El trayecto de regreso a casa de Erick fue el viaje más largo de mi vida. El silencio dentro del auto era tan denso que casi se podía tocar, Jonathan conducía con la vista fija en el camino, pero sus nudillos, blancos por la fuerza con la que apretaba el volante, delataban que estaba tan tenso como yo.
En el asiento trasero, el ambiente era una mezcla tóxica de emociones. Pablo estaba sumido en su nerviosismo; Elena mantenía una tranquilidad gélida que comenzaba a molestarme, y Karime miraba por la ventana con los ojos todavía encendidos por el llanto.
Yo no podía dejar de pensar esas palabras: Drogadicto. Deudas. Mentiras. Cerré los ojos e intenté buscar en mis recuerdos alguna señal, un solo rastro de ese Alejandro que ellos describían. Busqué pupilas dilatadas, manos temblorosas, ausencias injustificadas... algo. Pero no encontré nada. Para mi memoria, él seguía siendo él. ¿Realmente el trauma me había hecho olvidar quién era mi mejor amigo? ¿O simplemente me estaban mintiendo?
—¿Creen que sea real? —la voz de Elena rasgó el aire justo cuando nos deteníamos—. A decir verdad, nunca terminamos de conocer a las personas, pero lo poco que recuerdo de Alejandro no se acerca ni un poco a alguien con problemas de drogas.
—Es verdad, él mismo me lo dijo —añadió Karime con un hilo de voz antes de abrir la puerta y bajar precipitadamente.
Descendimos del auto y me sentí derrotado, como si cargara piedras en los bolsillos. Al cruzar el umbral de la casa, Mauro nos esperaba en el centro de la sala. No tenía cara de haber encontrado una respuesta tranquilizadora; estaba pálido.
—Dylan, tienes que ver esto —soltó Mauro, extendiéndome el celular de Alejandro sin siquiera mirar a los demás.
Me temblaron las manos al tomar el dispositivo. La pantalla mostraba la aplicación de mensajes. El remitente no tenía nombre, solo una palabra conocida: Desconocido.
Empecé a deslizar el dedo, leyendo las amenazas que habían llegado días antes de su muerte. No había rastro de deudas o sobre drogas. Era algo mucho más oscuro.
Desconocido: “Cuando ellos murieron, absolutamente todos los que estuvimos ahí juramos que nunca diríamos nada, que haríamos como si no hubiese pasado nada. Así fue por dos años...”
Sentí un vacío en el estómago que me hizo tambalear. Levanté la vista y clavé mis ojos en Karime, que seguía de pie junto a la puerta, y luego miré a Pablo.
—¿Drogas? —solté con una voz que no reconocí, cargada de una furia contenida—. ¡Me dijeron que lo mataron por una deuda de drogas! ¡Aquí no mencionan nada de eso!
A pesar del enojo, la necesidad de saber la verdad me obligó a seguir leyendo. Pablo y Karime se acercaron a mi espalda, formando un círculo de tensión sobre mi hombro.
Alejandro: “Ya sé quién eres. Esa foto que tienes de mí frente a esos dos cuerpos me hace recordar todo lo que pasó ese día. Te recuerdo que no soy el único culpable; todos los que estuvimos ahí lo somos”.
Desconocido: “Estabas ebrio igual que la mayoría, dudo que recuerdes bien lo que pasó la noche que murieron Ariana y Harry”.
Alejandro: “No hay duda. ¿Por qué haces esto, Pablo? ¿Qué pretendes con querer mostrar eso ahora después de dos años? Si es por dinero, ¡dímelo!”
—Él no debía dinero por drogas —sentencié, clavando mi mirada en Pablo como si fuera un puñal.
—¿Eras tú quien le pedía dinero? —Karime lo miró confundida, retrocediendo un paso—. ¿Qué está pasando? No entiendo nada.
El nerviosismo de Pablo comenzó a invadir la sala como un gas venenoso. Ya no podía quedarme callado, no después de lo que todos estábamos leyendo.
—Alejandro llegó a creer que era Pablo quien lo extorsionaba a cambio de no filtrar la foto del día de la muerte de Ariana y Harry —explicó Mauro con amargura—, pero luego ya no supo quién era el verdadero responsable.
—Sigue leyendo —ordenó Pablo con la voz entrecortada.
Desconocido: “Respuesta incorrecta, no soy Pablo. Pero Alejandro, tú eres bastante cercano a él, dime... ¿empezarás a sospechar hasta de tu propia sombra? Respondiendo a tu pregunta: ¿Qué pretendo? Pensé que ya lo había dejado claro en las notas; quiero tu maldito dinero, Alejandro”.
Alejandro: “No he podido conseguir todo lo que me pides. Necesito más tiempo. Me estás pidiendo demasiado; le he tenido que mentir a Karime para que me preste, la idea de las drogas no es nada convincente... ¿qué novia querría apoyar a un drogadicto?”
Desconocido: “Qué lástima. Pero tranquilo, Alejandro, yo te voy a motivar para que consigas el dinero con más facilidad. Dylan y Melanie son muy importantes para ti... supongo que comenzaré con ellos”.
Tenía razón. Alejandro no era un adicto. Lo único que me dolía ahora, como una punzada en el pecho, era no entender por qué no acudió a mí o a Melanie.
—Alguien nos tiene que explicar bien cuál es el asunto con esos dos —dijo Gabriela desde el sofá, con una calma que exigía respuestas—. Lo que yo sabía era que habían muerto en un accidente.
#126 en Terror
#974 en Thriller
#440 en Misterio
misterio, misterio terror suspenso, asesinato paranormal terror
Editado: 19.05.2026