En medio de la penumbra, el príncipe descansaba con su amada acurrucada entre sus brazos. Una escena que enternecería a cualquiera; sin embargo, más allá de la realidad se formaba una pesadilla.
El príncipe se encontraba parado frente a la habitación de su querido solecito con el corazón acelerado y las manos temblando frente a la puerta. De pronto, respiró hondo, contuvo el aliento y soltó el aire con lentitud.
—Sé ese hombre, Archibald —se dijo a sí mismo.
Acercó sus nudillos a la madera, mas, al instante llegó a sus oídos el sollozo del solecito.
—¿Julie?
La oyó gritar.
—¡Julie!
Abrió la puerta de un solo golpe y ahí la observó en el suelo, en medio de un ataque de pánico, alejándose de la ventana y chocando con todo lo que se encontraba en su paso. Cuando cayó al suelo, él se agachó para abrazarla por detrás; sin embargo, al parecer eso la alteró más, ya que comenzó a sacudirse tratando de zafarse de él. No la soltó, pues temía de lo que pudiera hacerse si lo hacía.
—Tranquila, tranquila. Estás a salvo, tranquila.
Pasó quizás más de diez minutos en lo que la muchacha bajaba la fuerza de sus movimientos y calmaba su respiración. Agarraba aire con rapidez y fuerza; luego pasó a ser más profundo y lento hasta que regresó a la normalidad. No lo alejó al primer segundo tras recobrar el aliento; aquello le permitió abrazarla tanto como deseaba.
—Archer —murmuró Julie después de voltear hacia él.
—Julie. —Levantó las comisuras de los labios y acarició su rostro—. Me alegra haberte buscado.
Ella sonrió con cansancio. Esa expresión le trajo felicidad al corazón del príncipe. Extrañaba tanto verla sonreír, tal cual si hubieran pasado años desde la última vez que la observó feliz o relajada. Quizás podían disfrutar juntos esa noche… o quizás no. La mirada de Julie se oscureció en una ira contenida.
—Si te alegras, ¿por qué quieres hacerme daño ahora?
Archibald parpadeó confundido.
—¿Qué? Yo no…
—Dime, lunita, ¿por qué estás a punto de lastimarme?
Así, su interrogante hizo eco por toda la habitación y se transformó en un camino de regreso a la realidad. La oscuridad invadió el lugar hasta que la luz de la luna infiltrándose a través del balcón le permitió observar con más claridad el nuevo panorama. Él se encontraba apoyado de manos y rodillas en el colchón sobre el solecito. Cuando la vio recostada debajo de él, descansando plácidamente, se sobresaltó. Brincó hacia atrás y cayó de la cama; luego gateó hasta chocarse con la pared más alejada de la señorita. Su corazón se convirtió en un galopeo retumbando en sus oídos.
¿Cómo llegó hasta allí? ¿No se suponía que estaba durmiendo con ella en sus brazos? ¿Qué planeaba hacerle?
Una sola respuesta llegó a su mente: la iba a matar.
Él era un peligro para ella. Se levantó del suelo, aprovechando que la muchacha no se despertó a pesar del ruido, y corrió hasta el balcón.
«No puedo estar cerca de ti», se murmuró a sí mismo, mientras volteaba a verla una última vez antes de brincar al vacío. Recordó cada palabra de Rhadamantus. Él era la oscuridad que reencarnó, su sucesor. Las palabras pesaban como dos enormes bloques de hielo sobre sus hombros.
Movió sus brazos apuntando a sus pies y se formó una neblina que lo hizo aterrizar con sutileza en el jardín. Así terminó en un área verde desprovista de vida humana alguna. Solo escuchaba el agua de la fuente moverse a un ritmo amigable y el viento soplar algunas ramas de los arbustos. Frente suyo, a varios metros, se levantaba un árbol grande, cuya copa era iluminada por la luz del astro nocturno. Se concentró en la luna solitaria en medio del cielo oscuro. No se parecían en nada.
—¿Por qué? —le preguntó—. ¿Por qué me elegiste a mí? ¡Dime!
Tal como se esperaría, no recibió respuesta alguna, al menos no de quien esperaba. A sus espaldas se oyó una voz femenina y apagada.
—Porque solo tú puedes serlo.
Archibald se giró de prisa. No se encontró con Julie, sino con una dama de cabello cerezo y ojos azules.
—Aléjate —gruñó antes de darle la espalda.
—Archer…
—¡Aléjate! ¡No quiero a nadie cerca! ¡A nadie!
—¿Tampoco a Julie?
Abrió más los párpados. Ese nombre podía erizarle la piel de distintas formas.
—No…
—Mientes.
—Tú qué sabes.
—Más de lo que tú podrías imaginar.
Él regresó la mirada a la luna; ahora lucía más opaca, como si su brillo se hubiera apagado un poco.
Ella tenía razón: todos lo conocían más que a sí mismo, pero al mismo tiempo no sabían toda la verdad acerca de él. Formó dos puños con sus manos mientras sentía una chispa formarse en su interior.
Los demás esperaban grandes cosas que quizás no podría cumplir. De pronto, el astro comenzó a aumentar de tamaño o tal vez lo estaba imaginando; cual sea la razón, su luz se intensificó a tal punto que el patio se rodeó de destellos azules viajando por el aire. Los fulgores fueron volando alrededor suyo a un ritmo sereno y tranquilo; no le temían, sino que lo veneraban. El viento sopló con más fuerza las hojas de los arbustos formando susurros que entonaban una melodía dulce. Con el pasar de los segundos, la canción se convirtió en una canción que alegró a cada destello, mismos que aumentaron su luz hasta volverse pequeños seres humanoides danzando por el jardín. Fijándose en los rostros de cada uno, notó que lo veían por el rabillo del ojo, quizás anhelando su atención.
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Editado: 22.08.2026