Un ave, posado en el tronco de una palmera cerca del grupo de sobrevivientes, agitó las alas negruzcas para emprender vuelo. Nada ni nadie se había percatado de su presencia, quizás porque estaban más concentrados en su propio drama que en ver a su alrededor. Así, el animal viajó por la costa y se adentró a una civilización invadida por sus camaradas. A lo lejos, casi a la orilla del inicio del volcán, se alzaba la catedral. Ningún Chaos se acercaba allá, pues sabían que solo una persona podía reclamar una edificación ejemplar como ese.
Rhadamantus, en compañía de Elías y ciertos Chaos, esperaba en la sala de conferencias la llegada de su mensajero. El pájaro apareció casi tan sigiloso como siempre y se posó sobre el hombro de su amo para susurrarle un cantar en un lenguaje extraño, con tono áspero y sombrío. Al cabo de unos segundos Rhadamantus soltó una risa.
—Están destrozados. —Observó al Consejero—. Esos niños están muy lejos de ser el Sol y la Luna que acabaron conmigo.
—Si desea puedo enviar un grupo —contestó el otro hombre con serenidad.
—¿Atacarlos cuando están débiles? —bufó—. Quizás sí deberíamos. Verlos de esa manera me ha decepcionado tanto.
—Esperaba verlo más animado, mi Lord.
—He perdido el interés en ellos.
Rhadamantus se levantó y comenzó a caminar entre los asientos destruidos y los trozos de objetos rotos dispersos en el suelo. Frente a sus ojos estaba la salida al pueblo cubierto de alimento fresco para sus compatriotas. Él dio pasos lentos por el salón, agitando la capucha vieja y con un olor putrefacto para cualquier nariz, mas, ya se había familiarizado con el aroma en ese milenio. Sus dedos estaban huesudos y negros como el resto de su cuerpo, por ende, lucía muy distinto a su época de oro, donde gozó de salud, belleza y juventud. Todo su ser olía a animal muerto, quizás semejante al cadáver de una rata, su cabello dejó su cabeza hace mucho y en sus órbitas solo había dos perlas rojizas.
—¿Los oyó gritar? —preguntó Elías tratando de animar a su señor.
—Jamás olvidaré ese canto desesperanzador.
—Reaccionaron como lo hacemos cuando nos atacan por ser distintos.
—Los humanos temen a lo desconocido —Rhadamantus rio—, pero nosotros somos los desalmados. —Dio un aplauso—. En fin, el cazador se volverá la presa en poco tiempo. Ah, tengo un trabajo especial para ti, Elías.
El sujeto dio media vuelta hacia su compañero, quien hizo una reverencia desde su lugar y esbozó una sonrisa.
—Será todo un honor.
—Te acompañará Angeline. —Observó a los lados—. ¿Sigues aquí, Hija de la Luz?
No obtuvo respuesta de inmediato. Escuchó el ensordecedor silencio romperse con unos pasos sobre las baldosas y los trozos de las paredes derrumbadas. Rhadamantus trató de determinar el origen del ruido, venía de sus espaldas. Dio un giro y miró la salida. Ahí estaba ella, caminando con calma. La parte superior del uniforme gris se quemó; pero, escondía las cicatrices de las quemaduras, en sus hombros y la zona de las clavículas, bajo la caperuza blanca.
—Sí, ¿Lord?
Rhadamantus mostró sus dientes negruzcos.
—Es hora de que te reencuentres con el principito.
Aquella frase resonó en la habitación como un himno anunciando la cercanía del fin, viajó por el aire, atravesó el pueblo y llegó hasta la costa; sin embargo, no logró alcanzar al príncipe, al menos no del todo. Una corriente helada recorrió todo su cuerpo para advertirle que se acercaba un mal, pero pensó que solo podía tratarse de él mismo: su verdadera naturaleza.
Archibald ya no podía llorar más, pues había agotado las lágrimas en las últimas horas. Estaba sentado sobre la arena, abrazando sus piernas y contemplando la playa que alguna vez recorrió con su solecito. El amanecer estaba cerca, pero su alma seguía en la noche de luna roja. Deseaba volver a sentirse como esos días: concentrado en sus entrenamientos con Julie, huyendo de la realidad, la tensión creciente y los Chaos. Quería ser visto de nuevo con ojos de cariño y confianza, en vez del terror e ira que observó hace unos minutos atrás.
«Lunita», solo quería ser eso para ella otra vez, aunque lo veía muy lejano.
Apoyó el codo de su brazo izquierdo sobre la rodilla y dejó caer su barbilla en la palma mientras soltaba un suspiro pesado.
—Si tan solo no…
—¿Si tan solo no hubieras sido poseído?
Tal voz masculina no fue suya, lo reconoció de inmediato. Archer giró la cabeza y se encontró con Daren caminando hasta él. Trató de ignorarlo y regresó la vista al mar, pero el muchacho, muy persistente, se sentó a su lado sin pedirle permiso.
¿Acaso no podía hundirse en la miseria sin ser molestado?
—Julius y Lúa nos contaron todo —agregó el recién llegado.
—Como siempre metiéndose —gruñó y desvió la mirada a otro lado—. No estoy de humor para lidiar contigo.
—¿Ah, sí? —en su tono de voz se notó cierta malicia.
Archibald trató de hacer caso omiso a su presencia lo más que pudo, sin embargo, el chico al parecer se estaba revolviendo sobre la arena.
—Entonces —agregó Daren—, ¿tampoco quieres lidiar con esto?
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Editado: 01.08.2026