La casa de Erick se había convertido en un pequeño cuartel de guerra improvisado. Mauro y Jonathan caminaban de un lado a otro, lanzando ideas sobre cómo podríamos acorralar a Felipe para que nos confesara lo que había hecho. Gabriela, por su parte, insistía en que debíamos confrontarlo en ese mismo instante. El ambiente estaba tan saturado de rabia y miedo que todos intentábamos disfrazarlo de valentía.
—¿Tú qué propones, Dylan? —me preguntó Gabriela.
Antes de que pudiera responder, Pablo levantó la mano, captando la atención de todos.
—Tenemos que ir a la policía —soltó de repente, con una voz cargada de una serenidad que me dio escalofríos—. Una llamada anónima sería excelente.
Me quedé helado. No comprendía lo que estaba sugiriendo. Lo miré buscando algún rastro de duda o ironía en sus ojos, pero no había nada; solo esa maldita calma que me impedía descifrar sus pensamientos, lo cual me resultaba aterrador.
¿Cómo puede mentir tan bien?, pensé, sintiendo una punzada de náuseas. Él sabía lo que nosotros no sabíamos. Él conocía la verdad de lo que estaba pasando y, aun así, sugería involucrar a la policía. ¿Por qué ahora sí y antes no? ¿Qué había cambiado?
—No creo que debamos ir a la policía —solté, sorprendiendo a todos—. Primero debemos estar seguros de que Felipe es realmente el asesino. Sé que vimos ese video, pero debemos confirmarlo antes.
Y por fin, después de no haber obtenido reacciones de Pablo, pude verlo: estaba incómodo. Entonces lo supe. La idea de la policía, la llamada anónima y el entregar a Felipe era parte de su plan; quería sacrificar a alguien inocente para que el verdadero asesino quedara libre de toda culpa. Si no fuera así, esa misma mañana ya me habría dicho el nombre del culpable. No lo hizo. Hijo de puta.
—Pueden investigar, ellos sabrán si es culpable o no —intervino Elena.
Elena tomó la mano de Pablo para intentar tranquilizarlo. Él la miró y le dedicó una sonrisa. Me pregunté, y no por primera vez, si ella también estaba al tanto de lo de Pablo. Había algo en su quietud que me hacía sospechar que ella veía las mismas grietas que yo.
Mi celular vibró con una insistencia casi agresiva. Tres mensajes seguidos. Aproveché el momento en que todos analizaban lo que acabábamos de decir para sacarlo. La pantalla se iluminó y, aunque esperaba ver al "desconocido", me equivoqué: eran mensajes de Karime.
Karime: “Dylan.”
Karime: “¿Hola?”
Karime: “Necesito verte. Quiero contarte algunas cosas.”
Me apresuré a responder, sintiendo cómo la incertidumbre crecía en mi pecho. Deslicé los dedos por la pantalla con nerviosismo.
Dylan: “¿Qué cosas? ¿Es algo importante al menos?”
Karime: “Sé lo que estás haciendo. Estás jugando al detective, queriendo buscar a los culpables de la muerte de Alejandro, pero créeme que eres el menos indicado para eso. No sabes nada, Dylan. Solo finges que sí, pero es mentira.”
Jonathan se acercó a mí y su mirada se desvió hacia la pantalla, leyendo la conversación. Tragué saliva sintiendo un nudo en la garganta; no era la primera vez que alguien me decía que no conocía realmente a mi mejor amigo.
—¿Qué es lo que quiere? —preguntó Jonathan, confundido.
Karime: “Hay una solución. Acepta verme y te contaré algunos secretos de mi novio.”
Dylan: “¿Qué pretendes? No voy a caer en tus juegos. Si quieres hablar, dímelo ya y evitamos una reunión innecesaria.”
Karime: “Ay, Dylan. Nosotros no somos enemigos. Yo también quiero saber quién lo mató, por eso quiero ayudarte. Ven a verme ahora.”
En el último mensaje adjuntó una ubicación. Era un parque cercano, lo cual me dio cierta tranquilidad. Suspiré observando a Jonathan, quien parecía estar analizando la propuesta de Karime.
—Iré contigo —dijo él con una sonrisa, ofreciéndome la mano para ayudarme a levantar.
Asentí, aunque los nervios me carcomían. Recordé que el "desconocido" esperaba vernos cara a cara mañana temprano, y ahora Karime se adelantaba.
—¿A dónde van? —preguntó Erick.
—Karime quiere verme. Debo aceptar, parece que tiene información importante —antes de que alguien pudiera replicar, saqué el celular de Alejandro de mi bolsillo y se lo entregué a Gabriela—. Revisen esto y cualquier cosa me avisan.
—Lo haremos —asintió ella mientras tecleaba la contraseña que ya le había proporcionado.
Pablo me miró confundido y asustado; juraría que quería salir corriendo, pero no podía permitírselo. No ahora.
—Tú vienes conmigo —le dije, señalándolo.
Salimos de la casa. Elena decidió acompañarnos también. Subimos al auto del padre de Jonathan y en un segundo nos pusimos en marcha.
—¿A dónde se supone que vamos? —preguntó Elena durante el trayecto.
—Karime dice tener secretos sobre Alejandro. Nos contará todo.
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Editado: 19.05.2026