Desconocido

Capítulo 16. "Un vídeo."

—¡Hijos de puta! —grité al aire, con la voz rota por una mezcla amarga de enojo y puro terror.

El frío de la mañana se filtró bajo mi ropa, recordándome lo vulnerable que era en medio de esa calle vacía. Volví a mirar el celular; el mensaje seguía ahí, sin moverse, como una sentencia esperando respuesta. De pronto, el aire me faltó. No solo me observaban desde las sombras; también se sentían con el derecho de decidir cuándo terminaba mi vida y cuándo me daban una prórroga.

—¿Qué pasa? ¿Quién iba en esa camioneta? —preguntó Jonathan. Estaba desorientado, con la mirada clavada en mí, llena de una preocupación genuina.

—Eran ellos, Jonathan… —le extendí el celular con la mano temblorosa. —. Pudieron matarnos… así de fácil.

Jonathan leyó el mensaje en silencio. Vi cómo su mandíbula se tensaba, apretó los dientes y una furia oscura le nubló la vista. Sin embargo, cuando volvió a mirarme, suavizó el gesto y me atrajo hacia su pecho. Ese abrazo protector, que antes me sorprendía, ya se me estaba haciendo una costumbre necesaria para no desmoronarme.

—Sube al auto. Ahora mismo.

Asentí, separándome de su calor. Casi tropecé al entrar al vehículo; un segundo después, él ya estaba al volante. Aún se podía respirar el olor a goma quemada, rastro claro del frenazo que estaba marcado en el suelo.

—Esto ya ha llegado demasiado lejos, Dylan. Ya no es una nota o un mensaje estúpido; hoy casi nos matan. Vienen por nosotros. ¿Qué pasará cuando decidan que ya no te necesitan más?

—No lo entiendo… ¿Qué quieren de mí? ¿Qué es lo que no obtuvieron de Alejandro ni de Melanie? —Mi voz sonó pequeña, ahogada por la duda.

Jonathan arrancó el auto. Podía notar que no lograba procesar todo lo que había pasado; su cara expresaba una furia desmesurada y sus manos apretaban el volante con fuerza.

l llegar a la escuela, bajé del auto casi tropezando; mis dedos seguían vibrando por la adrenalina. No tenía pistas, no tenía un plan, no tenía nada. De pronto, sentí una humedad cálida escurriendo de mi nariz. Me pasé la mano y vi el rastro rojo: sangre. El fuerte golpe contra el tablero durante el frenazo finalmente pasaba factura. Jonathan se acercó rápido con un pañuelo y lo presionó contra mi cara; su tacto era firme pero cuidadoso.

—¿Estás bien? —preguntó, buscándome los ojos.

—Lo estaré —le quité el pañuelo, queriendo recuperar un poco de control sobre mi propio cuerpo, y terminé de limpiarme solo.

Caminamos hacia la entrada, pero me detuve en seco. Pablo estaba ahí, charlando y sonriendo con una confianza que me dio escalofríos. Estaba con Felipe. Nos acercamos lo suficiente para captar el final de la conversación.

—Nos vemos esta noche —dijo Pablo con una sonrisa ligera. Felipe asintió, desviando su mirada hacia mí con una expresión cargada de burla.

—En tu casa a las nueve. Muy bien, nos vemos —Felipe se despidió con una estúpida sonrisa burlona dirigida a mí y se alejó.

Pablo se acercó a nosotros, como siempre, con el celular pegado a la mano.

—¿Qué hacías hablando con Felipe? —solté, incapaz de ocultar mi confusión—. No sabía que eran tan cercanos. Digo, va a ir a tu casa... ¿Para qué? ¿Qué demonios van a hacer ahí?

—¡Joder, Dylan! Aleja tus sucios pensamientos de esa cabeza —Pablo soltó una carcajada y negó con la cabeza—. ¿Recuerdan lo que habíamos planeado? —preguntó sin darnos tiempo a responder—. Tenemos que investigar qué pasaba con Alejandro. Surgió una oportunidad y me pareció perfecto preguntarle a Felipe directamente. Mientras tanto, ustedes pueden encargarse de buscar el celular de Alejandro en su casa.

Asentí, aunque el plan de Jude y Erick se sentía lejano. El funeral de Melanie me había dejado mentalmente agotado, como si todo hubiese sido un sueño que intento recordar.

—Podemos hacerlo —respondió Jonathan por los dos, notando mi silencio.

Nos dispusimos a ir hasta el salón; no faltaba mucho para que la clase iniciara. Gabriela nos alcanzó; junto a ella venían Jude y Erick, quienes ni se molestaron en saludar. Al llegar me sentí extraño, pero aun así fui hasta mi lugar. Ahora había un sitio vacío nuevamente: el de Melanie. Es curioso cómo todo tiene que seguir su curso luego de que alguien muere; es realmente doloroso, pero así tiene que ser.

—No dijiste nada, Dylan. ¿Te parece bien que le pregunté directamente a Felipe? —Pablo me tocó el hombro, sacándome de mis pensamientos.

—Me parece bien, solo… ten cuidado —le pedí con un nudo en la garganta—. Felipe es nuestro principal sospechoso. No quiero que te pase nada; no puedo con otro funeral, Pablo.

—¿Habrá otro funeral? —Erick se asomó a la conversación con su tacto habitual—. ¿Ahora quién se murió?

—Eres un estúpido, Erick —sentenció Gabriela, dándole un golpe en la nuca que lo hizo quejarse mientras se sobaba.

El profesor nos regañó y traté de mirar al pizarrón, pero era inútil, realmente no me interesaba la clase. Mis ojos volvían una y otra vez al asiento vacío de Melanie. La última vez que hablamos fue aquel día que el profesor expuso nuestros mensajes frente a todos. Nunca pudimos cerrar ese tema. Sé que ella, con su inteligencia, habría descifrado esto. En cambio yo… yo me sentía perdido.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.