Una semana después...
Estaba sentado en el borde de mi cama. Acababa de ducharme, pero el agua caliente no había logrado quitarme el frío que sentía por dentro. No me sentía listo para lidiar con el mundo exterior; no creía poder hacerlo. Los pensamientos sobre lo ocurrido esta semana eran como una marea que no dejaba de subir.
Recordar la muerte de Alejandro me destrozaba. No creía poder superar jamás la imagen de mi amigo inerte en medio de mi cocina, y mucho menos el peso de saber que alguien lo había asesinado. Porque eso fue: un asesinato.
Esa noche, tras el hallazgo, llamamos a emergencias de inmediato. Intentamos reanimarlo, presionando su pecho con desesperación, pero fue inútil. Él ya se había ido. Se llevaron su cuerpo a los pocos minutos y dejaron un desastre irreparable en nuestras vidas.
Como la cerradura de mi casa no había sido forzada, la policía lo catalogó rápidamente como un "robo con violencia". Su teoría era simple: entraron por una ventana abierta y al verse sorprendidos por Alejandro, lo golpearon para quitarle el celular y el dinero. Según ellos, él opuso resistencia y recibió dos impactos fatales en la cabeza con el bate de béisbol que Melanie y yo encontramos junto al cuerpo.
Pero yo no dejaba de darle vueltas. No era justo que mi amigo muriera así, y menos que no hubiera ni una sola pista real sobre los culpables. Hoy, tras unas vacaciones que se sintieron como un funeral eterno, regresamos a la escuela.
Había hablado muy poco con Melanie; apenas unos mensajes secos ayer. Cuando todo pasó, mis padres decidieron que lo mejor para mí era alejarme del escenario del crimen. Me mandaron con mis abuelos y apenas regresé anoche.
Tomé mi mochila de la silla. Afuera, el claxon del auto de Mel empezó a sonar con insistencia. Me miré al espejo y me costó reconocerme; lucía agotado, con ojeras profundas marcadas por una semana de insomnio.
—¡Ya voy! —grité cuando el sonido del claxon se volvió insoportable.
Al salir, vi el auto gris de Melanie. La última vez que estuve en él, había vomitado sobre la puerta. Qué vergüenza. Mel, a diferencia de mí, lucía mucho mejor, o al menos fingía estarlo.
Caminé hacia el auto, pero el sonido de una puerta cerrándose con fuerza en la casa de al lado me hizo girar. Un chico de nuestra edad salía con una mochila al hombro. Recordé que mi madre mencionó que se habían mudado hace poco más de una semana.
—¡Dios, Dylan! —bufó Melanie, golpeando el volante—. Date prisa, ya es tarde.
Entré en el asiento trasero. Al sentarme, mi mente me traicionó devolviéndome a esa última noche con Alejandro. Estaba ebrio, sí, pero recordaba cada detalle: las risas, el aire frío, el momento en que me recosté en sus piernas...
—¿Estás bien, Dylan?
Levanté la mirada y encontré los ojos de Mel observándome por el retrovisor. Asentí y esbocé una sonrisa falsa. En el asiento del copiloto estaba Pablo, completamente absorto en su celular.
—Gabriela dijo que nos vería allá —soltó Pablo, sin despegar la vista de la pantalla.
Melanie arrancó, conduciendo con una agresividad que no le conocía. En pocos minutos llegamos a la preparatoria. Ahora éramos estudiantes de penúltimo año, el grupo de siempre, pero con una ausencia que pesaba como el plomo.
Al bajar, sentimos las miradas de toda la escuela sobre nosotros. Eran ojos cargados de una curiosidad morbosa, hambrientos de detalles sobre la tragedia.
—¡Oigan! —gritó alguien a nuestras espaldas. Era Erick, con una expresión de confusión forzada—. Quiero que me cuenten todo lo que pasó. La curiosidad me está matando.
—Claro que no —cortó Melanie de inmediato.
Erick buscó apoyo en Pablo y Gabriela, pero ambos negaron con la cabeza. Al final, sus ojos se clavaron en mí.
—No lo haré —dije secamente.
Me di la vuelta ignorando sus quejas. Entramos al salón y busqué los últimos lugares. Mel se sentó a mi lado, Gabriela detrás y Pablo frente a mí.
—Erick es un imbécil —masculló Gabriela, molesta.
—Lo es —respondí. Mi mente volvió al momento en que le entregué las llaves a Alejandro. Si no lo hubiera hecho, él seguiría vivo—. No pienso contarle a nadie lo que vi. Esas imágenes no se borran.
El profesor entró y el aula quedó en silencio. Segundos después, apareció otro chico. Lo reconocí al instante: mi nuevo vecino. Antes de que buscara asiento, el profesor lo detuvo.
—Tenemos un nuevo estudiante. ¿Su nombre, joven?
—Jonathan Smith —el chico sonrió, barriendo el salón con la mirada.
—Bienvenido. Tome asiento para comenzar.
Y así fue como Jonathan terminó sentado en el lugar que siempre había sido de Alejandro. Nadie dijo nada, pero nosotros cuatro nos quedamos helados. Se sentía mal ver a alguien más ahí, alguien que no fuera nuestro amigo, pero no teníamos derecho a reclamar un pupitre vacío.
Las clases pasaron lentas y aburridas. Apenas hablé con los demás; cada uno parecía estar en su propio mundo. Pablo no soltaba el teléfono, tecleando frenéticamente, y Melanie no dejaba de hablar con Jude, algo que me pareció extrañísimo.
#161 en Terror
#1117 en Thriller
#491 en Misterio
misterio, misterio terror suspenso, asesinato paranormal terror
Editado: 19.05.2026