Tanto las aguas purificadoras como las manos suaves de las sacerdotisas no eran suficientes para calmar a Julie. Incluso recibir la limpieza intensificó su malestar, pues se sentía desmerecedora de ello y pensaba que al guardar tales cicatrices en su espíritu por lo menos rendía tributo a las víctimas de los Chaos. Ninguno de esos inocentes logró regresar con vida a sus hogares, pero ella se encontraba siendo mimada y atendida.
Sentir los dedos desenredando su cabellera enmarañada, escuchar el canto dulce de las damas y oler el agradable aroma a uvas del jabón, agrandaba la culpabilidad. Ya se había negado al baño varias veces, tantas como para recibir una advertencia de que no vería a Archer si no les permitía hacer la limpieza.
—Siento una pureza tranquilizadora. —La Madre Mística, quien minutos atrás había dejado a Julie para reunirse con el Patriarca y el príncipe, entró al baño de damas.
—Ahora solo la ayudamos a darse un baño antes de dejarla ver a su amigo —respondió otra señorita parada detrás de la pelirroja.
—Comprendo, se prepara para una ocasión tan especial.
—¿Especial? —interrogó la adolescente sin alzar su mirada del agua de la enorme tina.
—¿Reencontrarte con el joven que se entregó al pueblo, mientras te recuperabas, no lo es? Ah, claro, el entusiasmo ha disminuido después de esa reunión secreta en la noche.
Julie tragó saliva.
¿Estaban a punto de regañarla?
—Lo siento, Madre, nosotros no…
—No te disculpes, hija, no es necesario. Ustedes solo deseaban escuchar y ver al otro luego de su separación, además, ya has desperdiciado mucha energía pidiendo perdón por todo durante estos últimos días.
La muchacha guardó silencio. Ella no sabía lo que decía, pensó; aunque, si la intención de la Madre Mística era que dejase de renegar por todo, lo había conseguido.
El afligido sol escuchó los lentos y sigilosos pasos de la dama hasta sentirla cerca suyo; luego, la oyó hablar de nuevo.
—Tus ojos son tan bellos como para solo permitirle al agua verlos.
Julie alzó su mirada.
—Desde tu llegada he sentido tanto dolor y desconfianza en tu corazón —prosiguió la mujer—. Ambos se creen desmerecedores de lo bueno de la vida. ¿Cuánto daño habrán sufrido como para llegar a ese punto?
Sus lágrimas amenazaron con salir con fuerza.
—No… —se cortó la voz de la adolescente— no tienen idea de nada. Solo buscamos protegerlos.
—¿Por eso te llamas a ti misma asesina?
—Lo soy, no puedo salvar a nadie; a pesar de eso, me encuentro aquí, recibiendo los mejores tratos, mientras algunas madres lloran por la ausencia de sus hijos.
—Tu responsabilidad no es cargar con tanto peso.
—Tal vez lo es. —Suspiró e hizo una pausa corta para acumular más energía—. Tal vez mi único deber era salvarlos y no lo logré. Tenía un deber, un solo deber, y fracasé. ¿Por qué? Por dudar. Por eso nunca más pienso dudar al proteger a alguien y es lo que estoy haciendo ahora.
—¿Y crees que podrás salvar a otros si apenas buscas salvarte a ti misma?
Aquella frase acabó con toda posible respuesta por parte de la joven. Julie parpadeó varias veces para intentar contener la humedad de sus ojos. Como deseaba ver los iris de la dama, para así percibir algún rastro de malicia. Tal vez así no se encontraría tan insegura al verse obligada a confiar a ciegas en una persona desconocida.
—Hay mucha turbulencia en tu alma imposibilitándote ver la realidad a tu alrededor, tus pensamientos están enredados y tu alma ruega por un perdón que le niegas el paso. Necesitas sanarte antes de rescatar a otros, y, luego, quizás buscar el perdón de quienes deseas. Si jamás podrás disculparte con la gente que perdiste, por lo menos, haz las paces contigo misma.
Llegado ese punto, a Julie le fue imposible contener un sollozo.
—¿Cómo podría? —preguntó con poca fuerza—. ¿Cómo podría si los veo señalándome cada que cierro los ojos?
—Tomará tiempo, hija, sin embargo, espero que encuentres la paz que necesitas en Puerto Mer y sus habitantes. No eres una prisionera; además, cierto joven ha cargado tablas pesadas, entregado cajas de comida a negocios, y realizado tareas extenuantes con tal de verte sonreír de nuevo. Estoy segura de que cuentas con su apoyo y confianza, así como él te tiene a ti para juntos hallar calma después de la tormenta.
Julie agachó la mirada y sonrió con resignación; incluso, se percibía cierto confort en ella.
—Pensé que no querría verme al enterarse sobre los restos de corrupción.
—Ah, no, hija. Seré ciega, mas escuché perfectamente la tristeza en su voz por tener que esperar más.
—¿Esperar a verme? —levantó de nuevo la cabeza—. ¿A mí?
—¿A quién más? —se entrometió una de las sacerdotisas lavando su cabellera—. Cada mañana, tarde y noche preguntaba por usted.
—Hoy se vistió tan elegante para su encuentro —agregó otra dama—. Parecía que iba a una cita.
—Juró que pelearía contra el pueblo de ser necesario si algo le ocurriese —comentó la última señorita.
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Editado: 11.04.2026