Desconocido

Capítulo 12. "¿Melanie está muerta?"

El impacto contra el suelo me robó el aire. No podía respirar. Un fuerte dolor brotó desde todas partes de mi cuerpo; tuvieron que pasar unos segundos antes de que intentara ponerme de pie.

—¡Jonathan! —mi voz salió apenas como un hilo.

Traté de apoyar las manos para levantarme, pero me dolía demasiado; mis muñecas estaban resentidas por la caída. No podía ver mucho. Mi celular había salido volando hasta una de las esquinas del sótano, donde solo se respiraba polvo y humedad. Como pude, caminé débilmente hasta él, lo tomé y me dispuse a salir. De algo estaba seguro: había alguien ahí que quería matarme. Cuando intenté girar la perilla, no pude; la puerta estaba trabada.

Mi corazón latía con violencia y mis manos temblaban. No quería ni imaginar lo que sucedía del otro lado; Jonathan y Gabriela estaban en peligro. Soy un idiota. Todo por intentar hacerme el valiente yo solo; debí convencerlos de venir conmigo. Golpeé la puerta con fuerza hasta que, tras varios intentos, cedió y se abrió.

Estaba preparado para encontrarme con la persona que me lanzó, pero no había nadie. Salí del sótano y caminé por el pasillo; no había rastro de Jonathan.

—¿Hola? ¿Están bien? —susurré. Sabía que no estaba solo.

El silencio reinaba en la casa; solo se escuchaban mis pasos. Al detenerme para alumbrar la sala, escuché otros pasos acercándose, pero no sabía de dónde venían.

—¡Dylan! —gritaron detrás de mí.

Sin poder reaccionar, sentí unas manos rodearme. Otras cubrieron mi boca, impidiéndome gritar. El pánico se apoderó de mí y, con las pocas fuerzas que me quedaban, intenté zafarme, pero era inútil contra dos personas. Me arrebataron el celular y, en segundos, la luz de la linterna me dio de lleno en la cara. No sabía qué hacer. Entonces vi otra luz afuera: era Jonathan. Venía hacia mí.

—¡Ya basta! —gritó molesto. Le dio un golpe a quien me aprisionaba, rompiendo el agarre y liberándome al instante.

—Hijo de puta, te dije que te quedaras afuera. Ya lo arruinaste todo —la persona detrás de mí se quejó, sobándose la nariz donde Jonathan lo había golpeado—. Seguramente Dylan está cagado de miedo.

¿Qué? No entendía nada. Jonathan me tendió la mano y la tomé de inmediato. Esa voz... esa maldita voz la reconocía.

—Todo va a estar bien, Dylan. Fue una broma de estos idiotas —Jonathan me estrechó contra él para reconfortarme. No podía creer que fueran capaces de algo así.

—¿Dónde está Melanie? —pregunté.

Antes de que Jonathan respondiera, las luces de la casa de Felipe se encendieron, revelando a los involucrados: Paola, Felipe, Edson y... una cuarta persona a la que no reconocí.

—¿Qué mierda les pasa? —empujé a Felipe, haciéndolo retroceder.

—Amamos las bromas, tú lo sabes —Paola sonrió maliciosamente—. Además, te merecías una; por tu culpa Jude tuvo que borrar ese video tan gracioso. Pudiste ser una estrella, eres un loquito, Dylan.

Sentía unas ganas inmensas de llorar. ¿Cómo podían ser capaces de esto?

—No me importa. Solo díganme dónde la tienen.

Jonathan negó con la cabeza. Gaby se acercó y me tomó de la mano para jalarme hacia ella.

—Será mejor que nos vayamos. Pablo, Erick y Jude van para tu casa; nos veremos allá —asintió Gaby.

—¿Y Mel? —pregunté confundido.

—No está aquí, Dylan. Vámonos.

El alivio de saber que lo del sótano fue una broma desapareció. La desaparición de Melanie seguía siendo real.

—Váyanse a la mierda todos —señalé a cada uno antes de seguir a Gaby hacia la salida.

—No, gracias. Allá seguramente está Alejandro —la voz de Edson me hizo hervir la sangre. Su risa burlona me obligó a girarme. Con toda la fuerza de mi mano derecha, le solté un puñetazo en la cara que casi lo tira al suelo. Pero su estúpida sonrisa seguía ahí.

—No hables de él en tu puta vida, ¿oíste?

—Estoy segura de que era su novio —se burló la chica desconocida—. Los rumores dicen que eres un patético gay que perdió a su novio.

Sonreí con amargura. No podía creer que hubiera gente tan estúpida. Me acerqué a ella sin quitar mi mueca de satisfacción.

—Tú y tus rumores pueden irse a la mierda.

Tomé la mano de Jonathan y salimos de esa asquerosa casa. Una vez en el auto, las lágrimas no tardaron en deslizarse por mis mejillas. Nadie dijo nada en el camino. Habíamos perdido el tiempo. Melanie seguía en peligro y los verdaderos culpables estaban afuera, burlándose.

—¿Estás bien? —preguntó Jonathan. Negué con la cabeza y seguí llorando.

—Felipe y sus amigos son unos idiotas. Menos mal que no te pasó nada, seguro fue una caída fuerte —Gaby, desde la parte de atrás, me tocó el hombro, lo que me reconfortó un poco.

Asentí y le dediqué una pequeña sonrisa. Jonathan llevó su mano hasta la mía. Yo no hice nada, no la quité; solo la dejé ahí, aceptando su cálida caricia.

Al llegar a casa, Pablo, Jude y Erick nos esperaban en el porche. Sus caras lo decían todo: no tenían pistas.




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