No recibí respuesta de inmediato. El flash de luz de mi celular temblaba en mi mano, iluminando la figura de Pablo, quien me observaba de manera amenazante.
—Me mandaron a terminar con esto, Dylan —susurró. Su voz no era la de mi amigo; era algo hueco, carente de alma—. Él me dijo que no podía dejar testigos. Que cualquiera que se interpusiera debía ser eliminado.
—¿De qué hablas? ¿Qué hiciste? —mi voz se quebró mientras mi mirada bajaba, hipnotizada por el cuchillo.
La sangre goteaba rítmicamente sobre mi alfombra. Era un rojo demasiado vivo, demasiado espeso. Un nudo de pánico me apretó la garganta al recordar a mi hermana.
—Sarah abrió la puerta... le pareció extraña la hora y quiso que me fuera, pero yo tengo una tarea que hacer. Ella se interpuso, Dylan. Todos se interponen.
—¡No! —el grito murió en mi garganta cuando Pablo se lanzó sobre mí. Solté la lámpara al suelo junto con mi celular en un intento desesperado por esquivar su ataque.
Sentí el frío del metal hundiéndose en mi pecho, un dolor sordo que rápidamente se convirtió en un estallido de adrenalina. El instinto me ayudó a empujar a Pablo lejos de mí, pero el mundo se volvió borroso. El olor a hierro y el sabor metálico de mi propia sangre inundaron mis sentidos.
—No quiero morir, no estoy listo...
El rostro de Pablo acercándose a mí fue lo último que vi antes de que la oscuridad me tragara por completo.
Desperté de golpe, ahogando un grito. Mi pecho subía y bajaba de forma violenta y el sudor frío me empapaba la camiseta. Llevé la mano a mi pecho, esperando encontrar la herida abierta de mi sueño, pero por suerte no había nada. El sol comenzaba a colarse tímidamente por la ventana, bañando la habitación con una luz irreal. Respiré hondo, tratando de convencerme de que estaba a salvo, hasta que escuché un movimiento.
Allí, sentado en la silla de mi escritorio, envuelto en las sombras pero con los ojos fijos en mí, estaba él. No era una pesadilla. No era una alucinación de mi mente agotada.
—¿Tuviste una pesadilla, Dylan? —preguntó Pablo con una calma que me heló la sangre—. Te estabas retorciendo como un gusano.
—¿Qué mierda...? ¿Qué haces aquí? —Me incorporé de golpe, sintiendo el mareo del despertar brusco—. ¡Sarah! ¿Dónde está Sarah?
Pablo se levantó de la silla y saltó sobre la cama, tapándome la boca con la mano. El mismo miedo de mi pesadilla empezó a invadirme; esperaba sentir el acero en mi pecho, pero no fue así. Él me sonrió con una familiaridad inquietante y se apartó.
—Shhh, no hagas ruido. Tu hermana no sabe que me metí a tu casa —dijo Pablo en un susurro—. Además, nunca te haría daño, Dylan. Jamás.
Suspiré, tratando de calmar mi pulso, pero sin quitarle los ojos de encima. La desconfianza era un sabor amargo en mi boca. ¿Cómo había entrado? ¿Qué buscaba realmente?
—Pasó algo malo, ahora estás en más peligro que antes. Ya no te quiere con vida, quiere acabar contigo —me miró cabizbajo y me rodeó en un abrazo que me resultó asfixiante—. Sin pensarlo, daría mi vida por ti.
—Tienes que contarme todo, Pablo. No entiendo nada.
—Alejandro y tú eran lo más cercano que tengo a una familia. Mis hermanos nunca estuvieron para mí, ni mis padres; solo tú y él —la expresión de Pablo cambió, endureciéndose—. Yo estuve esa noche en tu casa por culpa del dinero. Lo necesitaba, Dylan. La vida para alguien como yo no es fácil, y menos sin el apoyo de la familia.
—¿Por qué no hablaste con nosotros? Si se trataba de dinero, sabes que mi familia no habría tenido problema en ayudarte. Debiste acudir a nosotros.
El despertador en mi mesita de noche empezó a sonar. Lo apagué con un movimiento rápido, observando que Pablo me miraba con una mezcla de vergüenza y arrepentimiento.
—Sé que debí acudir a ustedes y no a él, pero no pensé en las consecuencias de involucrarme en algo tan oscuro. Lo hice por necesidad y, en serio, lo siento mucho. Te juro que mi intención nunca fue que Alejandro muriera; ni siquiera sabíamos que él estaría ahí. Nosotros veníamos por ti, Dylan. Te llevaríamos con nosotros sin que nadie saliera herido.
Me levanté de la cama de un salto al escuchar aquello. Pablo hizo lo mismo.
—Esa noche no debía morir Alejandro. Los planes eran otros.
—¿Por qué a mí?
Antes de que Pablo pudiera responder, la puerta se abrió, dejando ver a Sarah. Se veía tan tranquila, tan ajena al caos que se estaba gestando en mi habitación.
—Hablé con los padres de Jude —dijo ella, ignorando o no notando la presencia de Pablo en la penumbra del rincón—. No harán un funeral; será una pequeña misa en la iglesia a la que asistían, pero únicamente puede ir la familia.
Yo solo asentí, confundido. ¿Cómo era posible que sus padres no nos permitieran despedirnos? Caminé hasta mi clóset y tomé algo de ropa, sintiendo que las palabras de Pablo me habían dejado más preguntas que respuestas.
—Necesito saberlo todo —le dije en voz baja cuando Sarah se retiró—. Pablo, tienes que decirme el nombre del asesino de Alejandro.
Pablo negó de inmediato mientras sacaba su celular.
#126 en Terror
#974 en Thriller
#440 en Misterio
misterio, misterio terror suspenso, asesinato paranormal terror
Editado: 19.05.2026