El restaurante del centro estaba demasiado iluminado y lleno de gente; el bullicio contrastaba con la pesadez que cargaba en el pecho. Al bajar del auto, el aire frío se sintió como una advertencia. Sarah me detuvo un segundo antes de entrar, sujetándome del brazo con una fuerza que me obligó a mirarla.
—Dylan, escúchame bien —susurró, mirando la entrada de reojo—. Tienes que actuar sorprendido. Si se dan cuenta de que ya lo sabes, se pondrán a la defensiva y no habrá forma de negociar. Solo finge que es la primera vez que escuchas que te irás.
Asentí con la mandíbula apretada. Cruzamos las puertas de cristal hacia la mesa del fondo, donde nuestros padres nos esperaban con copas de vino y una sonrisa que me pareció ensayada. Apenas me senté, mi madre clavó su mirada en mí.
—¿Estás bien, Dylan?
—No. Así que, por favor, adelantemos esto. No me siento bien y quiero irme a casa —respondí, evitando su contacto visual mientras jugueteaba con la servilleta.
—Una verdadera lástima; quería que pasáramos esta noche juntos, como una despedida. —Mi madre tomó la mano de mi padre y ambas miradas se fijaron en mí, pesadas como el plomo.
Tragué saliva, sintiendo que la sangre me hervía. Era un coraje que amenazaba con desbordarse, pero logré forzar una sonrisa tensa.
—¿Tan rápido se van de viaje otra vez? —pregunté, intentando que mi voz sonara estable.
Mi padre soltó una risita seca.
—No, Dylan. —Su mirada se volvió severa, la antesala de las malas noticias—. Hemos estado hablando mucho sobre lo que ha pasado en la ciudad. Las noticias, las muertes de tus amigos… no es seguro. Así que hemos decidido mandarte a casa de la abuela. Allá podrás terminar la escuela y olvidarte de los problemas de este lugar.
El vacío en el estómago fue instantáneo, pero la indignación fue más rápida.
—¿Qué? —solté. Esta vez no necesité fingir sorpresa; la rabia era genuina—. No pueden simplemente decidir eso por mí. Mi vida está aquí. Mis amigos están aquí.
—Tus amigos están muriendo, Dylan —intervino mi madre con una frialdad que me caló más que el viento del exterior—. Esto no es una sugerencia. Ya está decidido. Es por tu seguridad.
—¿Mi seguridad? —Me puse de pie, ignorando los rostros curiosos de las mesas contiguas—. ¿Desde cuándo les importa mi seguridad? Se la pasan viajando, dejándonos solos. Sarah y yo nos hemos cuidado siempre sin ayuda de nadie. No pueden aparecer tras meses de ausencia y pretender que tienen el control de mi vida.
—Dylan, siéntate —ordenó mi padre entre dientes, pero Sarah no le dio espacio.
—Él tiene razón —dijo ella, con una calma que me sorprendió—. No pueden usar la protección como excusa cuando nunca han estado presentes para protegernos de verdad. No voy a dejar que se lo lleven.
Mis padres se turnaron para lanzarnos miradas de furia, incapaces de creer que estuviéramos desafiándolos de esa manera. Una mesera se acercó para dejarnos el menú, pero tomé el cartón plastificado sin mirarlo y lo solté sobre la mesa con un golpe seco antes de volver a levantarme.
—No me iré.
Di media vuelta y comencé a caminar hacia la salida. Escuché los gritos de mi padre resonando en el salón, pero no me detuve. Salí disparado por la puerta principal. El corazón me latía tan fuerte que el sonido retumbaba en mis oídos. La noche fría me recibió y, por un segundo, el nudo en mi garganta se deshizo, dejando paso a una soledad ensordecedora.
Caminé a paso rápido, decidido a llegar a casa de Erick; sabía que no estaba lejos. Me abracé a mí mismo para protegerme del viento y saqué el celular. Tenía un mensaje nuevo.
Jonathan: “¿Dónde estás? Te busqué en tu casa y no hay nadie. Dylan, estoy muy preocupado por ti, por favor dime que estás bien”.
Con los dedos temblorosos, deslicé la pantalla. Leer a Jonathan me devolvió un poco de aliento.
Dylan: “Estoy bien. Tuve una conversación desagradable con mis padres. Voy de camino a casa de Erick, ¿nos vemos allá?”
Jonathan: “Sí, nos vemos allá, Dylan. Te quiero”.
Una sonrisa involuntaria se dibujó en mi cara. Guardé el celular y traté de concentrarme en el camino, sintiendo cómo la noche se volvía más fresca a cada paso.
Estaba por cruzar la calle cuando el mundo se aceleró. El chirrido violento de neumáticos contra el asfalto me hizo girar de golpe. Una camioneta tipo van se detuvo en seco a pocos metros de mí. Antes de que pudiera procesarlo, dos figuras vestidas de negro y con pasamontañas saltaron del vehículo.
Intenté correr, pero mis pies parecieron hundirse en el cemento. Para cuando mi cuerpo reaccionó, la oscuridad me envolvió: me habían puesto una bolsa en la cabeza. Forcejeé con desesperación, lanzando golpes inútiles al aire mientras sentía cómo me arrastraban hacia el interior de la camioneta.
—¡Ayuda! —grité, pero el aire se me escapó de los pulmones cuando un puño impactó de lleno en mi cara.
Un dolor agudo e incendiario brotó de mi nariz. Me lanzaron al suelo del vehículo y, en un segundo, sentí el tirón de la camioneta poniéndose en movimiento. Aturdido, mi mente comenzó a maquinar escenarios fatales. La advertencia de Pablo regresó como un eco maldito.
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Editado: 19.05.2026