No importaba si se trataba de una fiesta originada por los sucesos de hace mil años, Lúa y Julius no se encontraban para nada contentos, en especial el joven pelirrojo; pues ser abandonado y encima, rechazado en su reencuentro era imperdonable.
Se preocuparon demasiado por sus Mages en esas últimas semanas ¿para qué? Fueron llamados traidores sin permitirles explicar la situación. Si supieran todo por lo que han pasado, seguro no desconfiarían de ellos.
Julius tras ser abandonado voló por todos lados preocupado. Luego, le rogó a Lúa ayudarlo a apagar el fuego; aunque no fue necesaria tanta insistencia, pues si no podían perseguir a sus protegidos al menos impedirían que las llamas se esparzan por el bosque o llegue a otras aldeas. Fue una larga noche actuando como mangueras: él recogió agua en un balde que encontró cerca de la iglesia, mientras ella usaba su magia para apagar la incineración. Acabaron antes del amanecer, ideal para llorar juntos y abrazados sobre un árbol.
«¿Qué vamos a hacer? ¡Van a asesinarlos y deberemos esperar otros mil años para volverlos a ver! ¡No soportaré perder a Julie otra vez!», exclamó Julius a gritos y en medio del llanto. Lúa no supo cómo responder, pues no sería su primera vez viendo morir a Archibald y tampoco se encontraba lista para despedirse de esa forma.
De pronto, esa misma mañana aparecieron Clair D’Soleil y Daren Zagreus junto a los líderes de Eadanus. Magnus, el más alto de todo el grupo, llevaba un maletín con utensilios de laboratorio, una lupa y herramientas para hacer experimentos de investigación en el área del incendio. Por otro lado, Amélie anotaba los hallazgos en una libreta con letra perfecta.
En ese momento no esperaban encontrar a ese par, tampoco deseaban aliarse con ellos debido a su mala relación y su pasado con Clair y Daren; sin embargo, no les quedó de otra que rogarles ayudarlos a encontrar a sus protegidos, además no podían salir del pueblo. Al intentarlo sus cuerpos se quedaban paralizados al cruzar el límite.
¡Todo por la orden de sus Mages!
Luego de diez días, encerrados en la sede principal de la legión e investigando sobre Elías y los Chaos, por fin pudieron atravesar la zona chamuscada.
«Te ordeno quedarte en Sunsubiro hasta que suba el dirigible», ese fue el mandato.
Jamás especificaron que debían estar alejados por siempre.
Así empezó su viaje, acompañados con las personas que menos soportaban y con quienes más habían peleado durante los últimos mil años.
Los sobrevivientes del desastre de Sunsubiro aparecieron en Khio, la capital de Chevilia cuyos barcos iban directo hacia Puerto Sion. Estaban sin hogar, desamparados y traumados por ver tantas pérdidas; además, fueron tratados como rehenes solo para llevarse a sus héroes en el incendio: dos adolescentes con un poder sinigual.
La Reina Khione de Chevilia ordenó crear un campamento para los sobrevivientes, a pesar de no ser habitantes de su reino. Cuando Magnus y su equipo se enteraron de todo eso, no dudaron en ir a Khio para interrogar a los pueblerinos sobre lo ocurrido. Fue así como concluyeron que cuál sería su próximo destino. En la capital del reino isleño, Castiviedo, los incidentes con los Chaos y las posesiones eran más constantes, a diferencia de las demás naciones del imperio.
Sí, si Archer y Julie supieran sobre su travesía, sin duda no dudarían de su lealtad.
Los espíritus contemplaban la plazoleta repleta de pueblerinos y escuchaban las melodías entonadas por la banda de Puerto Mer, deseando que las notas musicales lograran calmar sus apesadumbradas almas; aun así era en vano, ya que al observar al príncipe en el kiosco de vinos de la catedral recordaban su mirada furiosa en la noche anterior.
¿Por qué se comportó de esa manera?
No lo comprendían, sobre todo Lúa a pesar de haber convivido con él en su anterior vida. Ella tenía una corazonada sobre la razón de su recelo, pero anhelaba estar equivocada. De todos modos no podía apartar su mirada del pequeño Mage, mismo que se encontraba detrás de un mostrador de mantel celeste con un rombo azul oscuro de bordes blanquecinos. La carpa que cubría el puesto de bebidas era semejante a la nieve y había enormes ollas negras redondeadas detrás de la mesita; en tanto, el kiosco estaba ocupado por una caja con copas, donde Archibald atendía a los pueblerinos.
—Se lo ve tan feliz —murmuró Lúa.
—Sí —contestó el otro espíritu, meneando sus pies en el aire—, pero no sabemos lo que pasaron las últimas semanas.
—Aun así debemos confesarles todo antes de la obra.
—Cariño, no creo que…
—¡Julius! —lo observó fijamente con seriedad—. ¿Recuerdas nuestra conversación con ellos en Khio?
—Ah… —desvió la mirada—. «Esa conversación».
En la mañana antes de viajar hacia Puerto Sion la frescura del mar, el olor a mariscos y los ruidos de varios barcos arribando en el pueblo los mantenía inquietos; aunque también tenían otros motivos para encontrarse angustiados. Magnus y Amélie estaban muy ansiosos por conocer pronto a los Descendientes del Sol y la Luna. En cambio, Clair y Daren parecían nerviosos.
«¿Qué me miras?», cuestionó esa vez el muchacho sombrío al espíritu pelirrojo, mientras abrazaba con cariño a la albina.
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Editado: 30.05.2026