Descendientes Eternos

Capítulo 23: Los preparativos

Cuando los Descendientes Eternos llegaron a la catedral estaban todavía impactados por el posible engaño. La Hija del Sol no paraba de preguntarse si su espíritu, Julius, era un traidor también. Él y la guardiana del príncipe eran muy cercanos, se amaban y cuando lo conoció parecía desesperado por contarle muchas cosas sobre su pasado.

¿Qué tal si le escondió una gran verdad desde esa vez?

«No, Julius no me guardaría secretos».

La chica se encontraba ensimismada en sus propios pensamientos, que apenas notó al adolescente frenar de golpe en su caminata. Su frente se chocó con la espalda ajena.

—¡Ay! ¿Por qué te detienes? —comentó acariciándose su cabeza.

Estaban parados frente al podio del salón principal del templo, allí se realizaban las sesiones sobre la religión de luna.

—El cristal —contestó el príncipe.

—¿Ah? —cuestionó la escarlata confundida.

Ahí estaba, se percibía con claridad su presencia.

Los iris grises de Archibald vislumbraron un destello en plena oscuridad. Su vista se encontraba fija en los ojos de la enorme estatua de Ezius. El hombre de piedra mostraba sus palmas hacia los espectadores, con una estrella tallada en cada mano. Por otro lado, una túnica lo cubría por completo, además de su capucha ocultando su cabellera larga, misma que caía sobre sus hombros.

—Tu antecesor luce… —comentó la señorita.

—¿Poderoso? —volteó a verla y soltó una leve risa—. Muy alejado de mí.

—¡Por favor! Eres experto manipulando varios elementos y me has protegido muchas veces. Sin ti no sé qué sería de mí ahora.

Archer enterneció ante dicha confesión. Luego, llevó su mano derecha a las hebras rojizas de su amiga y las revolvió en un gesto afectivo.

—Gracias, solecito, pero tú eres más fuerte de lo que te imaginas. Nunca necesitaste de mi protección.

—¿Lo crees? —preguntó en voz baja, con el sonrojo golpeando en sus mejillas. Era el primer chico que reconocía su fortaleza.

Él asintió. No añadió ninguna frase más, su expresión demostraba todo su orgullo y la sinceridad de sus palabras. Después de unos segundos regresó la vista a la escultura aferrada en la pared, con un enorme ventanal circular sobre la cabeza de Ezius. La luz lunar se reflejaba en el vidrio e iluminaba el área donde los descendientes se encontraban parados.

Archer creó un cuervo de hielo con su poder y lo envió a volar al rostro del monumento. El ave agarró con su pico un cristal descansando dentro de un hueco de la pupila y, de allí, regresó con su creador. Al momento de recibir la pieza en sus manos, Archer sintió alivio.

¡Por fin dio un paso en su misión de completar el amuleto!, pero había un problema: el pedazo parecía un objeto cualquiera, sin magia o algo en especial. No brillaba ya y no irradiaba esa aura de misticismo.

—¿Qué ocurre? Esto es raro —preguntó el príncipe—, no tiene nada de extraordinario.

—Déjame ver.

La Hija del Sol se acercó de forma despreocupada al chico y dirigió su mano izquierda a la gema, mas no se imaginó que durante el acto su palma rozaría con la ajena. Entonces, como si una magia los rodeara, un destello cegador iluminó el área. Archer y Julie cerraron sus ojos. Al abrirlos de nuevo ya no se encontraban en el templo, sino en medio de un bosque primaveral. Los árboles poseían hojas coloridas. Rosa, blanco, anaranjado e incluso amarillo se veían en la zona. El sol irradiaba en lo alto del cielo y una brisa fresca acariciaba las mejillas de los descendientes.

El príncipe descansaba sobre un asiento, con un libro en su mano y su brazo derecho posado sobre una mesita de madera. Al frente suyo, una damisela de hebras anaranjadas y rojizas bailaba mientras tarareaba una melodía ya conocida por los dos.

«La… La, la… La, la, la… La, la, la».

La música de la Leyenda de los Trágicos Amantes.

—No paras de pensar en esa canción —esa no era la voz del chico, ¿o sí? ¿Estaba en el cuerpo de su anterior vida?

La señorita dio media vuelta y permitió a sus violáceos ojos contemplar la figura formidable de su pareja. Mechones níveos, piel pálida, ese rostro ovalado y sus amplios hombros. Amaba cada parte suya, desde su adorable mirada hasta la sonrisa traviesa tan típica de él.

—¡Fue escrita para nosotros! —Llevó sus manos a su pecho—. Nuestra historia fue plasmada allí, y, algún día, podrán añadirle un verso de un final feliz.

El joven dejó el libro sobre la mesa y se levantó de la silla para acercarse a su amada. Después, rodeó su cintura con un brazo, en tanto su mano libre procedía a acariciar su rostro.

—Mañana cambiaremos nuestra trágica historia y nos llenaremos de felicidad.

—Ya no habrá más diferencias ni rivalidad —completó la dama.

—Solo un eclipse… —Fue disminuyendo la distancia entre sus rostros, buscando juntar sus labios en un dulce beso—. Un eclipse con mi querido solecito.

Sus bocas estuvieron a punto de entrar en contacto, de no ser por la repentina aparición de una tercera persona en el área verde. Detrás suyo yacía una mansión de ladrillos blancos, cuya puerta de madera se abrió de repente y dejó entrar a una mujer de cabellera gris y ojos violáceos.




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