Descendientes Eternos

Capítulo 18: Puerto Mer

Un día Julie y Archibald caminaron por la playa hasta llegar a Puerto Mer, una aldea de pescadores y navegantes.

Por un tiempo se limitaron a recorrer las zonas cercanas al mar y la selva, con calles de arena y tierra respectivamente, mientras sus casas eran de caña y madera.

El litoral se había dividido en una zona para la pesca y otra para la llegada y salida de las embarcaciones. En aquel lugar les resultaba fácil robar alguna capucha, ropa o cualquier objeto para su uso, pues no era extraño ver a un trabajador extraviando alguna pertenencia durante su labor. También, cerca de la playa se encontraba el «Gran Mercado», donde se vendían un millar de mariscos exquisitos con negociantes justos y algunos embusteros; mas, el olor a pescado abundaba en cada rincón y a Archer le resultó insoportable ir. Siendo esta una zona bulliciosa, a causa de los gritos de los comerciantes, se volvió su lugar preferido para robar comida durante algunas semanas; pero los vendedores no tardaron en recordarlos como típicos ladrones nuevos de esa zona y se volvieron astutos para no perder sus mercancías. Entonces se adentraron a la ciudad; los senderos estaban hechos de cemento y los edificios fueron construidos con ladrillos, dándole al pueblo un toque urbano, sin parecerse a la lujosa ciudad Ravenham. Ahí encontraron la «Plaza Central», una enorme área circular que estaba llena de restaurantes, bares y puestos pequeños de comida. En aquel lugar fue donde se acabaron sus días como bandoleros de Puerto Mer.

Aquella tarde que sucedió, los rostros de ambos estaban escondidos por capuchas de color caqui. Sus ojos estaban fijos en su objetivo: un quiosco lleno de frutas, cuyo vendedor estaba concentrado en recoger unas cajas de una carroza. Pensaron que aquella distracción les brindaría una oportunidad para salir corriendo hacia la mesa y robar su alimento del día; sin embargo, se abstenían a dar el primer paso por Julie, quien tenía su temperatura corporal alta y su cuerpo débil. Quizás se debía a las largas horas entrenando bajo la lluvia o por dormir en noches frías sin un manto. Sin importar tanto la razón, Archibald la observaba en silencio con mucha preocupación hasta que la escuchó toser.

—Julie —susurró y colocó su mano sobre la cabeza ajena—, deberías volver a la choza a descansar.

La pelirroja dirigió su mirada hacia el príncipe; al inicio su mirada fue de cansancio, mas agarró fuerza al contemplar su rostro sucio y las manos llenas de cicatrices.

—No —respondió la muchacha.

—Julie… parece que vas a desmayarte.

—No lo haré, tampoco te dejaré solo.

El chico esbozó una corta sonrisa y luego dejó descansar su barbilla sobre la cabeza ajena, en tanto sus manos sostenían los hombros de la fémina.

—No te esfuerces demasiado, ¿sí?

—Sí —contestó con voz entrecortada en tanto su corazón daba un brinco.

Una de las cajas cayó de las manos del vendedor y una docena de manzanas rodaron por el suelo. El hombre rascó su mentón sobre su barba y, luego de soltar un bufido, se agachó a recoger las frutas.

—Vamos —ordenó Archer antes de emprender rumbo al puesto.

Los dos pasaron velozmente al lado de la mesa y, con un ligero movimiento de manos, manipularon el viento para hacer volar las frutas hasta las bolsas entre sus dedos. De seguro su plan habría funcionado con éxito, de no ser por un par de pueblerinos en la Plaza Central que observaron su artimaña.

—¡Ladrones!

—¿Uhm? —El vendedor se giró hacia su pequeño negocio, luego miró a los bandoleros y gruñó—. ¡Ladrones! ¡Guardias! ¡Guardias!

El par de adolescentes se adentró a una de las calles para salir del área circular y huir de los testigos. El sendero era más estrecho que los demás y se encontraba desolado. Giraron en una esquina repleta de posadas y tabernas, para después continuar su escape en esa vía por al menos diez minutos. Detrás suyo se escuchó la voz del hombre aclamando auxilio y jurando darles un castigo por hurtar sus frutas. Ellos no hacían caso a su griterío o a los transeúntes fijando sus vistas en ambos, simplemente se enfocaron en su carrera hacia un lugar seguro; sin embargo, cuando voltearon hacia otra esquina se toparon con un banco y fuera de este había tres guardias vigilando la zona.

Julie y Archer frenaron de inmediato mientras maldecían en voz baja; quisieron regresar por donde vinieron, pero el vendedor estaba a punto de alcanzarlos. Entonces, tomaron el camino a la derecha, esquivando algunas carrozas y oyendo a sus perseguidores exclamar: «¡Ríndanse y la condena será menor!». Obviamente no pararon de huir.

La pelirroja giró hacia atrás en tanto alzaba su pierna derecha. Luego pisó con fuerza mientras levantaba su brazo desde abajo hacia arriba. Se creó un muro de tierra de dos metros y, con aquel bloqueo, siguió con su escape detrás del príncipe; sin embargo, los guardias también eran Soul-Mage, por ende, a uno de ellos no le fue difícil romper la barrera usando su puño contra esta. Archibald, al escuchar la roca destruirse en mil pedazos, dio un brinco hacia adelante y se acuclilló de lado para deslizarse sobre una pista de hielo creada por su diestra rozando el piso. Julie prosiguió a repetir su pose y patinar; entre tanto, los perseguidores cruzaron la zona sin problemas, gracias a un Rubí presente en el grupo. El adulto hizo un círculo con sus brazos, de adelante hacia atrás, y al volver al frente se creó una flama candente capaz de derretir la pista. Los descendientes giraron a una esquina, un callejón cerrado; mas Archer pensó rápido y se detuvo unos segundos para agarrar de la cintura a Julie con un brazo. Después brincó impulsándose con el poder Amatista, el viento, de esta forma voló sobre la casita de ladrillos oscuros. Iban a obtener una huida exitosa, aunque el tercer guardia era Obsidiana y creó unas cadenas de metal dirigiéndose a ellos. Los adolescentes soltaron un quejido al ser apresados. Sintieron que iban hacia una caída dura, pero el guardia Esmeralda ablandó el cemento hasta asemejarse a una cama esponjosa.




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