Me quedé mirando la pantalla del celular hasta que la luz se desvaneció, dejando mi rostro reflejado en el vidrio negro como un espectro. Las palabras de Pablo seguían martilleando en mi cabeza, si aquello era cierto, aceptar un encuentro cara a cara no era una búsqueda de respuestas; era, sencillamente, entregarme a mi propio asesino.
Mis dedos temblaron sobre el teclado táctil. Tragué saliva, sintiendo la garganta seca como la arena, y pulsé enviar antes de que el valor se me escapara por los poros.
Dylan: “No voy a verme contigo. Lo siento, pero todo lo que tengas que decirme puedes hacerlo por aquí, como hasta ahora.”
La respuesta vibró en mi mano casi al instante, con una inmediatez que me dio escalofríos, como si el otro estuviera al acecho, pegado a la pantalla.
Desconocido: “Qué decepción, Dylan. Pensé que eras más valiente o, al menos, más inteligente. Te daré hasta mañana a esta misma hora para que aceptes mi invitación. Si no lo haces, ten por seguro que algo muy malo va a pasar.”
El mensaje me hizo tambalear. Sentí que el suelo se inclinaba y tuve que apoyarme en la pared para no desplomarme. ¿Qué mierda le pasa?, pensé con una mezcla de ira y terror. ¿Realmente esperaba que caminara por mi propio pie hacia el matadero? Bloqueé el teléfono y lo hundí en mi bolsillo; su peso se sentía ahora como el de una bomba de tiempo.
Bajé las escaleras haciendo un esfuerzo sobrehumano por recomponer mi expresión. Antes de alcanzar el último escalón, el aroma a café recién hecho y panqueques calientes me golpeó de frente. Por un segundo, la esperanza me engañó: deseé que fuera mi madre, que después de una eternidad de ausencia emocional hubiera decidido preparar el desayuno. Pero la realidad era distinta.
Desde el umbral de la cocina, vi a Sarah de espaldas. Tarareaba una melodía suave mientras manejaba la espátula con una ligereza que me resultó extraña.
—¿Sarah? —pregunté, incrédulo—. ¿Es verdad lo que estoy viendo?
Ella se giró con una sonrisa radiante. Yo intenté imitarla, pero mi gesto debió parecer más una mueca de dolor que una muestra de alegría.
—Sí, es real. A partir de hoy, he decidido ser una hermana más responsable —dijo, colocando los panqueques en un plato con delicadeza.
—Me sorprende que sepas cocinar —comenté con una risa nerviosa, intentando disimular mi desconcierto.
—Ay, hermanito, parece que hay muchas cosas que aún no sabes de mí. —al escuchar eso, el aire se me atascó en los pulmones—. He estado pensando mucho en todo lo que ha pasado este último mes. Las cosas están muy raras y parece que a nadie le importa. La muerte de Jude y de Melanie, justo después de lo que le pasó a Alejandro aquí mismo... es demasiado sospechoso.
Me senté a la pequeña mesa de la cocina, asintiendo en silencio.
—Así que he decidido que voy a estar más presente. Me aseguraré de que no termines muerto —añadió Sarah mientras se servía café—. Si no lo hago yo, nadie lo hará. Nuestros padres no parecen muy involucrados y supongo que es mi deber como hermana mayor.
Sentí un nudo opresivo en la garganta. Verla allí, intentando rescatar los restos de nuestra rutina familiar, me hizo sentir el peso de mis secretos como una losa de cemento. Ella quería protegerme sin tener la menor idea de que el monstruo ya estaba dentro de mi bolsillo.
***
Más tarde, Jonathan y yo nos dirigimos a casa de Erick. No podíamos dejarlo solo; la pérdida de Jude lo había dejado vulnerable y el hecho de que su propia familia le prohibiera asistir al funeral era un golpe de crueldad innecesario.
Al subir al auto del padre de Jonathan, sentí una urgencia casi insoportable de confesarle todo, pero la lealtad hacia Pablo me mantenía la boca cerrada.
—¿Por qué los padres de Jude harían algo así? —preguntó Jonathan, frunciendo el ceño mientras maniobraba.
—No lo sé. Es su familia y solo nos queda respetar su voluntad. Además, siendo sincero, no creo que pudiera soportar otro funeral —me recosté contra el asiento, cerrando los ojos. El recuerdo del funeral de mi mejor amigo regresó con una fuerza devastadora—. Por cierto, traje el celular de Alejandro. Tal vez sea hora de que hurguemos en sus secretos.
Jonathan conducía con cautela. Su propio auto seguía en el taller, así que avanzábamos despacio en el vehículo de su padre, alerta a cualquier movimiento inusual en las calles.
—Esta mañana vi a Pablo salir de tu casa —comentó Jonathan sin quitar la vista de la carretera—. ¿Todo bien?
—Sí —mentí, tragando saliva con dificultad—. Se había olvidado algo de ropa la última vez que se quedó. Pero... hay algo que sí debes saber.
Ya estábamos aparcando frente a la casa de Erick. Vi a Gabriela y Mauro bajando de su vehículo unos metros más allá.
—¿Qué pasó? —insistió él, deteniendo el motor.
—Es el Desconocido. Pero esta vez siento que es la versión mala. Me amenazó: si no acepto un encuentro mañana, algo terrible va a suceder.
—No hay versiones "buenas", Dylan. Ambos son asesinos. No confíes en ninguno —Jonathan se giró y me sostuvo la mirada con una firmeza que me sorprendió—. No aceptes. Es una trampa obvia. Somos más listos que ellos; vamos a llevarlos al límite, a hacer que se equivoquen. La trampa la pondremos nosotros.
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Editado: 19.05.2026