POV Gabriela.
Mis pies se movieron por instinto antes de que mi cerebro pudiera procesar lo que ocurría. Subí las escaleras de dos en dos, intentando que mis pisadas no crujieran sobre la madera, aunque mi respiración agitada parecía gritar mi ubicación a los cuatro vientos. Entré en mi habitación y cerré la puerta tras de mí, con un cuidado extremo para no producir el más mínimo ruido.
—¡Gabriela! ¡Háblame! ¡¿Qué está pasando?! —El grito de Dylan desde el celular, que aún apretaba contra mi oreja, me hizo dar un saltito; lo había olvidado por completo.
—Están aquí, vienen por mí… ¡Date prisa, por favor! —susurré, pegándome a la madera de la puerta, como si mi propio cuerpo pudiera evitar que alguien entrara.
Retrocedí instintivamente al escuchar que las pisadas subían los escalones. Eran dos personas, tal como Dylan me había advertido. El pánico me dominó; corrí y me deslicé debajo de la cama. Con la mano traté de ahogar mi ruidosa respiración. Estaban justo afuera, listos para terminar conmigo. Los pasos se detuvieron y, de pronto, se escucharon unos leves toques en la puerta.
—¡Dylan! Están aquí, están tratando de entrar… me van a matar, Dylan.
—Escúchame bien, Gaby —la voz de Dylan era ahora un susurro urgente, cargado de impotencia—. No cuelgues. Escóndete en el clóset, métete debajo de la ropa y no hagas ni un solo ruido. Estamos a cinco minutos, Jonathan va muy rápido. Por lo que más quieras, no hables.
Hice lo que me pidió. Salí de debajo de la cama intentando ser demasiado silenciosa y me metí en el clóset. Justo cuando cerraba la puerta, alcancé a ver dos siluetas entrando en mi habitación. Mierda, mierda. Venían por mí. Me puse en posición para correr en caso de que abrieran el armario; no podía esconderme entre la ropa, eso me dejaría indefensa. Respiré hondo, sintiendo que mis piernas se desvanecían, pero tenía que intentarlo.
La puerta del clóset estaba a punto de abrirse. Empujé con todas mis fuerzas para salir y corrí en dirección a la salida de la habitación, pero me detuve en seco. Era mi hermano, solo él.
—¿Qué mierda te pasa? ¿Por qué estabas escondida? —preguntó Mauro, desconcertado.
No pude articular palabra. La maldita paranoia comenzó a abandonar mi cuerpo y, en un arranque de adrenalina y furia, comencé a lanzarle golpes. ¡Hijo de perra!
—¿Qué mierda te pasa a ti? ¡Casi me matas del susto! Creí que venían a asesinarme.
—¡Gabriela! —gritó Dylan desde el móvil—. ¡¿Qué pasa?! ¿Estás bien?
Mi hermano me miraba con total confusión mientras se sobaba los golpes que le acababa de dar.
—Estoy bien, Dylan, solo era mi hermano.
—¿Qué está pasando, Gabriela? ¿Por qué alguien querría matarte? ¿En qué carajo estás metida? —preguntó Mauro.
Colgué la llamada, no sin antes decirle a Dylan que aun así debían venir; ahora mi hermano estaba involucrado en todo esto.
—Es una historia muy larga, Mauro. No hay tiempo ahora, pero ¿qué haces aquí? Pensé que estarías en casa de tu novia con mamá y papá.
—Eso era mentira, queríamos darte una sorpresa por tu cumpleaños. Ven —mi hermano me tendió la mano para que lo siguiera.
Bajamos las escaleras. Al llegar al final, vimos la puerta principal abierta de par en par. Mauro se detuvo, confundido.
—Espera… Yo no dejé la puerta abierta —murmuró, girándose hacia la sala—. Qué extraño.
Afuera vi el auto de Jonathan aparcar. Por fin respiré tranquila; la compañía que tanto anhelaba ya estaba aquí.
—¿Quién es ese? —la voz de mi hermano me sacó de mis pensamientos.
Pensé que se refería a Jonathan, quien bajaba del auto, pero no. La mirada de Mauro estaba fija en la cocina. Allí había alguien. Vestía una chamarra negra, llevaba un pasamontañas y, para mi horror, sostenía un arma con manos enguantadas. Vi su dedo deslizarse por el gatillo y disparar hacia nosotros.
***
POV Dylan.
Por fin habíamos llegado. Pude ver a Gabriela junto a su hermano en el recibidor; ella nos sonrió y sentí un alivio inmenso al verla a salvo. Bajamos del auto, pero justo cuando íbamos a caminar hacia la entrada, dos disparos rasgaron el aire. No supe de dónde venían.
—¡Dylan, al suelo! —sentí el peso de Pablo sobre mis hombros, obligándome a tirarme.
Me cubrí los oídos. El sonido fue ensordecedor. Un disparo tras otro me llenaron de terror. ¿Qué estaba pasando? ¿De dónde venían las balas?
El sol ya se ocultaba. Los ladridos de los perros del vecindario se mezclaron con unos gritos desgarradores que provenían del interior de la casa. Me levanté de golpe y corrí hacia adentro. Mis ojos no daban crédito a lo que veían.
—¡No! —grité, aterrado.
Corrí hacia Gabriela. Estaba de rodillas junto a Mauro, quien presentaba una herida en el estómago. La sangre brotaba sin control mientras ella presionaba la zona con desesperación.
—No mueras, Mauro, por favor —repetía ella una y otra vez, con la mirada perdida en la impotencia.
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Editado: 19.05.2026