a salvo».

El príncipe dirigió la vista a la izquierda, donde una muchacha de hebras escarlata reposaba en calma. Luego acercó sus dedos al rostro ajeno y apartó unos mechones de la cara con mucho cuidado de no despertarla. Él le había entregado su camiseta para cubrir su torso desnudo. La respiración de la fémina era lenta, mas su piel estaba tan fría y húmeda por haber sido cargada en la espalda masculina bajo la tormenta por horas.

Archer recordó la caída de ambos, cuando rodeó con sus brazos el cuerpo casi inconsciente de Julie, como si buscase convertirse en un amortiguador de los golpes de la joven. Sus dedos se menearon con intensidad y desesperación, pues buscaba controlar el viento y así planear durante su descenso.

En aquellos segundos no paró de pensar en su duro aterrizaje y cuán cerca estaban de su final. De repente, una luz blanca cayó del cielo, igual a las alas de un ángel, y cubrieron por completo a los adolescentes. El príncipe, asombrado por tal rareza, hizo un puño con su mano y se encerró junto a Julie en una esfera de aire. Entonces, impactaron contra el suelo, se levantó una nube de polvo, la tierra tembló junto a los árboles y el ruido del golpe resonó en un enorme radio.

Él tardó en abrir los ojos. Solo despegó los párpados lentamente al sentir algo suave rozando su mejilla. Se encontró con una lluvia de plumas blancas.

«Angeline», murmuró en sus adentros tras volver al presente y dejar atrás las reminiscencias de horas atrás. «¿Por qué?»

No lo comprendía. Sin duda estaba tan confundido por las acciones y decisiones de la albina, y los intensos sentimientos provocados por la pesadilla no lo ayudaban a entender los hechos. Se abrazó a sí mismo, temblando del miedo, sin poder ignorar las imágenes de las muertes que fue testigo.

«No las salvé», enterró sus uñas en sus brazos. «Y dejé que Julie sufra».

Un rayo resonó en las afueras y logró sacar a Archer de sus pensamientos. El joven parpadeó varias veces, soltó un suspiro y, por último, se levantó del suelo.

«Debería buscar comida».

Salió del refugio sin dejar ninguna señal de aviso a Julie; simplemente caminó por la selva lluviosa. Paso tras paso, no se detuvo ningún instante, con su cabeza agachada y avanzando como un cuerpo sin alma.

Quizá pasaron diez minutos o más; se encontraba tan ensimismado en su marcha sin poder conectarse con la realidad. Los gritos de agonía de las damiselas hacían eco en su mente sin parar, al punto de llevarlo a apretar su cabeza con sus manos.




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