Desconocido

Capítulo 23. "Te dije que vinieras solo"

La pantalla de mi celular resplandecía con el mensaje del desconocido. Tragué saliva; el nerviosismo me recorría el cuerpo como una descarga eléctrica. El juego ya había escalado de nivel y era hora de encontrarme, frente a frente, con él. No dije nada, ni me atreví a responder. Mi mirada se perdió en Jonathan, quien se había acercado al escritorio para tomar el teléfono de Alejandro e intentar desbloquearlo.

—El celular tiene contraseña —sentenció Jonathan, deslizando el pulgar por el cristal como si esperara que el código se dibujara por arte de magia—. Era de esperarse. Alejandro no era de los que dejaban su vida expuesta a cualquiera.

Jude y Erick se acercaron a Jonathan, formando un círculo a su alrededor. Yo guardé mi propio teléfono en el bolsillo trasero del pantalón, sintiendo el peso muerto del mensaje que acababa de recibir. Guardé silencio; no mencioné que el desconocido acababa de citarme.

—Déjame intentar —le pedí, aproximándome con las manos aún temblorosas—. Creo que sé cuál es.

Jonathan me dedicó una sonrisa y me lo entregó. El dispositivo se sentía frio, casi como si el rastro de Alejandro todavía estuviera impregnado en él; un escalofrío me recorrió la columna. Mis dedos se deslizaron por el teclado numérico, marqué la secuencia y, en efecto, la clave seguía siendo la misma de siempre.

Un breve clic nos indicó que el acceso estaba libre. Sonreí con amargura al recordarla; me aliviaba que Alejandro no se hubiera molestado en cambiarla.

—Lo desbloqueaste —susurró Jude, con una mezcla de emoción y asombro.

Asentí, justo cuando sentí mi propio celular vibrar contra mi pierna. Suspiré profundamente, le devolví el teléfono desbloqueado a Jonathan y me aparté unos pasos, buscando la distancia necesaria para leer el nuevo mensaje. Esta vez, estaba decidido a confrontarlo.

Desconocido: “¿Dylan?”

Dylan: “No aceptaré verte en esa ubicación. Necesito una garantía de que estaré bien y de que no intentarás matarme.”

Mi mente comenzó a proyectar escenarios fatales. La cita era en un edificio que llevaba años en el abandono: el escenario perfecto para un crimen impecable.

Desconocido: “Tienes mi palabra de que no te pasará nada. Yo también busco protegerme; quiero una oportunidad de salida si decides traicionarme.”

Dylan: “Está bien. Estaré ahí en una hora.”

Levanté la vista hacia Jonathan. Parecía que me habían estado esperando, pues en la pantalla todavía brillaba el fondo de inicio: una fotografía de Alejandro junto a su novia, Karime.

—Revísalo tú, Dylan —Jonathan me tendió el celular y lo tomé con manos torpes.

Entré de inmediato a la aplicación de mensajería, no sin antes notar la avalancha de notificaciones acumuladas. Mi corazón se aceleró violentamente; el miedo a lo que pudiéramos descubrir me oprimía el pecho.

—Busca los chats más recientes —ordenó Erick, señalando el mar de mensajes sin leer.

En la lista había tres conversaciones fijadas: Melanie, Karime y yo. Había mensajes de Pablo, Gabriela, Felipe, Jude y varios nombres que no lograba reconocer. Sin embargo, lo que me heló la sangre fue un chat con un número guardado simplemente como “Desconocido”.

Entré en la conversación y los mensajes se desplegaron ante mis ojos. El primero coincidía con la nota que ya habíamos encontrado en casa de Alejandro: “Hola, Alejandro, me gustaría jugar un pequeño juego contigo. Tú tienes que adivinar quién soy; esto es solo el inicio”.

Justo cuando iba a deslizar la pantalla para leer el resto, mi celular vibró de nuevo, captando la atención de Jonathan.

—¿Te envió la dirección? —preguntó con sospecha.

Dudé un instante, pero terminé por asentir. Él me observó con incredulidad, molesto de que no le hubiera dicho nada antes. Pero no quería involucrarlo; si algo salía mal y él terminaba muerto, la culpa me perseguiría de por vida.

Desconocido: "Ven en media hora, no llegues tarde."

—Será mejor que nos adelantemos —Jonathan me arrebató el teléfono de Alejandro y bloqueó la pantalla—. El celular puede esperar, ahora hay algo mucho más urgente.

—¿Podemos ir? —intervino Jude.

Negué con la cabeza de inmediato.

—¡No! Nadie puede ir. Si él los ve, pensará que es una emboscada y no sabemos cómo reaccionará. Así que no, ni siquiera tú, Jonathan —me alejé, asegurando mi teléfono en el bolsillo—. Iré solo. Quédense aquí, tendré el celular encendido en todo momento para que estén tranquilos.

Jonathan se levantó de la silla, visiblemente irritado.

—No voy a permitir que vayas por tu cuenta, ¿estás loco? Ni siquiera sabes si te están tendiendo una maldita trampa.

—Estaré bien. Además, son sus reglas, no las mías.

Sin darle espacio a replicar, me giré y caminé hacia la puerta de mi habitación. Justo antes de salir, Jonathan me sujetó de la mano, deteniéndome en seco.

—¿Dónde es el encuentro? —preguntó. Su preocupación era genuina.




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