Entre la espesura del Bosque de las Estaciones se encontraba un joven, cuya mirada de desasosiego estaba fija en una flor blanca posada en la rama de un árbol. Su pureza y delicadeza le recordaba a una dama, de la cual se encontraba apasionadamente enamorado. Aquella señorita le había robado el corazón vida tras vida con su flameante osadía. Ella se posó detrás suyo, silenciosa, imperceptible, pero presente.
—Nathaniel.
Al escuchar su nombre, sus músculos liberaron la tensión acumulada. Pasó su vista de los pétalos al ambiente a su alrededor. Primavera e invierno se juntaban en ese punto específico del bosque, donde se encontraba cada media noche con su amada.
—Solecito.
La dama, de cabellera semejante a los rayos del sol, se acercó a él y descansó sus brazos sobre sus hombros para dedicarse a contemplar sus luceros embelesadores. Después, tanto él como ella acercaron sus rostros para depositar un tierno beso en los labios ajenos. Esa calidez única solo la podían sentir entre sí.
—Hoy te vestiste más informal, solecito —añadió el chico, tras separar su cabeza de la contraria y ver sus ojos violáceos.
—Quería estar cómoda —contestó la chica en tanto su índice jugaba con un mechón blanquecino del cabello de su pareja—, pero presiento que tú no lo estás. ¿Qué ocurre?
El muchacho aprovechó la cercanía de la mano de su amada para depositar un beso en el dorso.
—No paro de pensar en ella. ¿Qué tal si nos traiciona?
—Lunita —su palma pasó de sus labios al rostro masculino para acariciar su mejilla—, mi querida luna. Ella ha estado a tu lado en cada momento y nos ha ayudado hasta en las circunstancias más difíciles. Deberías confiar y hacerle las preguntas que rondan en tu cabeza. Te va a responder con sinceridad, no tengo duda en eso.
El chico sonrió; después de todo, su solecito era capaz de apaciguar la turbulencia en su alma con unas simples palabras.
—Tienes razón. —Besó su frente con delicadeza; la fémina cerró sus ojos—. La confrontaré cuando vuelva a verla.
Dicho aquello, juntaron sus labios una vez más. De pronto, cuando Nathaniel volvió a abrir los ojos, ya no se encontraba abrazando a su querido solecito; sino en un cuarto gigante de paredes de cristal brillante, asemejándose al interior de un palacio de hielo. Él yacía parado frente a un muro, contemplando su reflejo. Vio una cabellera nívea, piel pálida y dos bellos ojos azules igual a zafiros. Lucía un traje blanquecino de hombreras plateadas y en su cabeza posaba una corona pequeña.
—¡Nathaniel, por favor, piénsalo bien!
Apareció una mujer de pelo color cerezo y un par de luceros en su rostro, como los suyos. La reconoció de inmediato, tanto por sus mechones y su túnica blanca como por las pecas en sus mejillas.
—¿Pensarlo bien? —contestó con prisa y se volteó hacia su dirección—. Jamás había pensado tanto. No tengo ninguna duda de mi decisión.
—¡Van a llamarte traidor!
—Estoy dispuesto a pagar el precio con tal de hacer realidad el «Eclipse».
—Eclipse, eclipse, eclipse. ¡Solo piensas en eso! ¡Es imposible, Nathaniel! Los Imperios Sol y Luna nunca podrán unirse. Es más probable que pasen mil años más en guerra a que haya una unificación.
—¡Si debo morir y renacer por mil años lo haré! ¡Incluso si debo morir en brazos de mi amada o siendo traicionado por la gente que confié! ¡Reencarnaría una y otra vez incluso si provocas mi muerte vida tras vida, Lúa!
El espíritu se quedó sin habla por varios segundos. Él la vio fijamente, sin relajar los músculos y sin dudar de sus palabras.
—¿Desde hace cuánto lo sabes? —preguntó ella al fin.
—Soñé algo hace unos días y te vi. —Desvió la vista al suelo—. Juraste que no habría más secretos, me engañaste.
—Yo… Yo lo hice para protegerte. No sabía cómo ibas a…
—¿Reaccionar? —Volvió a observarla—. ¿Temías verme enojado?
—No, yo…
—¿Tuviste o no que ver con nuestra muerte?
—Yo…
—¿Tuviste o no que ver con nuestra muerte? —reiteró más despacio.
Lúa calló; unas lágrimas incontrolables rodaron por su rostro, obligándola a cubrirse con sus manos en pleno llanto.
«Alexander», susurró alguien en la cabeza del joven.
Lo hizo. Ella, su amiga más cercana, su confidente, su compañera, lo había traicionado.
—Lo siento… —susurró en medio del lloriqueo—. Lo siento, Mah.
Nathaniel le dio la espalda, aunque ella no se dio cuenta de eso, pues no tenía el valor de mirarlo de frente.
—No me llames así. No tienes derecho.
«Alexander», de nuevo la voz invadió su mente.
El espíritu de seguro se toparía con esos ojos irradiando una ira fría, penetrante e inolvidable.
—Confié en ti, Lúa —murmuró, mientras caminaba hacia la puerta del gran salón de cristal—. Confié en ti.
«¡Alexander!»
Un plato cayó de las manos de Archibald y se rompió en cientos de pedazos en el suelo. El príncipe, quien fue a ayudar en un restaurante con Julie al día siguiente de su reencuentro, se mostró avergonzado por quebrar otra cosa por sexta vez.
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Editado: 02.05.2026