Descendientes Eternos

Capítulo 40: Nada es casualidad

Las puertas de la habitación se abrieron, permitiendo la entrada de Clair.

—¡Descendiente del Sol! —Extendió los brazos—. Saluda pronto al nuevo día, porque hoy vamos a… ¡Wow, wow! ¿El consejo de ayer los dejó tan cansados?

Los ojos de la recién llegada se encontraron con los azules del solecito, misma que soltó un grito ensordecedor, mientras Archibald se escondía debajo de las sábanas a pesar de encontrarse vestido. Bueno, en realidad, tenía la camiseta desabrochada y desarreglada. Como si aquel momento no fuera muy incómodo, los espíritus guardianes hicieron acto de aparición cruzando el balcón.

—¡Julie! ¿Qué sucede? —exclamó el ente masculino con todos los sentidos en alerta. Él observó la escena y adivinó de inmediato quién se escondía bajo la manta blanca—. ¡Niño, te asesinaré!

—Oh… —Lúa se cubrió la boca para evitar reír—. Vaya inicio del día.

—¡Fuera todos! ¡Largo! ¡Largo! ¡Salgan de aquí! —ordenó la avergonzada señorita, entre tanto, lanzaba almohadas a cada uno, incluyendo al príncipe—. ¡Tú también lárgate!

—¡Hey, soy víctima tanto como tú! —Levantó las manos en señal de rendición.

Clair se protegió del ataque colocando las manos frente al rostro; en cambio, los cojines atravesaron los cuerpos de los espíritus. Archibald se levantó al instante, sintiéndose regañado. Él observó a Julie manteniendo una sonrisa traviesa en el rostro; entonces la muchacha le lanzó un segundo almohadón y recibió una carcajada como respuesta.

Archer se abotonó la camiseta y caminó hasta la puerta; Julius lo persiguió gritando «¡Voy a matarte!» y Lúa voló detrás para detenerlo; por último, Clair se hizo a un lado para permitir el paso a los tres y luego volvió a ver a la jovencita sin poder contener la sonrisa.

—Nos veremos en la entrada del castillo; hoy tendremos un recorrido por la ciudad —Asomó la cabeza por la puerta—. ¡Va para ti también, Archer!

—¿Qué? —cuestionó el príncipe regresando a la entrada—. ¿No iremos al hospital a visitar a los heridos?

—Al final del recorrido, mi querido príncipe apasionado. —Dio palmadas en su hombro.

—¡Hey! —se ruborizó antes de salir huyendo de la habitación.

—¡Y llega bien vestido!

—Clair —Julie la llamó y se escondió bajo la sábana—, por favor, solo dame un respiro.

El sol mañanero embellecía las calles de Castiviedo invadidas por árboles de cerezo, el susurro del viento y el cantar de las gaviotas. Pétalos rosados caían sobre las veredas y las cabezas de los visitantes: los descendientes acompañados por Clair, Daren, los líderes y espíritus. Ellos paseaban por el centro de la ciudad contemplando los edificios pintados de colores cálidos y con balcones ornamentados que otorgaban una vista al mar. Durante la travesía, a menudo se encontraban un puesto de venta de artesanías sobre la acera con sus vendedores ofreciendo sus productos a gritos. La mayoría ofrecía manualidades de madera decoradas con flores, piedras coloridas o conchas marinas. De todos en el grupo, la más maravillada era Julie, pues al pasar casi toda su vida en Sunsubiro jamás vio objetos como aquellos. Ella se detenía a admirar cada quiosco, y los demás tuvieron que acostumbrarse a su ritmo. Así, la jovencita paró por onceava vez en el día frente a un puesto de cajas musicales y, mientras el resto la esperaba, Archibald era interrogado.

—¡Ya, confiesa! ¿Qué sucedió?

—Nada, Julius. No es lo que te imaginas.

Archer escuchó a Clair y Daren reírse en voz baja, y aquello lo hizo sentir más avergonzado, pero también tuvo un enorme deseo de golpear al espíritu.

—¿Y por qué estabas allí? —Acercó su rostro al del adolescente.

—¿Siempre fuiste un hermano celoso? —Arqueó las cejas.

—¡Já! —rio Lúa entrometiéndose—. ¡Sí supieras que la dejaba salir del castillo y no le preguntaba dónde iba! Era totalmente desinteresado por…

—No es mi hermano —susurró Julie rompiendo la conversación.

Ella mantenía su serenidad sin apartar la mirada de los artilugios. En realidad, al distraerse de esa forma evitaba sentirse abochornada por lo sucedido en la mañana. Visualizó cada una de las artesanías y le llamó la atención uno en particular ubicado en una esquina de la mesa. Poseía una caja hecha de un material parecido al diamante y con un cristal ovalado sobre este guardando en el interior dos gemas azules.

—¡Lunos! —exclamó maravillada y agarró el objeto—. Oh… Desde hace tiempo quiero uno.

Con su dedo dio golpecitos al vidrio.

—Ehm… —Archer dio unos pasos para pararse a su lado—. Tal vez cuando acabe todo esto podría regalarte uno.

Julie sonrió.

—Me encantaría.

Tanto él como ella permanecieron viéndose en silencio y manteniendo las comisuras elevadas hasta que un aroma salado y fuerte llegó a sus fosas nasales. Los dos alzaron la cabeza y respiraron hondo para captar el olor en todo su esplendor.

—¡Pescado! —exclamaron al unísono.

—Ahumado —completó Clair posicionándose al lado de la pelirroja—, con hierbas aromáticas.

—Y ensalada fresca —terminó Daren luego de pararse junto a Archibald—, típico de Castiviedo. Nathaniel no estaba acostumbrado a los mariscos.




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