Desconocido

Capítulo 21. "La despedida"

El grito de Jonathan fue como un golpe seco contra mi cara. Lo miré hundir su pie contra el pedal del freno repetidas veces, con una desesperación que me heló la sangre al no obtener respuesta. Íbamos directo a la intersección, la misma donde el Desconocido casi nos choca hace poco. Oh, mierda, realmente quieren deshacerse de nosotros.

—¡Por favor, haz algo! —grité, sintiendo mi corazón martillear contra las costillas, casi saliéndose de mi pecho.

—¡Sujétate! —rugió él.

Vi cómo su mano derecha volaba hasta la palanca de cambios con una agilidad sorprendente. No sabría explicar muy bien qué fue todo lo que hizo, porque no sé conducir, pero me pareció ver que estaba bajando las velocidades de forma brusca. El auto empezó a tambalearse; una vibración violenta recorrió todo, haciéndonos sacudir como muñecos de trapo. Ay, mierda.

—¡Vamos a morir! —el chillido de Elena perforó mis oídos. La sentía aferrada a mi asiento, con los dedos clavados en la tela.

Jonathan tiró del freno de mano con toques cortos y precisos, para evitar que las llantas se bloquearan y perdiéramos el control total. Pensé que nos volcaríamos en cualquier segundo, pero el auto se mantuvo sobre el camino. El vehículo empezó a derrapar de lado; el olor a llanta quemada inundó la cabina en un instante, asfixiándonos. Atravesamos la intersección sanos y salvos, mientras escuchábamos los chirridos de otros autos frenando detrás de nosotros.

El pie de Jonathan seguía golpeando con rabia el pedal del freno, hasta que, de un momento a otro, el sistema respondió. Frenamos de golpe. Mi cuerpo salió disparado hacia adelante. Aunque el cinturón se trabó y me quemó la piel del pecho, no pudo evitar que mi frente golpeara contra el tablero.

Un estallido de luces blancas nubló mi vista. Por un momento, el silencio fue absoluto. Mi visión se tornó borrosa y sentí que el mundo se desvanecía, pero logré mantenerme consciente. Sentí unas manos frías tomarme de la cara. Un ligero hormigueo recorrió mis párpados y luego bajó hasta mis mejillas. Estaba sangrando.

—¿Dylan? ¿Estás bien? —la voz de Jonathan sonaba lejana, distorsionada.

—Creo que sí… —logré articular, aunque las luces de la calle se seguían viendo borrosas—. ¿Qué pasó con los frenos?

—Se cortaron, Dylan. No había nada ahí —dijo con la voz quebrada, casi en un susurro—. Si no bajo las velocidades a tiempo, nos matamos.

No entendía mucho, pero sí me alegraba no habernos matado en ese cruce. Llevé mi mano a mi cara y limpié un poco mi sangre. Elena me ayudó.

En ese momento, mi celular vibró en mí pecho. Con un esfuerzo sobrehumano y las manos temblorosas, lo tomé. El mensaje del Desconocido estaba ahí, esperando, como si hubiera estado disfrutando del espectáculo.

Desconocido: “Creo que Jonathan tendrá que llevar su auto al mecánico”.

“¿Estás bien? ¿Moriste?”.

“En verdad espero que sigas con vida, pero sé que con lo que hice a los frenos tal vez hay un cincuenta por ciento de probabilidad de que se hayan matado. Nunca he ido a un funeral múltiple, me pregunto cómo se ponen de acuerdo para hacerlo o cómo está el asunto”.

Es un hijo de perra. Mi mente buscaba respuestas desesperadamente. ¿En qué momento pudo alterar los frenos? Si no estuvimos tanto tiempo en casa de Gabriela y la policía llegó de inmediato. Nada tenía sentido.

—Podemos caminar al hospital —la voz de Gabriela me sacó de mi aturdimiento. Estábamos a pocas calles.

Caminamos el trayecto final en silencio, solo se podían escuchar nuestros pasos sobre el pavimento. Al llega al hospital el ambiente estéril y el olor a desinfectante me mareo un poco más. Fuimos a la recepción y preguntamos por Gabriela y por su hermano.

—Ambos acaban de salir de cirugía. Por suerte no fue muy grave ni invasiva, podrán pasar a verlos en unos minutos. Si gustan, pueden esperar en la salita de allá —informó la recepcionista con una amabilidad que contrastaba con el caos de mi cabeza.

Nos sentamos en la sala de espera sin cruzar palabra. Sentía la cabeza martillearme con cada latido, pero no iba a descansar hasta ver a mi amiga.

Jugueteé con el celular, debatiéndome entre el silencio y la furia. Al final, el enojo ganó la batalla, comencé a escribir.

Dylan: “Hijo de puta, te costará demasiado deshacerte de mí. Ten por seguro que voy a saber quién mierda eres y te haré pagar por lo que has hecho”.

Desconocido: “Ay no, qué miedo. Dylan, contrólate. Que te hayas salvado no quiere decir que ya seas invencible, son mis planes los que te dejaron con vida. Por cierto, nunca sabrás quién soy”.

Dylan: “¿Por qué lo haces? ¿Qué fue lo que te hizo Alejandro que te molesta tanto?”.

Desconocido: “Algún día lo sabrás, supongo”.

Bloqueé la pantalla y vi que Elena hacía lo mismo, con una expresión que no pude descifrar. Se puso de pie y caminó hacia una máquina expendedora en busca de algo que le calmara los nervios.

Le sonreí débilmente, agradecido por su lealtad. Luego, giré la cabeza hacia Jonathan, quien estaba sentado a mi lado. Me miraba fijamente, con una sonrisa dibujada en el rostro.




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