Una oscuridad lo había rodeado, lo supo cuando el portal a Penumbrius se abrió. Él, Archibald Reinhardt, no era como los demás Soul-Mages.
No se trataba de ser el Hijo de la Luna o el Descendiente de Ezius; era algo más macabro, incomprensible, pero a la vez tenía sentido. Poseía una conexión única con los Chaos y quizás esa era la razón de tantas desgracias en su vida.
Se empezó a preguntar cuántas veces tuvo la sospecha de aquello y se negó a hacer frente a la verdad. Ahí recordó sus pensamientos al estar prisionero en el Volcán Cavedra, recostado, casi inconsciente sobre la roca gélida y divagando sobre todos los desastres de los que fue testigo. En ese momento se sintió un ser extraño en el mundo y el mal reencarnado en persona.
—¡Levántate! —ordenó una mujer cubierta de vendas negras, tras alzarle la cabeza al jalar su cabello.
De repente se encontraba suspendido entre las pinzas de la máquina y sintiendo cómo le extraían algo tan aferrado a su interior. El ardor carcomía cada parte de su cuerpo y la voz se le perdía entre gritos.
Él se agitaba en el aire mientras rogaba que algo o alguien acabara con su dolor. Quizás Julie, si tan solo estuviera allí. Entonces se dio cuenta de que sus deseos no eran tan descabellados al oír al adorable solecito llamarlo con fuerza.
«¡Archibald! ¡Archibald!», lo nombró una y otra vez con desesperación. Ella estaba cerca de un final desgarrador, lo notó en sus gritos. Por eso anhelaba ser rescatada por él de nuevo, como siempre lo había hecho; sin embargo, dada su situación le era imposible acudir a su auxilio. Comenzó a perder el aliento y el corazón se le estrujó, pero, pese a la intensa tristeza, era incapaz de huir de esa tortura y el experimento estaba siendo exitoso gracias a sus intensas emociones; aun así, no iba a irse dejando a su solecito a merced de los enemigos.
—¡Julie, no me dejes! ¡Por favor, ven rápido!
El calor se estaba apoderando de su alma y salía por el tubo de la máquina en forma de un líquido plateado. Empezó a rememorar los momentos más tristes de su vida, desde el perecimiento de su familia hasta la pérdida de las personas que fue incapaz de salvar. Muy pronto Julie formaría parte de esa lista.
No, no quería ser el causante de la muerte de otro ser querido.
No más.
—¡Auxilio, por favor, alguien venga a rescatarme! ¡Julie, por favor, ven! —rogó—. Ya no quiero sufrir más…
Así acabó la agonía. La pelirroja hizo acto de aparición en la entrada de la caverna, dedicándole una sonrisa como siempre.
Sí, si ella estaba a su lado no importaba el dolor o la oscuridad, pues vendría a sostenerlo cuando estuviera a punto de caer.
«Tú jamás serás la luz en este mundo», susurró Rhadamantus dentro de su cabeza.
Archer abrió los ojos asustado, agitado, con el corazón palpitándole a mil por hora y la respiración cortándose entre ratos. Se levantó de pronto de la cama y llevó las manos al pecho. Ahí se dio cuenta de que estaba temblando demasiado; por ende, respiró profundamente una y otra vez hasta recuperar el control de su cuerpo.
Se encontraba vivo y puro, pero ¿en dónde? Alzó la vista y recorrió la pequeña habitación. Al parecer estaba en su viejo dormitorio en la catedral. Luego se encontró con una sacerdotisa parada junto a la puerta, quien se apresuró a acercarse.
—Príncipe Archibald, ¿se encuentra bien?
—¿«Príncipe»? —Observó confundido a la dama—. Ah, seguro te contaron todo.
Se levantó de la cama, ignorando la petición de la mujer de recostarse de nuevo. Su único deseo era caminar por el cuarto hasta la ventana y contemplar el paisaje exterior mientras rememoraba todo lo ocurrido en la última hora.
Aquella luna maldita se había alzado en lo alto del cielo, tan gigantesca y ensangrentándose con el pasar de los minutos. En Puerto Mer centenares de personas corrían a sus hogares buscando las pertenencias más valiosas para llevar; pues el Patriarca les había ordenado hacer maletas para abandonar el pueblo hacia un viaje de destino desconocido.
Archibald llegó volando a gran velocidad buscando ayuda para sus héroes. Según Lúa, el regreso fue menos tardío que su ida al volcán; aun así, tal idea no calmó la ansiedad del príncipe, ya que vio a los demás chillando por el ardor de la corrupción corriendo en sus venas, en especial Julie y Daren. Por otro lado, ver a los pueblerinos sumidos en el terror mientras corrían por las calles con equipajes incrementó el sentimiento de culpa que lo carcomía. De todos modos no se detuvieron en su carrera al único lugar donde podrían sanar a los heridos. Cuando llegaron al gran santuario fueron recibidos por las sacerdotisas y la Madre Mística.
Él se apresuró en explicar que necesitaban ser purificados y las damas no tardaron en bajar a los sujetos de los guivernos para llevarlos al interior de la catedral. Archer estaba decidido a hacer cualquier cosa para sanar a sus rescatistas, pero, tras dar la primera pisada en el interior del templo, sintió el cuerpo pesado; así, la oscuridad lo invadió y lo llevó a un sueño repentino.
—Me desmayé —concluyó sin apartar la mirada de la ventana.
—Debió ser el cansancio. El Patriarca nos explicó que fue secuestrado por esas horribles criaturas. No me imaginé la pesadilla que…
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Editado: 11.07.2026