Retrocedí, temblando. ¿Qué mierda era esto? ¿Quién había dejado esa nota? El corazón me golpeaba las costillas con tanta fuerza que sentía que se me iba a salir del pecho. El miedo me paralizó por un segundo, y mi primer instinto fue correr a casa de Jonathan para no estar solo hasta que mis padres volvieran.
Pero antes de poder moverme, unos golpes secos en la puerta principal me hicieron saltar.
Negué con la cabeza, apretando los dientes. No iba a dejar que me mataran como a Ale. Corrí hacia el cajón de la cocina, agarré el cuchillo más grande que encontré y, con el pulso tembloroso, caminé hacia la entrada dispuesto a todo para defender mi vida.
Entonces, la perilla empezó a girar. Me lancé contra la madera para evitar que se abriera.
—¡Llamaré a la policía! —grité con la voz quebrada.
Mi esfuerzo fue inútil; la puerta cedió con un empujón fuerte y terminé cayendo de espaldas al suelo.
—¡No me maten! —grité desesperado, lanzando golpes al aire con el cuchillo mientras intentaba cubrirme la cara con el otro brazo.
—¡Dylan! ¿Qué mierda estás haciendo?
Reconocí la voz de inmediato. Bajé el arma, aparté la mano de mis ojos y me quedé helado. No eran asesinos. Eran Gabriela y Jonathan, parados en el umbral mirándome como si me hubiera vuelto loco.
Me invadió una vergüenza abrasadora, pero el horror volvió cuando vi que el brazo de Jonathan empezaba a mancharse de rojo. En mi frenesí por defenderme, lo había alcanzado con la punta del cuchillo.
—Mierda, perdóname —me puse en pie de un salto, tapándome la boca con horror—. No sabía que eran ustedes... yo...
Gabriela me bajó las manos con firmeza, estudiándome con una mezcla de confusión y preocupación. Me sentía un estúpido, pero el terror previo todavía me recorría la espalda.
—¿Así recibes a tus invitados ahora? —preguntó Jonathan, presionando su herida con la mano. Unas gotas de sangre empezaban a salpicar el suelo.
—Pensé que eran otras personas —balbuceé, totalmente avergonzado—. Jonathan, lo siento tanto... debí tener cuidado.
Dejé el cuchillo sobre la barra del comedor, sintiendo que me fallaban las fuerzas.
—¿Qué pasó aquí? —quiso saber Gabriela.
—Voy por alcohol y gasas. No se muevan.
Corrí al baño de invitados, busqué el botiquín y regresé jadeando. Jonathan intentó restarle importancia con una sonrisa, pero yo ya estaba limpiando el corte. Era limpio, pero algo profundo.
—¿Por qué estabas tan asustado, Dylan? —preguntó él mientras yo le vendaba el brazo—. Gritabas que no te mataran. ¿Qué está pasando?
Me estaba calmando, pero la sola idea de la nota me devolvió el escalofrío.
—¿Estás tú solo? —preguntó Gaby, mirándome aún confundida.
—Sí, estoy solo. Olvidé por completo preguntarles por la noche de películas, llegué a casa y me quedé completamente dormido, apenas hace un rato me desperté. Creo que alguien entró, escuché ruidos y…
No continué. Lo pensé un poco, miré a mi amiga y luego a mi nuevo vecino. ¿Podía confiar en ellos? A estas alturas, eran lo único que tenía. Fui a la cocina, tomé el papel de la barra y regresé con ellos.
—Tengo que contarles algo.
—Claro —dijo Jonathan—, pero primero termina con el alcohol.
Él extendió la mano hacia mi y Gabriela bufó, irritada por la actitud despreocupada de Jonathan.
—¿En serio? Hay cosas más importantes que tu rasguño. ¿Cómo que alguien se metió a tu casa, Dylan?
Le entregué la nota a Gabriela. La leyó en un segundo y se le desencajó el rostro antes de pasársela a Jonathan.
—¿Eres el siguiente? —susurró ella un poco confundida, aunque en el fondo sabía a qué se refería la nota.
—Es obvio —añadió Jonathan con seriedad—. Alguien quiere hacerle daño a Dylan. Aquí mismo mataron a Alejandro, quizá no fue un robo al azar como dice la policía.
Lo miré extrañado. ¿Cómo sabía tanto? Él captó mi mirada de inmediato.
—Tu madre le contó a la mía la versión oficial —explicó rápido—. Que entraron a robar y, como él estaba solo, lo mataron para no dejar testigos.
—Estoy seguro de que vi a alguien salir por la cocina cuando bajé —insistí, sintiendo que la garganta se me cerraba de nuevo.
—Nadie te hará daño, Dylan —Jonathan dio un paso hacia mí y me puso una mano en el hombro—. Yo te cuidaré.
Sonreí, aunque sus palabras me resultaron un tanto extrañas por la intensidad con la que las dijo. Me aparté para ir por un vaso con agua; el suelo seguía lleno de los vidrios del vaso que se había roto antes.
De pronto, otros golpes en la puerta nos sobresaltaron a los tres. Gabriela reaccionó de inmediato agarrando el cuchillo de la barra.
—¿Quién es? —gritó.
—Soy Pablo, abran.
Como la puerta tenía el seguro, Jonathan se acercó a abrir. Al ver a Pablo, corrí a abrazarlo. Sentía que él era el ancla que necesitaba en medio de ese caos.
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Editado: 19.05.2026