Desconocido

Capítulo 24. "Identidad revelada"

Me giré con el corazón martilleando contra las costillas, pero lo que vi me dejó paralizado. No podía ser él. Mi mente, en un intento desesperado por protegerme, buscó una salida lógica: esto tenía que ser una broma, un malentendido... cualquier cosa menos la realidad que mis ojos confirmaban.

—¿Qué haces aquí? —solté con la voz rota, retrocediendo un paso—. Jonathan va de camino a tu casa ahora mismo... hubo una emergencia...

Ni siquiera pude terminar la frase. Mi propia negación sonaba ridícula en el vacío del edificio.

—¿En serio? ¡Dios, Dylan! —Él soltó una carcajada seca, carente de cualquier rastro de la calidez que solía fingir—. Creí que eras más inteligente, que armarías el rompecabezas desde el principio, pero resultaste ser un estúpido.

Se acercó a mí con una confianza que me dio náuseas. Vestía completamente de negro: el pantalón, los tenis, la chamarra y esa gorra que proyectaba una sombra afilada sobre sus ojos, ocultando al Pablo que yo creía conocer.

—¿Eres tú? —mi voz apenas fue un susurro—. ¿Tú eres el desconocido?

—En carne y hueso —sentenció Pablo, deteniéndose a escasos metros.

Sus manos, las mismas que tantas veces me habían dado una palmada de apoyo, sostenían el celular con una frialdad aterradora. Bajó la vista hacia la pantalla, sus pulgares se movieron con una agilidad mecánica y, un segundo después, el pitido de mi notificación desgarró el silencio del lugar.

Saqué mi teléfono con manos temblorosas. Ahí estaba la prueba final grabada en mi pantalla:

Desconocido: "Sorpresa, Dylan."

Comencé a negar con la cabeza mientras retrocedía poco a poco, intentando alejarme de él. Pablo mantenía una enorme sonrisa en su rostro; no sabía si estaba disfrutando de mi miedo o emocionado por haber revelado su secreto.

—¿Por qué no lo impediste? —pregunté casi gritándole, la furia empezaba a ganarle al miedo—. Si dices que estuviste esa noche, ¿por qué mierda no ayudaste a tu amigo?

Pablo agachó la mirada sin decir nada. La rabia crecía en mi pecho y él seguía sin mirarme a la cara, perdiendo la arrogancia de hace unos segundos.

—¡Responde, por favor! —le supliqué.

—No pude hacer nada, Dylan —Pablo por fin habló—. Habrían sido dos muertes esa noche si yo intentaba protegerlo.

—¡Mentira! —volví a gritarle—. Sabes que no es verdad. Ustedes eran dos contra uno, habrían vencido. ¡No vengas con tu mierda de que ambos habrían muerto! ¡Tú pudiste haberlo ayudado!

Pablo acortó la distancia entre nosotros con pasos rápidos. Me tomó por los hombros y, por un segundo, me quedé inmóvil. En su mirada pude ver un destello del chico de antes, el que me prometió ayudarme. «¡Es un imbécil!», gritaba mi interior, pidiéndome que me alejara de ese asesino, pero mis músculos no respondían.

Sentí mis piernas temblar; por un momento pensé que me desplomaría, pero me mantuve firme. En un movimiento violento, le quité las manos de encima. Me sujetaba con una calidez que me resultaba insultante.

Él me miró confundido; yo le devolví una mirada cargada de desprecio. No iba a dejar que me lavara el cerebro con sus excusas. Tenía opciones: pudo haber ganado tiempo para que Mel y yo llegáramos, pudo haber hecho mil cosas y no hizo nada.

—¿Quién es el otro? —le grité.

Pablo pareció dudar, pero finalmente negó con la cabeza.

—No puedo decirte aún. Está tras de mí, sospecha que quiero culparlo de todo. Dylan, tienes que ayudarme, por favor...

El pensamiento de ayudarlo me revolvía el estómago. ¿Cómo confiar en él? Mi mente era un desastre, una lucha constante entre la paranoia y el cariño que alguna vez le tuve. ¿Pablo mentía? ¿Decía la verdad? ¿Realmente no fue él quien mató a Alejandro? Las preguntas se multiplicaban sin control. Su mirada se sentía como un peso muerto sobre mi cuerpo mientras esperaba una respuesta.

—Por favor, responde —suplicó Pablo. Se veía realmente nervioso.

Asentí. Fui débil, pero necesitaba saber más. Tenía que seguirle el juego si quería la verdad.

—Primero necesito que me cuentes todo: cómo llegaron esa noche a mi casa, el motivo... ¡Todo! Incluso el nombre de quien, según tú, mató a Alejandro.

—Prometo que te lo contaré todo, pero ahora tengo que irme —su voz sonaba apresurada, casi entrecortada—. Antes de irme, necesito que me prometas que nadie, absolutamente nadie, debe saber que nos vimos aquí. Ni siquiera Jonathan. Todo a su tiempo.

Asentí con más dudas que certezas. Sin decir nada más, Pablo se marchó, dejándome solo con un nudo asfixiante en el pecho.

***

POV Jonathan.

Mis pies pedían piedad. El camino había sido largo, pero por fin estaba frente a la casa de Pablo. Toqué la puerta levemente, con un miedo creciente. Tras unos segundos que se sintieron eternos, no hubo respuesta.

—¡Pablo! —grité mientras golpeaba con más fuerza—. ¡Mierda, Pablo!

Silencio total. Mi pecho subía y bajaba con violencia. No me iba a quedar ahí parado; caminé hacia una de las ventanas laterales y, sin pensarlo dos veces, usé una piedra para romper el cristal. Quité los vidrios restantes y salté al interior.




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