Descendientes Eternos

Capítulo 38: Frío y Cálido

El sonido del viento rozando los vidrios de las ventanas hacía eco en sus oídos y se mezclaba con las voces de varios adultos.

—Entonces, cuando consigamos la carta de respuesta de la Reina Khione, comenzaremos la evacuación —concluyó el Rey Ignatius, sentado en la mesa junto a los miembros del consejo, ahora conformado también por los líderes de Eadanus, Julie y Archibald—. Primero los nobles y comerciantes más…

—Primero —interrumpió el príncipe—, los habitantes más cercanos a las costas y los enfermos de los hospitales. Extenderemos la evacuación conforme desde las zonas junto al puerto hasta las más lejanas.

—¡Cielos! —exclamó el monarca—. Eso nos deja a la clase alta a lo último.

—¿Hay algún problema, Su Majestad? —se unió Julie, quien estaba sentada frente al hombre junto a Archer—. Los adinerados poseen la capacidad de pagarse un vuelo propio en un grifo o dragón si así lo desean.

La pelirroja poco había participado en la elaboración del plan, excepto para ir en contra del adulto, quien no paraba de fulminarla con la mirada cada que tenía la oportunidad.

—Señorita Rauss… —Se esforzaba por ser educado con ella.

—Es Ross.

—Señorita Ross. —Hizo una pausa tras ser corregido; sus cejas se tensaron hacia abajo—. Le recuerdo que esos hombres adinerados son quienes pueden levantar al reino de la crisis.

—¿Acaso son los nobles quienes se levantan todas las mañanas a pescar o cuidar los cultivos? —Se cruzó de brazos—. Su mano de obra es tan importante como la de los nobles.

—Niña… —su voz agravó, cual bestia enfurecida—. Poco participas en este plan, salvo para pelear. ¿Tienes algo útil que aportar en este consejo más allá de reclamos?

—Estoy tratando de salvar a quienes lo necesitan, algo que usted no planea hacer.

—Ya que tanto alardeas de tu heroísmo, dime: ¿qué hiciste para salvar al pueblo en la invasión?

Aquella frase logró romper todo el escudo de Julie. Archibald observó su expresión petrificada. Por otro lado, el monarca sonrió triunfante.

—Bien, sigamos la recomendación del príncipe. Entonces, pasemos a la estrategia para nuestra guerra contra los Chaos. El punto de encuentro será a las afueras del reino en el sur, rumbo a Puerto Mer. —Sus ojos se fijaron en el líder de Eadanus—. ¿Les parece bien?

El hombre asintió.

—¿Y si llegan desde el norte? —cuestionó serio.

—¿Rodearían toda la isla para atacar por detrás?

—Es algo que harían —interrumpió Archibald sin despegar su vista de la pelirroja, ella seguía callada y viendo a cada uno.

—Podemos enviar a un equipo de vigilancia al norte para percatarnos a tiempo de su estrategia y mover nuestras tropas hacia allá. —Respondió Ignatius.

Archer vio a la pelirroja, ella agachó la mirada. Esperaba un comentario de ella, quizás un reproche para el rey; sin embargo, solo esquivó su mirada.

Él suspiró.

—Dividir nuestras fuerzas sería ponernos en desventaja —dijo de inmediato.

—De hecho —interrumpió el sujeto de Magia y Defensa, alzando su brazo mientras su túnica se meneaba con sus movimientos—, en el norte existen unas reinas antiguas. Hay pedestales y postes derrumbados, además de montañas de rocas. Si aprovechamos el área rigurosa podría ser el lugar perfecto para vigilar y retener a los Chaos mientras un equipo avisa de la emboscada.

—¿Ruinas antiguas? —Magnus se mostró más interesado. Archibald notó un brillo en sus ojos.

—Sí, de la época antes de la fundación del Imperio Eclipse.

—¡Perfecto! —Dio un aplauso el líder—. En ese caso, nosotros seremos el equipo de reconocimiento junto a los As de Eadanus y los Descendientes del Sol y la Luna. —Señaló a los jóvenes—. ¿Alguna objeción? ¿Archer?

Él negó con la cabeza.

—Solo si Julie tiene algo que decir —la miró de nuevo.

Ella a penas alzó la cabeza, casi igual a un muñeco de trapo siendo manipulada por manos ajenas.

—No, nada que comentar.

Aquella frase fue la última que soltó por el resto de la reunión, misma que transcurrió con todos siendo participes del plan de guerra a excepción de ella. Las horas pasaron y al medio día se dio por terminado el consejo.

Cuando todo acabó, Ignatius ordenó a su servidumbre mostrarle a los invitados sus habitantes, aunque ellos prefirieron comenzar con el primer paso de la estrategia: llevar a los sobrevivientes a los hospitales y refugios.

Los líderes junto a Julie y Archer volaron en los guivernos de regreso a la costa. Esta vez no estuvieron solos; la Guardia Real llegó también. Algunos montados en grifos con monturas de primera clase, mientras que otros manejaban carrozas para el traslado de los mereños a Castiviedo.

Los pueblerinos gritaron de alegría al ver la ayuda llegar. Los descendientes sonreían con ellos, mas, por dentro la culpa los invadía.

Primero subieron a los heridos graves, después a los pocos ancianos, mujeres y niños presentes, seguidos de hombres y los líderes del pueblo. Una vez todos los mereños se encontraban sentados dentro de los vehículos, llegó el turno de Julie y Archer. Ellos decidieron viajar por vía terrestre en el último carruaje, pero antes de montarse tuvieron la necesidad de regresar sus miradas a la costa. En la lejanía se observaba Puerto Mer destruido; las llamas se extinguieron y dejaron un rastro de humo y cenizas en el aire. La luz del sol les brindaba un perfecto vistazo de su silueta, trayendo consigo los recuerdos de aquellos días de paz antes del festival.




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