Archer en algún momento de su vida sintió que tomaba las decisiones correctas, al menos la gran mayoría de estas; sin embargo, en la actualidad parecía que elegía el peor camino posible en los problemas. Mientras volaba encima del lomo del guiverno rosa, sentía un nudo en el pecho, ese mismo que aparecía cuando estaba cometiendo un error. Volteó la mirada a su izquierda. Ahí estaba Julie, montaba sobre Julius y concentrada en el camino del frente, detrás suyo viajaba Magnus, así como Ámelie lo acompañaba a sus espaldas. La silueta de la chica era iluminada por los primeros rayos del amanecer, mismos que anunciaban el fin de esa noche.
Archibald giró de nuevo su cabeza y observó edificaciones pedregosas pintadas de colores amarillentos y anaranjados, aunque veces se observaba algún edificio blanco. Las flores coloridas no faltaban en los balcones, así como el olor a mariscos invadiendo las zonas más cercanas a la costa. Las calles estaban desoladas, tal cual se esperaría de una ciudad recién levantándose, pero el puerto parecía ser el área más concurrida a esa hora.
—Bienvenidos a Castiviedo —anunció el líder—. A su izquierda, el puerto. A su derecha, el castillo.
Los adolescentes tragaron saliva ante la última palabra.
—Hogar de Ignatius —agregó el príncipe—. Andando. Nos detendremos frente a los muros para no alterar a la Guardia Real.
Volaron por todo el reino rumbo al inicio del Volcán Cavedra, donde se alzaba un palacio cuyos tonos se asemejaban al oro puro. El edifico más grande poseía un techo redondo y azulado, muy similar al de la Cátedra de Puerto Mer.
Sus muros de piedra eran gigantes, tanto que separaba la mundana sociedad del hogar de la realeza.
Las criaturas aterrizaron justo frente a una enorme puerta de madera y, tal como se esperaba, en las torres se encontraban los guardias protegiendo la entrada.
—¡Alto ahí! —vociferó uno de los hombres.
El grupo se mantuvo inmóvil, sin bajar de los lomos de los guivernos. Levantaron las miradas y se toparon con docenas de uniformados apuntándolos con sus ballestas, cuyas flechas se encontraban iluminadas de una luz celeste.
—¡No somos enemigos! —contestó Julie.
Archer se adelantó antes que pudiera decir algo más.
—Príncipe Archibald Reinhardt de Ravenham. —Llevó su mano al pecho—. Vengo en compañía de los líderes de la Legión Eadanus y mi compañera Julie Ross. Venimos en busca del Rey Ignatius por un asunto urgente.
—¡Nadie puede hablar con Su Majestad sin antes solicitar una audiencia formal por medio de una carta!
—Como mencioné, soy el Príncipe Archibald Reinhardt de Ravenham, sobrino del Emperador Alexis.
—El Príncipe Archibald se encuentra desaparecido desde hace unas semanas.
—Pues, heme aquí, frente a ustedes.
—El Rey se encuentra reunido con el Consejo Real, además, que usted sea el mismísimo Príncipe Archibald es…
—Si no me cree, baje y míreme de frente.
Los hombres se miraron entre sí sin bajar sus armas. Luego de unos segundos, volvieron a verlos.
—Largo.
—Señores —interrumpió Magnus—, ¿Podría por favor bajar uno de ustedes para conversar mejor?
—¡Largo o atacaremos!
—Esto es inútil —murmuró Julie mientras giraba sus brazos sobre su cabeza y luego los estiraba hacia al frente para moverlos de abajo hacia arriba. Una pared de agua se alzó desde el suelo y los cubrió por completo.
—¡Espera, niña! —rogó el líder demasiado tarde, pues la muchacha sopló y el muro se congeló justo a tiempo para protegerlos de las flechas de los hombres.
Aquella luz que rodeaba las picas provocó pequeños temblores en el hielo, mas este resistió los golpes.
Los guivernos agitaron sus alas y se despegaron del suelo. Los guardias alzaron sus ataques, pero esta vez fueron bloqueados por varios trozos de hielo saliendo de las palmas de los dos adolescentes. Una vez las criaturas se encontraban a metros encima de los hombres, emprendieron rumbo al interior.
Julie y Archibald estiraron los brazos hacia abajo durante el vuelo y encerraron a los guardias en una cúpula; aun así, en las demás torres de los muros salieron más flechas iluminadas yendo directo hacia ellos. Los guivernos aumentaron la velocidad para no ser alcanzados.
«¡Intrusos!», se comenzó a oír varias veces. De todos modos, tales «enemigos» lograron adentrarse al jardín del palacio.
—¿A la puerta o a una ventana? —interrogó Julius.
—¡Puerta! —gritaron Magnus y Ámelie.
—¡Ventana! —dijeron al mismo tiempo Julie y Archibald.
Los guivernos apuntaron a un enorme ventanal ubicado en el centro de todo el largo del palacio.
—¡Puerta! ¡Nos vamos a estrellar! —exclamó el líder.
—No si actuamos rápido —respondió el solecito.
Los descendientes estiraron de nuevo las manos a la ventana sin realizar ningún otro movimiento. Los espíritus estaban cada vez más cerca del palacio.
—Vamos a chocar —chilló Ámelie—, vamos a chocar, vamos a chocar.
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Editado: 22.08.2026