Desconocido

Capítulo 33. "Secuestro" [Parte 1]

POV Jonathan.

Al observar la casa de Erick, una sonrisa involuntaria se dibujó en mi rostro. No sé por qué me sentía tan nervioso; tal vez era por el mensaje que le acababa de dejar a Dylan. Era una de las primeras veces que me atrevía a ser tan directo con lo que sentía. Caminé hasta la puerta y llamé varias veces con impaciencia. No pasó ni un segundo cuando se abrió frente a mí.

—¿Y Dylan? —soltó Erick antes de saludar.

—¿Qué? ¿Todavía no llega?

Erick negó con la cabeza; la confusión en su rostro me encendió una alarma interna.

—Pensé que vendrían juntos. Dylan me escribió diciendo que ya venía hacia acá.

De pronto, el frío de la noche dejó de ser solo clima para calarme hasta los huesos. Mi mente, traicionera, empezó a divagar por los peores escenarios posibles. El trayecto desde el restaurante no era largo; debería haber llegado incluso antes que yo.

Saqué el celular con las manos temblorosas, esperando encontrar un mensaje que explicara el retraso, pero la pantalla estaba muda. El último mensaje aparecía como leído y su última conexión ya tenía un buen rato. Mis dedos volaron sobre el teclado:

Jonathan: “Dylan, ya estoy con Erick. ¿Dónde estás? Ya debiste haber llegado. ¿Está todo bien?”

El mensaje marcó las dos flechas de recibido, pero al pasar los segundos sin que apareciera el "visto", el nudo en mi estómago se apretó. Él nunca me hacía esperar.

—Algo anda muy mal, Erick —susurré, sintiendo que el aire se volvía pesado.

***

POV Dylan.

La certeza de que todo estaba a punto de romperse me invadió por completo. Escuchar la voz burlona de ese tipo desconocido me hizo temblar de pura impotencia. «¿A dónde mierda me llevan?», me preguntaba una y otra vez mientras la oscuridad de la bolsa en mi cabeza me asfixiaba.

Sentí la vibración de mi celular en el bolsillo, seguida de inmediato por unas manos hurgando para quitármelo. Forcejeé, pero un golpe seco en las costillas me dejó sin aire.

"Dylan, ya estoy en casa de Erick, ¿dónde estás? Ya debiste haber llegado, ¿está todo bien?" —leyó el tipo, saboreando cada palabra con sarcasmo—. ¿Qué quieres responderle a tu Jonathan? ¿Y si lo mandamos al carajo? Mira este mensaje... dice que te quiere. Podríamos divertirnos un poco haciéndolo sufrir, ¿no te parece una idea genial?

Negué con la cabeza frenéticamente, con la garganta cerrada por el miedo. De repente, la van frenó en seco, lanzándome brutalmente contra el asiento delantero. La puerta lateral se deslizó con un estruendo metálico y unas manos rudas me arrastraron hacia el exterior. El dolor en mi nariz, producto del primer golpe, palpitaba al ritmo de mi corazón.

—¡Camina, idiota! —un gruñido me obligó a avanzar a ciegas sobre un suelo irregular.

Bajo mis pies solo alcanzaba a ver tierra seca y escombros; el olor a encierro y polvo me indicó que estábamos en un lugar abandonado. La voz de Paola resonó en mi memoria como una advertencia tardía: “Felipe y sus amigos harán algo malo esta noche”. Intenté aferrarme a esa idea, pensando que quizás era una de sus estúpidas bromas pesadas, pero un empujón violento me mandó directo al suelo. Sin poder meter las manos por las ataduras, mi cara impactó contra la tierra.

—¿Qué mierda quieren de mí? —grité, forcejeando contra las cuerdas que me quemaban las muñecas.

—Paciencia, Dylan. Por ahora, solo te diré que no vas a pasar por esto solo. Te conseguimos compañía.

Me pusieron de pie y me lanzaron contra una silla de metal. El frío del acero me recorrió la espalda mientras me rodeaban con sogas, apretándome contra el respaldo hasta que sentí que me faltaba el aliento.

—¿Dylan? —un susurro roto llegó desde la penumbra.

—¿Mauro? —pregunté, intentando inútilmente girar la cabeza.

Era él. Reconocería ese tono de voz en cualquier parte, aunque ahora sonara pequeño, derrotado. Antes de que pudiera procesarlo, unos pies aparecieron frente a mí y la bolsa fue arrancada de un tirón.

La luz me hirió los ojos. Al parpadear, vi a un tipo que no había visto en mi vida parado frente a nosotros. A mi derecha estaba Mauro, pálido y atado. Pero fue al girar a la izquierda cuando el corazón se me detuvo.

Felipe estaba ahí, amarrado a una tercera silla, con la ropa sucia y el rostro marcado por la lucha.

—¿Qué mierda...? —balbuceé, perdido.

Felipe me sostuvo la mirada. No dijo nada, pero sus ojos estaban cargados de una tristeza que me dio más miedo que el propio secuestrador. Yo esperaba que él fuera el responsable, pero verlo en el mismo estado que nosotros borró cualquier esperanza de que esto fuera un juego de escuela.

—¿Están bien? —les pregunté en un susurro cuando los captores se alejaron un poco.

—No hay tiempo, Dylan. Intenta soltarte —dijo Mauro con desesperación, retorciéndose en su silla—. Tenemos que salir de aquí, no sabemos qué quieren estos tipos.

—No puedo, Mauro, me está lastimando —respondí, sintiendo el dolor punzante en mis muñecas con cada movimiento.




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