Descendientes Eternos

Capítulo 41: A la marcha

El cielo tornándose ligeramente anaranjado anunciaba la cercanía del atardecer: un momento donde el sol se ocultaría del cielo y vería por un instante, al otro lado, a su querida luna. Ese pequeño acto de cada día atraía interrogantes y recuerdos a varias personas, incluyendo a Rhadamantus, quien desde el jardín de la cátedra contemplaba el paisaje. Sus ojos rojizos estaban fijos en los colores cálidos del firmamento, mientras la capa de su caperuza ondeaba en el aire gracias al viento costero.

Ninguno de sus acompañantes bestiales lograba adivinar qué atravesaba por su cabeza en ese rato.

¿Rencor? ¿Ira? ¿Nostalgia?

Entonces, él rompió el silencio:

—Preparen el ejército.

Así, sin más preámbulos, sus palabras resonaron en el vacío y se repitieron de voz en voz entre cada uno de sus súbitos. Desde el más pequeño y débil de primer rango hasta el más poderoso del tercero, pues era un anuncio que habían esperado desde hace dos días: salir a retomar sus tierras.

Los rugidos no se hicieron esperar en las calles de Puerto Mer al igual que las pisadas al ritmo de una música de guerra, la cual entonaron por un milenio en Penumbrius. Su melodía se escuchó hasta la playa y viajó hasta los oídos de un príncipe, cuyo corazón se detuvo por unos segundos.

La visión de Archibald se oscureció, en tanto los gritos se oían más fuerte dentro de su cabeza.

—¿Lunita? —La voz de Julie lo atrajo de nuevo a la realidad.

Todo a su alrededor recuperó color y forma: se encontraba en uno de los hospitales de Castiviedo junto a su solecito y los demás. Él la miró; ella lo veía preocupada.

—¿Nervioso? —añadió ella.

—Sí, sí… nervioso —dijo con voz temblorosa; aun así, el ruido seguía escuchándose dentro de su cabeza.

Caminaban por el patio principal rumbo al interior, donde la mayoría de los mereños se encontraban, en especial aquellos que deseaban ver con tantas ansias. La zona era verde y poseía algunas bancas con enfermos descansando en compañía de enfermeras. Magnus y Ámelie lideraban el paseo, seguidos por Clair y Daren, mientras detrás iban los dos adolescentes. Con cada pisada todos aceleraban el paso, a excepción del príncipe, pues el bullicio de los Chaos se hacía más fuerte.

Rugidos y más rugidos lo estaban volviendo loco. Entonces, todo se oscureció de nuevo. No oía nada, no sentía nada, no veía a los demás y mucho menos a Julie.

«¿Dónde queda?», murmuró alguien afuera de toda la negrura.

«En el museo»; esa voz lucía familiar para Archibald. No, era él.

«Dime cómo llegar».

—¿Lunita? —Ese tono dulce lo sacó de su sueño.

Archer parpadeó y la oscuridad desapareció, atrayéndolo de regreso a la realidad. Se encontraba en la salida del patio del hospital con dirección a las calles de la ciudad. Veía varios Terha esperando ser montados por pacientes dados de alta y docenas de transeúntes pasando al frente de él.

—¿Qué? ¿Cómo llegué aquí?

—Lunita. —Sintió una mano agarrar la suya. Él se sobresaltó y trató de alejarse, pero al fijarse a su lado se encontró con Julie viéndolo con una sonrisa tierna mezclada con preocupación—. No me digas que salir corriendo.

—¿Qué?

—¿Por qué diste la vuelta? ¿Acaso tienes miedo?

—¿Yo?

—Lunita… —Agarró con más fuerza su mano—. Si recibimos abucheos, estaremos juntos para enfrentarlo, pero necesitamos verlos al menos una vez. No los hemos visitado desde que llegaron.

Archibald no contestó; en su interior se formaba un remolino de emociones turbulentas. Terror y al mismo tiempo un mal presentimiento recorrió toda su espalda para erizarle la piel.

—Vamos —dijo la muchacha y lo jaló de regreso al interior.

Él se aferró a sus dedos como si tuviera miedo de lo que ocurriría si la soltaba. Siguieron su rumbo hasta la entrada al área de emergencias; ahí los esperaban los líderes con Clair, Daren y los espíritus. Cuando atravesaron juntos la puerta, se toparon con la sala de espera llena de camillas con los pueblerinos recostados. Algunos se encontraban acompañados de sus familiares, otros de enfermeras y unos pocos estaban solos. También había sillas con ciertos habitantes de Castiviedo esperando ser atendidos, mas, cada uno observaba con curiosidad a los heridos en las camas, de seguro haciéndose miles de preguntas.

Ante tal escena, el corazón de Julie y Archibald se apretujó. Sus piernas temblaron y amenazaron con dejarse caer al suelo en cualquier momento; sin embargo, Clair y Daren los agarraron del brazo a cada uno mientras los veían con seriedad. Entonces, los adolescentes respiraron hondo y continuaron con su caminata por el área. Un guardia reconoció a los menores y a los líderes; por ende, abrió la puerta al interior de la sala de emergencias para permitirles el paso. Cruzaron la entrada tras agradecerles. Al otro lado había más camillas con heridos; incluso algunos se encontraban en el suelo o en sillas cubiertos de vendas en sus cuerpos. Las enfermeras fijaron su vista en los recién llegados y, cuando estuvieron a punto de acercarse a ellos, se escucharon docenas de pisadas por la sala. Los niños huérfanos aparecieron entre las camillas corriendo hasta el grupo.




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