Desconocido

Capítulo 22. "El interrogatorio” [Parte 1.]

Sentí que el aire me faltaba. Escuchar esas palabras salir de la boca de Jonathan me golpeó con la fuerza de un impacto físico. Esa sonrisa, que antes me transmitía paz, ahora se sentía como una burla vil tallada en su rostro.

—Dime que es broma —mi voz salió como un hilo quebrado, un susurro que apenas lograba cruzar el espacio entre nosotros—. Jonathan, por favor… dime que estoy soñando y que no acabas de decir eso en serio.

Él no parpadeó. La sonrisa seguía ahí, estática, aterradora. Quiso estirar su mano libre para tomar la mía, pero retrocedí instintivamente. No podía ser posible. Le había entregado toda mi maldita confianza.

—¿Un sueño? —su risa fue un sonido seco, carente de cualquier emoción humana—. Dylan, siempre fuiste demasiado ingenuo. Te di todas las señales. Te salvé la vida hoy solo para que pudieras ayudarme ahora.

Negué con la cabeza, y salté de la cama para alejarme de él. Jonathan soltó una carcajada amarga y dio un salto para salir también del colchón, acorralándome. Su rostro cambió por completo; la máscara de amigo protector se desintegró, revelando una furia volcánica.

—No es verdad, estás bromeando. No eres tú —balbuceé, chocando contra la pared.

—Lo soy. Y quiero tu ayuda. Prometiste que me ayudarías.

—¡No! No te voy a ayudar. Irás a la cárcel y pagarás por todo lo que hicieron. ¿Quién es el otro Desconocido? ¡Dime!

Una furia desbordante lo invadió. Se lanzó hacia mí con las manos extendidas, como garras. El impacto de su cuerpo me lanzó al suelo, sacándome el aire de los pulmones.

—¡Di que me ayudarás! ¡No me obligues a matarte! —rugió sobre mí.

—¡Vete a la mierda, maldito asesino! —grité con todas mis fuerzas.

Eso terminó de enfurecerlo. Sus manos se cerraron alrededor de mi cuello. Intenté gritar de nuevo, pero solo obtuve un chillido ahogado. Sus ojos estaban fijos en los míos, inyectados en sangre, disfrutando de cada segundo de mi agonía. Mi vista empezó a llenarse de puntos negros y el rostro de Jonathan comenzó a distorsionarse, fundiéndose con las sombras de la habitación…

De pronto, abrí los ojos de golpe.

Estaba bañado en sudor y el pecho me subía y bajaba frenéticamente mientras intentaba respirar. Miré a mi alrededor: la habitación estaba en silencio, bañada por la luz de la mañana. No había nadie. Todo había sido una maldita pesadilla.

Recobré el aliento poco a poco y tomé mi celular de la mesita de noche. Esperaba encontrar el mensaje real del Desconocido con la dirección del encuentro, pero la pantalla estaba limpia. Nada.

Hoy se cumplían exactamente dos semanas desde la fiesta de Jude. La fiesta que lo cambió todo; la noche en que murió mi mejor amigo. Me incorporé en la cama, sintiendo el peso de los días. Todo se sentía irreal, como si estuviera atrapado en un sueño largo y retorcido del que no podía despertar, pero la realidad era mucho más cruel.

—¡Dylan! —el grito de mi hermana, Sarah, llegó desde el otro lado de la puerta acompañado de unos toques suaves—. ¡Jonathan está aquí!

Al escuchar su nombre, los flashes de mi pesadilla regresaron con una nitidez espantosa. Tragué saliva, sintiendo un nudo en la garganta.

—Dile que puede subir —respondí, tratando de ocultar el temblor en mi voz.

Mi mirada se quedó fija en el suelo, justo en el lugar donde, en mi sueño, él estaba a punto de asesinarme. La paranoia me estaba consumiendo. Necesitaba la verdad antes de volverme loco.

La puerta se abrió y Jonathan entró. Al verlo, mi corazón dio un vuelco, pero esta vez fue de alivio al notar que su rostro no mostraba rastro de odio, sino la calidez de siempre. Suspiré, soltando una tensión que no sabía que contenía, y le sonreí débilmente.

—¿Ya te mandaron la dirección? —preguntó de inmediato.

—Aún no —respondí, revisando el celular por décima vez.

En ese momento, el teléfono vibró. Mi pulso se aceleró, pero no era el Desconocido. Era Pablo.

“Elena me contó todo lo que pasó con Gabriela. Debemos vernos para hablar”.

—Elena le contó a Pablo. Quiere que nos veamos —dije, frotándome la sien.

—Sin problemas, vamos ahora —asintió él con determinación.

Me miré en el espejo de la cómoda. Lucía fatal: ojeras profundas y restos de sangre seca pegados en mi cabello y frente por el accidente de ayer.

—Antes debo ducharme —le dije con una pequeña sonrisa—. ¿Vienes?

Esperé a que recordara nuestra conversación en el auto y su reacción fue instantánea. Una sonrisa picante iluminó su cara.

—Tampoco tengo problema con ello. Créeme, lo disfrutaría.

Me eché a reír. Estaba nervioso, pero era una risa defensiva. Jonathan comenzó a acercarse con intenciones claras y supe que debía frenarlo; no era el momento para distracciones, especialmente con mi mente tan fragmentada.

—Soñé contigo —solté de golpe. Él se detuvo en seco, retrocediendo un paso con un gesto de confusión—. Me decías que eras el Desconocido y luego intentabas matarme porque no quería ayudarte.

Se hizo un silencio gélido.




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