Desconocido

Prólogo.

Salí del auto a paso veloz. La noche estaba helada y lo único que quería era estar acostado. Le quité la llave de la mano a Dylan y caminé hasta la puerta principal de su casa mientras escuchaba sus quejidos a mis espaldas. Ya lo habíamos decidido: Melanie y yo nos quedaríamos con él y nos iríamos por la mañana. Nada podía salir mal.

Inserté la llave en la cerradura y la giré. Una sonrisa se dibujó en mi rostro pensando en el descanso, pero se borró de inmediato. En lugar de recibir la calidez del hogar de mi amigo, una ráfaga de viento gélido me golpeó la cara.

—Dylan, hay algo raro acá —dije, adentrándome en la penumbra.

Un rayo de luz se filtraba desde la cocina, cortando la oscuridad de la sala como un cuchillo. Observé por última vez a mis amigos y, sin esperarlos, entré. Mi primer pensamiento fue que alguien había entrado a robar, pero no se escuchaba ni un solo movimiento. Sobre la barra de la cocina vi un cuchillo; mi instinto me gritó que fuera por él para defendernos.

Pero fue demasiado tarde.

Al llegar a la cocina, una silueta se reveló frente a mí. Me detuve en seco, con el brazo extendido, pero la confusión me paralizó antes que el miedo. Sabía quién era. Conocía esa figura.

—¿Quié…?

Un golpe brutal en mi cabeza me silenció. El mundo se inclinó violentamente y mi vista se tornó borrosa; las palabras murieron en mi garganta. Por puro instinto intenté defenderme, lanzando golpes al aire en un intento desesperado por alcanzar a mi agresor, pero no golpeé nada más que el vacío.

Un segundo impacto, aún más fuerte, me mandó directo al suelo. Ya no podía ver, solo sentía el calor espeso de la sangre resbalando por mi cara y empapando mi nuca. Un zumbido ensordecedor me taladró los oídos y pronto sentí el líquido vital brotando también de ahí.

Quise levantarme. Quise gritar para advertirles a Dylan y a Melanie que corrieran, que no entraran, pero mi cuerpo ya no me pertenecía. El dolor se expandió por cada nervio hasta que el frío de la muerte comenzó a reclamarme.

—¡Vámonos! —escuché una voz a lo lejos, fría y decidida.

Entonces, todo se volvió negro.




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