¿Qué era Pablo para Alejandro? ¿Qué era? Con esa pregunta supe que todo se iba a poner realmente mal. Todos nosotros éramos importantes para él y ahí está el detalle: todos estamos en peligro. El pánico me cerraba la garganta; no podía permitir que otro de nosotros terminara en un ataúd.
—Dylan, ¿estás bien? —preguntó Jonathan, observándome con confusión.
Negué con la cabeza de inmediato. El mensaje de Pablo resonaba en mi mente como una sentencia: "Si no te vuelvo a mandar otro mensaje, es porque me asesinó". Mi mente maquinaba las peores formas en las que Pablo podría estar muriendo; no podía sacarme de la cabeza la idea de que, al llegar, lo encontraría igual que a Alejandro en mi propia casa.
—Tenemos que ir a casa de Pablo, por favor —susurré, sintiendo que la voz se me escapaba.
—Debe de estar con Felipe ahora, ¿seguro que quieres molestarlo?
—¡Está en peligro, Jonathan! ¡Acelera! —grité, incorporándome de golpe en el asiento—. ¡Lo van a matar!
Salí del chat del Desconocido, busqué el contacto de Pablo e intenté llamarlo una y otra vez. En todas me mandó a buzón de voz, como si su celular estuviera muerto. ¡Maldita sea! ¡Atiende! Siempre estás con el celular pegado a las manos y ahora que te necesito no respondes. Los nervios me consumían vivo. Jonathan empezó a conducir con agresividad, cambiando de carril bruscamente para evadir a los vehículos que se interponían en nuestro camino.
Llegamos derrapando frente a la casa de Pablo. Salté del auto antes de que Jonathan terminara de frenar y, casi tropezando con mis propios pies, corrí hasta la puerta principal para golpearla con desesperación.
—¡Pablo! ¡Abre! ¡¡Pablo!!
Pasaron unos segundos eternos sin respuesta. Mis nervios se dispararon. Giré la perilla y, para mi sorpresa, la puerta cedió. Entré con la respiración tan agitada que tuve que detenerme un segundo para no perder el equilibrio.
—¿Pablo? —Jonathan llegó tras de mí, pero yo ya estaba subiendo las escaleras a zancadas.
Llegué a su habitación con el corazón latiéndome en la garganta. Empujé la puerta esperando lo peor: encontrarlo como a Alejandro, o incluso como a Melanie en aquellas fotos... pero no.
Oh, mierda. Oh, mierda. Me cubrí los ojos de inmediato, retrocediendo con pasos torpes. Sentí mis mejillas arder de la pura vergüenza.
—Pablo... ¿está bien?
—Demasiado bien diría yo. Creo que me preocupé por nada —murmuré para mí mismo, aún con la cara encendida.
Me di la vuelta hacia Jonathan, quien me miraba entre confundido y burlón.
—¿Qué está pasando ahí adentro?
Antes de que pudiera responderle, mi celular vibró. Un nuevo mensaje del Desconocido.
Desconocido: "Mientras más pasa el tiempo, él quiere seguir con lo que le prometió a Alejandro. Ten mucho cuidado, Dylan, él es capaz de cualquier cosa."
Dylan: "No entiendo qué pretende con esto, qué quiere de nosotros. ¿Cuál era su problema con Alejandro? ¿Por qué ahora nos quiere matar a nosotros? Necesito respuestas, por favor."
La puerta de la habitación se abrió y salió Pablo, vistiendo únicamente ropa interior.
—Dylan, se sugiere que cuando llegues a casa de alguien toques la puerta antes de entrar, y más si vas directo a su habitación —Pablo soltó una carcajada—. Me cortaste toda la inspiración.
Sentí un par de lágrimas resbalar por mis mejillas; no me importaba lo ridículo de la situación. Me lancé a él y lo apreté en un abrazo fuerte.
—¡Pablo! Maldita sea, me alegra tanto que estés bien.
—Pero ¿qué pasa? —Pablo me separó un poco, mirándome con extrañeza.
—Pensé que te habían matado —le extendí el celular para que leyera el mensaje—. Tu texto tampoco ayudó mucho, idiota. ¿Por qué escribes eso y luego apagas el maldito teléfono?
Pablo se disculpó entre risas y se metió a cambiar. Jonathan y yo bajamos a la sala, hundiéndonos en los sillones con la cabeza llena de dudas. Jamás imaginé encontrarme a Pablo en esa situación, pero lo prefería mil veces a verlo como a "Ale".
—¿Con quién estaba? —preguntó Jonathan.
—No tengo idea, solo vi piel, no alcancé a ver caras —dije, soltando una risa nerviosa—. Pensé que Felipe estaría aquí, pero parece que no.
—O tal vez una de esas "pieles" que viste era la de él.
Negué con la cabeza. Mis ojos con miopía no me engañan tan fácil: la persona que estaba con Pablo era una chica, definitivamente no era Felipe.
—¿Fueron a casa de Alejandro? —preguntó Pablo mientras bajaba las escaleras, ya vestido.
—Descubrimos que Alejandro recibía notas. Estaba metido en algo bastante grave, Pablo. Y ahora esos problemas nos salpican a nosotros y por eso nos quieren asesinar.
Pablo se quedó mudo, procesando la información. En ese momento, mi vista se desvió hacia la chica que bajaba tras él con una sonrisa radiante.
—Hola, chicos. Qué gusto verlos.
—¿Elena? —Era una compañera de clase. Nunca habíamos sido cercanos a ella, pero por lo visto, Pablo sí. —. ¿Elena es la razón por la que no sueltas el celular?
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Editado: 19.05.2026