«Si he de perecer por mi crimen, prefiero hacerlo en tus labios».
Aquel acto anhelado por dos almas reencarnadas resultó ser un beso de la perdición.
Archer, apegado al rostro de su amada Julie, se separó para dar un respiro; mas, al hacerlo ella le dedicó una última sonrisa antes de caer sobre sus brazos. Ahí se dio cuenta de lo que vendría, tal cual si aquella situación ya la hubiera vivido antes. Quizás porque así fue. Julie, antes sonriente y tímida, empezó a soltar sus últimos suspiros frente a sus ojos con una lentitud comparable al paso de mil años eternos; pero, para el joven no sería su primera vez viendo morir a su amada.
Claro, después de todo, estaban destinados a experimentar un romance trágico en cada una de sus vidas.
De pronto, ya no se encontraban en el parque de Puerto Mer, ya que los verdes pastos y las altas edificaciones se transformaron en árboles frondosos y el suelo rocoso de un acantilado con vista hacia una cascada. El príncipe, tras parpadear fuerte en un intento de apaciguar sus lágrimas se encontró con su propia imagen descansando entre sus brazos. Se observó a sí mismo agonizar y temblar del dolor a causa de una lanza atravesada en su cuerpo. Viéndose fijamente, derramando lágrimas y perdiendo las fuerzas a cada segundo sentía como si el sufrimiento estuviera contagiándose en su ser. Luego, aterrado, cerró sus ojos de nuevo y al reabrirlos él se había apoderado de la visión de su «otro yo», mientras a unos metros sobre él se encontraba Kira llorando descontroladamente.
Ella pronunciaba unas palabras inentendibles para el muchacho; sin embargo, al rato sus frases comenzaron a distorsionarse hasta escucharse en su mismo idioma.
—No, por favor, no te vayas, Mah. ¡Quédate conmigo! ¡Me prometiste una vida juntos! ¡Mah! ¡Por favor!
Él alzó su mano hacia el rostro de su pareja, aunque tardó más de lo normal debido a la pesadez en su cuerpo; aun así logró acariciar su rostro suave y húmedo para darse tiempo de pensar en su despedida.
«Lo siento, Kira», se disculpaba por dentro, «lo siento por no cumplir nuestra promesa».
Juntos habían soñado en escapar de las obligaciones de liderar sus tribus y convertirse en enemigos destinados a acabar con la vida del otro; ya sea huyendo hacia una montaña o un valle, los dos buscarían un nuevo hogar y usarían sus propias habilidades para sobrevivir. Kira era experta en la recolecta de frutos y fabricación de trampas, mientras él destacaba cazando con su lanza. Quizás conseguirían piel de animales para crear una tienda y cultivarían un huerto cerca; además, si vivían a metros de un río no se preocuparían por el agua. También, en sus tribus había candidatos aptos para heredar el título de líderes y seguro podrían desempeñar mejor sus deberes a diferencia de ellos; aunque, en parte sentían que fallaban a su gente al abandonarlos sin despedirse. A él, sobre todo, le preocupaba Lúa por dejarla atrás con el corazón roto. Ella era su mejor amiga y prometida. Lo amaba, lo tenía muy en claro desde hace un tiempo y por años lo apoyó cuando la presión del deber era tanta para sus hombros. Incluso le brindó ideas para sacar adelante a su gente en tiempos de escasez y caos. No obstante, a pesar de destacar como acompañante del futuro jefe de Luna y amarlo incondicionalmente, ella no era la mujer con la que deseaba pasar el resto de sus años. Engañarla por toda la vida le resultaba casi tan cruel como abandonarla.
Ojalá lo perdone. Anhelaba con todas sus fuerzas que no sufriera tanto por su amor no correspondido y que su carta escondida bajo la almohada lograra calmar su apesadumbrada alma. No debía llorar por él, no se merecía sus lágrimas por rechazarla e irse de esa manera. Si Lúa lograba comprender eso al menos tendría algo de tranquilidad. Lastimosamente, al parecer se había equivocado en guardar muchas esperanzas de un final feliz; pues, cuando estaban a punto de huir para siempre ella llegó sin previo aviso para emboscarlos junto al líder de Luna, su padre.
Mah quedó asombrado al observar la mirada llena de rabia de su progenitor, tan sombría como el color de su cabello y ojos. Luego, Lúa se asomó detrás del hombre expresando la misma oscuridad y dolor en sus iris azules y aquello fue suficiente para congelarlo de pies a cabeza en un segundo.
«¿Quién es ella?», se preguntó en su interior.
Ella solía sonreírle con tanta dulzura y aclamaba su nombre con un cariño único en compañía de abrazos o risas adorables; pero, en ese momento se había convertido en una persona totalmente irreconocible para él, como si la señorita risueña y tierna nunca hubiera existido.
Él la observó en silencio y ella no temía en devolverle la mirada con reproche. Mah deseaba descubrir alguna razón lógica y menos traicionera de su parte. Quizás buscaban detenerlos o Lúa convenció a su padre para que pensara mejor sobre su odio a la tribu Sol.
Sí, ella no sería capaz de apuñalarlo por la espalda.
Mah se aferró a esa idea, ignorando que alguna vez su mejor amiga pensó de la misma forma. Entonces, entre su intercambio de miradas silenciosas, el destino los sorprendió a ambos.
Lúa no esperaba ver a su prometido morir frente a sus ojos y él jamás se imaginó que ella lo empujara a la muerte.
¿Por qué lo hizo? ¿Desde cuándo poseía ese lado oscuro capaz de acabar con otra mujer que no fuese ella?
La escuchaba llorar a gritos y pronunciar su nombre varias veces. La oía agonizar como si su cuerpo también hubiera sido atravesado por la pica de su progenitor; aun así, era incapaz de voltear su mirada hacia la traidora, pues prefería dedicar sus últimos segundos a observar el rostro de su alma gemela.
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Editado: 20.06.2026