Descendientes Eternos

Capítuñp 17: El mar mece las almas

A ambos descendientes no les importaba las condiciones climáticas o la ausencia de los rayos del sol reflejándose entre las ramas de los árboles; estrellaban sus armas de cristal mutuamente con fuerza, choque tras choque, escuchando los jadeos del otro y siendo sus ropas sucias limpiadas por la lluvia.

Las manos del príncipe aflojaban el agarre de la espada de piedra preciosa de vez en cuando, entonces Julie realizaba un movimiento brusco para mantenerlo alerta. Allí él se daba cuenta que no podía bajar la guardia. Al notar el intento de ser clavado con el puñal, bloqueaba la hoja contraria con la propia. Luego, la muchacha reducía la distancia entre los dos, mientras sus mandobles formaban una equis y luchaban por ser quien venza en fuerza. Tal cercanía de sus rostros y las ropas empapadas los envolvía en un ambiente peligroso.

Para sorpresa de Archer, la chica tenía unos labios rosados y aparentemente suaves. En cambio, para Julie, los rizos del príncipe cayendo sobre su frente y los costados de su cara lo volvía más atractivo. Además, al prestarle su camiseta lo hizo deambular con el torso desnudo todos esos días. Aquello le hacía difícil la tarea a la muchacha de verlo solo a los ojos. Lo que más le llamó la atención fue la cicatriz en su espalda, mas, no se atrevió a preguntarle cómo se la hizo.

Ambos en su búsqueda de ignorar el magnetismo se enfocaban en sus entrenamientos diarios, cazar para comer, bañarse por turnos en un río cercano y desentrañar los misterios de la taberna. Los símbolos grabados en ella parecían tener un significado importante.

«Nunca pierdas de vista al enemigo»

«Debes estar preparado para defenderte»

«No siempre serán justos»

Aquellas eran una de las tantas reglas impuestas por ellos. Quizás, las menos complicadas de cumplir a diferencia de un par en especial: «Tus seres cercanos estarán en peligro» y «No confiar en nadie, excepto en nosotros mismos».

Durante esas semanas se volvió costumbre cambiar de refugio, ya que a menudo percibían la presencia de un Chaos. Tal vez algún aliado de Elías buscando capturarlos o una criatura solitaria acechando alguna presa en la selva. Sin importar el caso, ellos huían. Al principio se negaron en abandonar el templo, pero jamás permitirían vivir otra pesadilla. Pasaron de la cueva a la playa y allí, tras caminar por varios kilómetros en la arena, encontraron una choza.

Era pequeña, de techo de paja y tanto el suelo como las paredes eran de madera de palma, sin embargo se trataba del primer refugio en días que habían encontrado. Poseía apenas una cama improvisada con colchón lleno de paja y una mesita a un lado. La única ventana se encontraba cubierta por cortinas sucias y la puerta no tenía como asegurarse, por ende, cualquier enemigo podía pillarlos de repente.

Se encontraba cerca al mar y eso fue suficiente motivo para quedarse ahí.

Julie y Archibald recorrieron el lugar como si se tratase de una mansión, en especial el chico. No había mucho que hallar, solo arena y telarañas. Debajo de la cama halló una camiseta blanca, casi gris, muy desgastada y sucia, pero tibia.

—¡Al fin! —gritó con emoción.

La muchacha lo ojeó unos segundos mientras vestía su parte superior. Sintió alivio, pero también lástima. Con aquellas prendas cubiertas de tierra nadie creería que era el mismísimo príncipe de Eclipse, incluso ella lo dudaba. Entonces rememoraba la noche del baile, cuando lo observó bien vestido, elegante y reluciente.

Él era Archibald Reinhardt, el príncipe de Eclipse.

Él era el Hijo de la Luna, a quien tenía prohibido ver con otros ojos.

—Tal vez deberíamos bañarnos —agregó, en tanto movía la cortina de la ventana a un costado para ver al mar.

—¿Juntos?

Julie se sonrojó al instante.

—¡No! —se volteó bruscamente—. Tú primero.

Él rio.

—Damas primero.

—No me arriesgaré a que me espíes, prefiero hacerlo en la noche.

Archer se asombró, aunque no contestó al instante. Agachó la cabeza y contuvo su pequeña risa. Después dio pasos lentos como si tuviera todo el tiempo del mundo y la vio, quizás con burla, quizás sintiendo algo que no podía decir en voz alta. En ningún momento despegó la mirada de ella, la vio fijamente a sus ojos azules, esos que lo dejaban sin habla. De un momento a otro solo estaban separados por unos centímetros.

—¿En serio, solecito? ¿Realmente crees que sería capaz?

Julie perdió el aliento. Su corazón comenzó a palpitar con fuerza, tanto que temía que él lo escuchara. Sus iris grisáceos lucían hipnotizantes pese a la oscuridad en la choza, su respiración caliente llegaba hasta sus mejillas y sus labios eran rosados, muy rosados.

—No, yo no creo…

—Pero —la interrumpió y se apartó de golpe—, si eso te hace sentir mejor, iré primero.

Archibald se acercó a la salida de la cabaña y se detuvo un instante. La chica se mantuvo inmóvil, tratando de calmarse con disimulo. Lo observó, él no a ella. Luego lo vio irse, cortando todo rastro de lo sucedido hace unos segundos.

El resto del día transcurrió con velocidad. Archibald se transformó de un muchacho con prendas ensuciadas y rotas, polvo en piel y cabellera despeinada a un chico usando una vestimenta vieja, mojada, pero limpia. Su piel pálida lucía reluciente. Logró cepillarse sus rizos con el agua y los dedos, lo cual le otorgó cierta apariencia como si hubiera usado un peine. Estaba cerca de ser el príncipe de antes, pero incluso si encontrase prendas de lujos él no se sentiría igual.




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