—Príncipe Archibald, ¿está usted invitándome a una cita o solo desea apaciguar mi agobio?
—Ambas. —Se acercó con pasos lentos sin desviar su mirada de ella, luego, con mucho cuidado agarró su mano y acercó sus labios al dorso.
Algo dentro del pecho de la pelirroja dio un fuerte brinco.
—Solo por esta noche, solecito —continuó él—, permite que la luna acerque nuestros corazones y se lleve nuestros secretos con ella
—Mi querida Luna…
El príncipe llevó la palma ajena hacia su torso para permitirle a la chica sentir su corazón acelerado; tal sensación resultó hipnotizante. Entonces, sin poder pronunciar todavía una palabra, su compañero volvió a hablar.
—Mírame a los ojos y dime que no lo sientes también: esta confusión y el deseo de escapar un rato de nuestra realidad, de encontrar respuestas a nuestras dudas y resolver este enredo en el pecho.
Sus ojos irradiaban una sinceridad envidiable.
No paraba de preguntarse: ¿cuánto quería a Archibald? ¿Lo amaba como si fuera su única familia o había algo más? Y, si la verdad era más aterradora de lo que pensaba, ¿podría verlo a la cara sabiendo que, en dado caso, incumplió su acuerdo?
—Si me dices que no, lo entenderé —añadió el muchacho.
De repente, a los oídos de Julie llegó una tenue melodía proviniendo del interior de algún negocio cercano. Al bailar encontraba paz y sus pensamientos se ordenaban por sí solos.
Se trataba de una simple e inocente cita, ¿no? Sin ningún propósito de cruzar la línea prohibida, solo sería una noche en compañía del otro, mientras buscaban contestar sus interrogantes internas.
«Me es imposible rechazarlo», confesó para sí misma en sus adentros.
Sus dedos cercanos al tórax contrario buscaron entrelazarse con los del príncipe. Él correspondió al gesto casi de forma involuntaria. Entonces, las comisuras de la pelirroja se elevaron en una leve sonrisa.
—¿Te gustaría bailar conmigo? —preguntó la fémina en voz baja.
—¿En una taberna?
Ella asintió.
—Me honra tal invitación proviniendo de una gran bailarina.
—Solo un magnífico bailarín podría acompañarme.
—Me halagas, Julie Ross —rio con timidez; después, bajó el agarre de sus manos, sin soltarse—. Sería tan feliz bailando contigo, solecito.
—Entonces, ¿qué esperamos? —Caminó por la calle mientras jalaba al joven.
No tardaron más de cinco minutos en encontrar la taberna, cuya melodía atrajo a la pelirroja. Al entrar se toparon con un local iluminado por un enorme candelabro y repleto de mesas con bandejas llenas de comida, clientes disfrutando del buen alimento, bebiendo vino o danzando. Había un pequeño escenario al fondo de la habitación con una banda tocando sus instrumentos con tanta energía. Aquella imagen le recordó el bar del señor Moose, por ende, un par de lágrimas brotaron de sus ojos por la nostalgia; sin embargo, el chico al darse cuenta de su estado se apresuró a pararse frente a ella y hacer una corta reverencia.
—¿Bailaría esta pieza conmigo, señorita?
Julie secó la humedad en su cara y sonrió. Después, tomó los bordes de su falda y la extendió a los lados antes de inclinar su cuerpo hacia adelante.
—Sería un placer, caballero.
Él extendió su palma y ella lo agarró. Luego juntos se dirigieron al centro de la taberna entre pasos pintorescos y giros con gracia. Sus zapatos blancos y negros pisaban con destreza el suelo de madera y a la vez seguían el ritmo de la música.
Las hebras rojas de la chica volaban con sutileza y elegancia en el aire, mientras embellecían su rostro risueño. Su corazón palpitaba con intensidad y alegría, tal como le sucedía igualmente al príncipe. Él, entre risas y juegos de sus manos con los de la fémina, se movía con la misma agilidad de su acompañante; aunque a diferencia suya era menos diestro en ese tipo de bailes tan agitados, pues en las fiestas del castillo se acostumbraba a oír melodías más lentas para conservar intactas las prendas costosas de los invitados. De todos modos no se le dificultó imitar a los demás presentes en el local y convertirse en la pareja ideal de la muchacha.
Tanto el sol como la luna se encontraban ensimismados en el otro, siendo testigos del regocijo mutuo y de la unión de sus almas en una humilde pieza entonada por los pueblerinos de Puerto Mer.
Luego, la melodía pasó de ser tan movida a ralentizar su ritmo. De pronto era más suave y un poco seductora. La muchacha comenzó a girar alrededor del chico sin soltar su mano y él giró con la misma sutileza para no despegar sus ojos de ella. Lucía tan atractiva con esos rizos cayendo a los lados de su rostro, esa mirada pícara y su sonrisa traviesa.
«¿Cómo puede ponerme en esta situación sin pena alguna?», se preguntó en su cabeza, en tanto la razón y el corazón llevaban a cabo una lucha interna. Después, regresó a su anterior posición y, con ello, los giros de la pelirroja cesaron. Archer la escuchó reír y recordó cuando bailó con ella en la Fiesta de las Rosas en Ravenham. Poseía la misma vitalidad y pasión de ese entonces. Esa chica tan llena de energía regresó para cautivarlo una vez más. Fue un flechazo directo sin tener chance de esquivar.
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Editado: 02.05.2026