Descendientes Eternos

Capítulo 32: Día Cero

La pelirroja sintió su cuerpo ser lanzado de regreso al sendero mientras el polvo cubría sus fosas nasales para dejarla sin aire. Oyó el griterío provocado por los Chaos también siendo arrojados lejos del experimento en tanto este se destruía en cientos de pedazos y caía al suelo. Luego, el silencio reinó en el lugar.

«Archer, debo ir por Archer», se murmuró a sí misma; sin embargo, la cabeza le dolía, el mundo daba vueltas y su cuerpo se negaba a responder a sus órdenes. Trató de despegar los párpados y giró a un lado. Solo así fue capaz de observar el área circular iluminada en un fulgor violáceo. Las piezas del invento estaban esparcidas por la zona, los científicos yacían en el suelo junto a los Chaos y parecían más heridos que ella; aunque Elías fue el único capaz de ponerse de pie entre tambaleos y varias caídas.

—No… —Apoyó las manos en el suelo y respiró hondo para estabilizarse.

Julie vio al hombre escarbar entre las piezas enormes y rotas de la máquina. De pronto, el lugar dejó de girar y pudo pararse. Entonces no dudó en caminar de regreso al Templo Sagrado mientras observaba al enemigo sacar al príncipe de los escombros y lanzarlo de un tiro al centro del círculo morado.

—¡Archer! —La pelirroja corrió hacia él.

—¡No, Julie! —escuchó detrás de ella.

Al girar la cabeza vio a los líderes de la legión, Clair y Daren trotando hasta allí.

—¡No vayas, Julie! —rogó el adolescente de aspecto sombrío.

La pelirroja los miró un instante; después volteó hacia el príncipe. Él estaba en el suelo, casi inconsciente y tratando de fijar la mirada en ella. Lo miró con detenimiento por varios segundos y logró visualizar su espalda cubierta de cicatrices, sangre y moretones. Él despertó y estiró la mano hacia ella, a pesar de encontrarse temblando.

—¿Cómo me pueden pedir no ir? —murmuró en tanto sentía su alma romperse igual que la máquina.

Estaba segura de la decisión correcta en ese momento. Dio pasos veloces al centro de la caverna e ignoró las súplicas de sus acompañantes a lo lejos.

—¡Archer, llegué! Ya estoy aquí. —Se arrodilló en el suelo y lo sostuvo entre sus brazos—. Archer, lunita… Mi lunita.

Apoyó el cuerpo masculino en su regazo y con la mano derecha alzó la cabeza del joven mientras la izquierda acariciaba el rostro sucio y ensangrentado. Los iris grisáceos se clavaron en sus zafiros y las comisuras de los labios se alzaron en una sonrisa.

—Sabía que vendrías.

Julie sollozó.

—Siempre, mi querida luna.

Lo abrazó con fuerza. En ese rato no importaba estar en medio de seres despiadados con la intención de acabar con ellos, ni que la Luna Roja estuviera cerca de su máximo apogeo. Eran él y ella, Luna y Sol, reunidos por fin después de largas horas de tortura.

—Nos vamos a casa —susurró mientras acariciaba los rizos del muchacho con delicadeza.

La señorita pasó el brazo izquierdo ajeno detrás de su nuca, escuchando los quejidos del chico en cada movimiento; aun así, él se aferró a ella. Luego, ambos se impulsaron hacia arriba dispuestos a salir de ese lugar juntos; sin embargo, habían olvidado por completo el circuito mágico.

El fulgor violáceo en el suelo se intensificó y con ello atrapó a los descendientes.

—¡No! —vociferó Clair llegando a la entrada del Templo.

—¡Julie, Archibald, salgan de allí! —imploró Daren.

Los Descendientes Eternos se miraron mutuamente confundidos antes de dirigir la vista hacia abajo. En el borde del círculo yacían grabados múltiples símbolos desconocidos para ellos; pero cada uno fue oscureciéndose con el pasar de los segundos. Primero, un área del límite de la rotonda se tornó negra frente a los dos. Luego el brillo lúgubre fue cubriendo todo el margen; mientras tanto una voz fúnebre, pronunciando frases en un lenguaje extraño, hizo eco en la caverna en compañía de la carcajada de Elías. Tanto Julie como Archer se quedaron paralizados en el centro, incapaces de procesar los hechos y observando cómo el circuito se corrompía desde la periferia hasta el núcleo.

—¡No! —Clair quiso correr hacia ellos, mas fue retenida por la mano de Daren.

El adolescente empezó a caer con lentitud al suelo entre alaridos y tambaleos.

Julie y Archer vieron al muchacho perder las fuerzas al mismo tiempo que la circunferencia adoptaba un color lóbrego.

A la albina no le quedó otra que sostener a su compañero en sus brazos, viéndolos entre ratos con preocupación. Deseaba arrastrarlos lejos de la caverna, se notaba en su mirada; sin embargo, le preocupaba más el varón a su lado.

Parecía que Daren moría.

El brillo llegó al centro. Julie y Archer sintieron un ardor recorrer sus venas y fueron llevados de regreso al suelo. Durante su caída ambos observaron a Elías cerca de los escombros sumergido en una risa desquiciada.

—Julie… —murmuró Archer dirigiendo la vista a su compañera.

Ella trató de apoyarse en el suelo con las manos y las rodillas, pero le costaba. Algo estaba drenando su energía, como la máquina, aunque la sensación era más intensa y, por alguna extraña razón, petrificante. Entonces el príncipe intentó estirar su mano hacia la pelirroja; mas, al moverse perdió las últimas fuerzas restantes en su cuerpo y terminó recostándose en la roca caliente. Cada parte de su ser ardía. Era una sensación insoportable apoderándose de él. Al fijar los iris en la pelirroja notó que las venas de su anatomía se estaban tornando negruzcas. Después bajó la mirada y observó que ocurría lo mismo en él.




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